Título: Aventuras y desventuras del Chico Centella
Título original: The Life and Times of the Thunderbolt Kid
Autor: Bill Bryson (1951-)
Año: 2006
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Editorial: RBA
Páginas: 332
 
Valoración: 8 /10
 

Si algo destaca en Bill Bryson es, sin duda, su sentido del humor. Un sentido del humor que consigue hacer amena su prosa independientemente de lo que esté contando: el origen del universo y algunas otras cosas que vinieron después (Breve historia de casi todo), un viaje por Australia (En las antípodas), o su infancia en la Norteamérica de los 50. (No me he acercado aún a Shakespeare)

Aventuras y desventuras del Chico Centella no puede leerse como una novela, por mucho que el título invite a ello, pero tampoco se trata de un ensayo sobre la América de los 50, como podría llegar a pensar alguien erróneamente  al leer el subtítulo añadido en el interior. Sí que hay fragmentos, incluso algún capítulo entero, dedicados al modo de vida americano en los 50 y a asuntos importantes a nivel mundial como la carrera espacial o los ensayos nucleares (otra carrera con los rusos, a fin de cuentas), pero la intención de Bryson en esos pasajes no es tanto hacer un repaso de lo acaecido en aquellos años como abundar en la fascinación ingenua con que la sociedad americana vivía aquellos avances, en algunos casos inquietantes (como el hecho de que al menos dos países, el suyo propio y la Unión Soviética —entonces el gran rival en todos los campos—, ya fueran capaces de acabar con cualquier otro país sin tomarse la molestia siquiera de pasarse por allí). Incluso la posibilidad de que una de sus ciudades (Nueva York, sin ir más lejos) pudiera ser borrada del mapa en cuestión de segundos les parecía más excitante que aterradora.

Pero las partes más jugosas, vayamos a lo que importa, son las que el autor consagra a su propia infancia y a su querida ciudad natal: Des Moines, Iowa. Son lo mejor del libro porque el lector no sólo disfruta con las innumerables anécdotas sino que, además, es plenamente consciente de lo mucho que disfruta el propio Bryson contándolas.

Si hemos de tomarnos esto como unas memorias reales, y parece que así es, llama la atención lo cabroncete que era Bill Bryson de pequeño; y aún más llamativo resulta lo poco complaciente que se muestra ya de adulto a la hora de pintar a muchas de las personas que conoció entonces. Me pregunto sinceramente qué cara pondrán, o habrán puesto ya, después de leer estas Aventuras… (Sí, bueno, el autor aclara que ha cambiado los nombres y tal pero ¿quién narices no va a reconocerse?). La sinceridad por encima de todo, de acuerdo, pero…

También es cierto que Bryson, para potenciar el humorismo en todo lo que cuenta, tiende a hiperbolizar la narración (les dejo un par de ejemplos al final), y cabe la posibilidad de que esto afecte también a la descripción de personajes e incluso, no me extrañaría, le lleve a inventarse algunos caracteres (no digamos ya algunas anécdotas).

Poco importa, en cualquier caso. El resultado son unas memorias divertidas, entrañables y, sobre todo, nostálgicas, en las que Bill Bryson recuerda con cariño una época (su infancia) y un lugar (Des Moines) que ya han quedado atrás: en el primer caso, por motivos evidentes; en el segundo, porque ha cambiado demasiado (y a peor, según él) para poder considerarlo el mismo lugar.

Si alguna pega se le puede poner al libro, es que el supuesto motivo (la chorrada esa del Chico Centella) no logra encajar en ningún momento en la narración y, a la postre, acaba teniendo tan poco peso que, personalmente, no creo que el título sea el más adecuado, por muy vistoso que resulte.

Si tuviera que quedarme con un solo capítulo, elegiría el ocho. Pero si se trata de aconsejarle a usted unas pocas páginas para leer en la misma librería y decidir si este libro puede gustarle o no, entonces vaya directamente a las cuatro primeras del capítulo 12 (pp. 257-260), dedicadas a un parque de atracciones llamado Riverview. Si no le hacen sonreír siquiera, no significa que tenga mal gusto (faltaría más; cada uno tiene sus gustos y casi todos son respetables) pero quizá no deba gastarse el dinero en este libro.

Los ejemplos que les prometí:

«La señora Vandermeister tenía setecientos años, quizás incluso ochocientos, y vivía permanentemente pegada a un taca taca de aluminio. Era una mujercita minúscula, encorvada, olvidadiza, lenta como los glaciares, maloliente (pero de una manera muy interesante) y prácticamente sorda. Una vez al día abandonaba su casa para ir al supermercado al volante de un coche del tamaño de un portaaviones. Tardaba unas dos horas en salir de casa y meterse en el coche, y otras dos horas en ponerlo en marcha y sacarlo a la calle.» (p. 198)

«Fueses adonde fueses, había siempre seiscientos niños, excepto allí donde confluían dos o más barrios (el Campo, por ejemplo), y entonces había que contarlos por millares. Recuerdo que una vez participé en un partido de hockey sobre hielo en el lago de Greenwood Park con otros cuatro mil niños, cada uno armado con su palo, y que duró al menos tres cuartos de hora antes de que nos diésemos cuenta de que no teníamos disco.» (p. 55)