P. G. Wodehouse

P.G. Wodehouse. 1904

Hace poco tiempo, di con una página dedicada por completo a P.G. Wodehouse. Lleva por título Sociedad de Fomento Los Zánganos, y en ella tres argentinos ponen a disposición de todo el mundo sus propias traducciones de cuentos y novelas del autor inéditas en español, a más de amplia información sobre lo que sí se ha editado. Todo apunta a que realizan esta labor por amor al arte (el arte de traducir a Wodehouse, en este caso; que, al decir de estos tres sujetos con pinta de bonachones, tiene su miga y no siempre se ha hecho con el mimo necesario). Este sitio es de visita (estancia) obligada para cualquier hispanohablante que disfrute con la prosa y los enredos del autor inglés. Muchas veces he intentado dar una buena explicación de por qué yo disfruto tanto con ellos, pero me resulta siempre complicado. Si no tuviera miedo a parecer cursi, diría simplemente que leer a Wodehouse me hace feliz, y dejaría el asunto más o menos zanjado.

En esta página, por fin, encontré la explicación perfecta. La da uno de sus creadores (Alejandro “Lord Belpher” Murgia), y les animo a que la lean entera. Yo voy a copiar aquí lo esencial:

«Tan acostumbrados estamos a que el humor se presente asociado a la malicia, a la ironía mordaz, a la irreverencia agresiva, o a esa velada arrogancia intelectual hija del desamor, que el luminoso mundo de Wodehouse resulta, para usar una palabreja de moda que le habría causado gracia, desestructurante: nos descoloca.

Pareciera que Wodehouse se hubiese propuesto tomar el humor y depurarlo meticulosamente de componentes espurios. Fuera todo lo que sea sarcasmo y escarnio: sarcasmo y escarnio tienen la apariencia del humor, pero su fondo es amargo. Fuera todo lo burdo y lo grosero, esa búsqueda de la carcajada fácil e insustancial que esconde páramos imaginativos. Fuera los juegos de palabras y los chistes, esas triquiñuelas del lenguaje que por afán de amenizar una narración la vuelven ripiosa.

Pareciera que imponiéndose a sí mismo tantas restricciones, Wodehouse ha de quedar arrinconado. ¿Qué queda del humor si le sacamos todo lo anterior? Pues bien, es difícil para mí discernir qué es lo que queda, pero allí está, brillando en la obra del buen Plum: yo lo denomino humor en estado puro. Un humor que no es contra nadie, un humor que nos reconcilia, que nos da alas, que aligera el corazón, que descorre por un momento el velo de los pesados nubarrones de esta vida para dejarnos atisbar un fragmento de cielo».