Título: Ordeno y mando

Título original: Le fait du prince

Autora: Amélie Nothomb (1967-)

Año: 2008

Traductor: Sergi Pámies

Editorial: Anagrama

Páginas: 153

 

Valoración: 3 /10

 

Esta es la cuarta novela que leo de Amélie Nothomb, después de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos y Cosmética del enemigo. En ese orden, el interés que despertó en mí Estupor y temblores ha ido disminuyendo progresivamente hasta quedar en nada con este Ordeno y mando.

Y eso que el arranque del libro resulta atractivo: En el curso de una conversación que el protagonista, Baptiste Bordave, mantiene con un personaje al que acaba de conocer en una fiesta, este último le da un consejo extraño al primero: «Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía».  Al día siguiente, un hombre sube al piso de Baptiste con el pretexto de hacer una llamada de emergencia y, no bien ha marcado un número, cae muerto.

Desde luego, la historia puede tildarse de kafkiana, porque tiene todas las cualidades negativas implícitas en este calificativo (para mí, las hay) y ninguna de las positivas: la historia es, ciertamente, absurda (y estarán de acuerdo conmigo en que esto no es necesariamente positivo); es gris, muy gris, y como esta apreciación se fundamenta sobre todo en sensaciones, no me va a ser posible decir por qué me lo parece; quizá no sea opresiva, pero el protagonista acaba encerrándose en una mansión; en determinado momento, éste se convence de que le están espiando, y se siente amenazado, lógicamente (aunque su actitud no deja de ser despreocupada, por razones que argumentaré después); por último (y seguramente no es justo mezclar a Kafka con este punto, pero así termino la lista de características negativas), los personajes parecen moverse por un escenario sin decorados, es decir…

No soy un fanático de las descripciones exhaustivas y la detención morosa en los detalles, pero tampoco me gusta visualizar a los personajes moviéndose en medio de la nada, y esto es lo que me ha sucedido con Ordeno y mando. En el transcurso de la narración, sólo adquiere consistencia lo que entra en contacto directo con el protagonista: el coche del muerto (cualquiera diría que no hay nada más en la calle), el sofá en el que se pasa sentado casi todo el tiempo, y las personas (pocas) con las que habla. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una obra de teatro sin apenas escenografía.

Si a todo esto le sumamos que la intriga no llega a ponerse lo suficientemente interesante en ningún momento, ¿qué nos queda? Pues una fábula endeble y muy poco estimulante sobre un tipo anodino de vida rutinaria y gris al que se le presenta la oportunidad de usurpar la identidad de otro tipo con una vida a todas luces más intensa (ni Baptiste ni nosotros llegamos a saber a ciencia cierta en qué consiste esa vida, pero todo apunta a que está relacionada con negocios turbios), y la aprovecha, claro. ¿Por qué Baptiste mantiene la calma durante todo el libro? Porque está tan asqueado de lo que ha sido hasta entonces (y de estar tan solo, seguramente), que el hecho de correr peligro (y de preocuparle por fin a alguien) no deja de ser estimulante.

La prosa, construida con diálogos y una acumulación (desesperante en algunos pasajes) de frases cortas, es, para mi gusto, horrorosa; y no sé en qué proporción debe quedar repartida entre autora y traductor la responsabilidad de engendros como: «Lo que me dejó patidifuso hasta límites superlativos fue…» (p. 36) o «Cogí su mano, que resultó ser suave a morir.» (p. 49) (¿Es coña? ¿Es humor?)