Título: Vida de este chico
Título original: This Boy’s Life: A Memoir
Autor: Tobias Wolff (1945-)
Año: 1989
Traductora: Maribel de Juan Guyatt
Editorial: Alfaguara
Páginas: 344
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

La lectura de Vida de este chico, novela autobiográfica de Tobias Wolff —adaptada al cine por Michael Caton-Jones en 1993—, me ha confirmado algo que ya sabía: que el norteamericano es un gran escritor de cuentos.

Wolff nos habla aquí de su adolescencia en capítulos largos que podrían funcionar perfectamente como cuentos, pero el conjunto, en mi opinión, no funciona tan bien como novela.

Toby y su madre —que acaba de terminar una relación poco afortunada—, andan buscando un buen lugar donde establecerse y empezar de nuevo. En Seattle conocerán a Dwight, un mecánico con tres hijos que vive en la montaña, y la madre de Toby no tardará en enviarle a vivir con él mientras ella… no lo recuerdo bien, la verdad. Olvido rápidamente los argumentos y ya hace unos días que terminé el libro, pero dejémoslo en que el chaval hace de avanzadilla para tantear el terreno y enseguida comprueba que el tal Dwight es un tipo demasiado tendente a esa clase de violencia que echa raíces en los cobardes y se alimenta de la frustración y los complejos de éstos (esa que, al menos en España, es noticia una o dos veces a la semana).

Es difícil de entender, pues, por qué cuando, pasado un tiempo, la madre le pregunta al chico cómo le va y, en pocas palabras, le pide el visto bueno para casarse con Dwight, éste se lo da y no le advierte de dónde se está metiendo. La única explicación a esta y a otras decisiones absurdas del protagonista es la actitud abúlica en la que parece estancado.

Toby —o Jack, como decide llamarse durante un tiempo— da a entender que desea cambiar de vida y ascender en la escala social. En el fondo, según confiesa él mismo en varias ocasiones, desea ser un buen estudiante, ir a la universidad y vivir una vida convencional, pero en vista de que no logra destacar en los estudios —primer paso para alcanzar lo que busca— opta por disimular esta incapacidad revistiéndose de un aire rebelde, y acabará mintiendo, robando y viviendo, en definitiva, en una impostura continua.

Lo dicho del personaje hasta ahora puede parecer una crítica muy negativa del libro, pero en realidad es lo que más me gusta. Ese comportamiento estúpido nos confirma que Wolff está contando su propia vida, porque sólo alguien real puede cometer tantos errores.

«Me bautizaron en la semana de Pascua junto con varios otros niños de mi clase de catecismo. Con objeto de prepararnos para la comunión teníamos que confesarnos y la hermana James fijó una hora para que cada uno de nosotros fuésemos a la rectoría y ella nos acompañase hasta el confesionario. Nos esperaría fuera hasta que terminásemos y luego nos guiaría en la penitencia.

Pensé en qué debía confesar, pero no podía descomponer mi sensación de estar en falta para analizar sus componentes. Tratar de extraer de allí un pecado concreto era como pescar en un pantano, donde notas el tirón de algo que al principio te parece prometedor y luego resistente y por último imposible, cuando te das cuenta de que has enganchado el fondo, que tienes a todo el planeta en el otro extremo del sedal.»

El último capítulo, que a modo de epílogo nos cuenta qué fue de cada uno de los personajes en los años siguientes, podría habérselo ahorrado tranquilamente. Puede resultarle interesante a quien sienta curiosidad por conocer algo más de la vida del escritor, pero estropea la obra de ficción que he querido leer yo.