Título: Sobre la felicidad a ultranza

Título original: Sulla felicità a oltranza

Autor: Ugo Cornia (1965-)

Año: 1999

Traductor: Francisco de Julio Carrobles

Editorial: Periférica

Páginas: 174

 

Valoración: 4 /10

 

Este libro ha sido un error. Un error mío, quiero decir.

Valiéndome de la información que me proporcionan la portada, la contraportada, la nota biográfica, lo que sé de la editorial (Gordon Lish y poco más, en este caso) y una lectura rápida de las primeras páginas, procuro determinar qué libros encajarán mejor en mi biblioteca (algo que, imagino, hace todo el mundo antes de gastarse el dinero en una librería). Pero con este me han fallado todas las alarmas.

La portada, empecemos por ahí, es atractiva y engañosa: La imagen de una familia americana (no es necesario percatarse del detalle, pero en el molinillo que sostiene la niña pueden distinguirse las barras y estrellas) que invita a pensar en barrios residenciales idílicos que no lo son tanto de puertas adentro. Esto, a su vez, me hace pensar en Cheever, en Carver, en Yates, en Wilson… y el libro logra captar mi atención. Una vez en mis manos, compruebo que se trata de una novela italiana, pero el primer control ya ha sido burlado.

En la contraportada, los editores admiten que es difícil hablar de Sobre la felicidad a ultranza,  y todavía no me explico por qué no volví a dejar el libro en su sitio inmediatamente (Es lo que suelo hacer cuando leo este tipo de cosas). Debía de andar muy distraído ese día, porque en la lectura superficial dejé correr este arranque de capítulo: «Seguramente, y sin que exista la menor sombra de duda, yo nunca estuve preparado para la desaparición de mis seres queridos». (p. 19)

Lo primero que debería saber quien esté pensando en comprar esta novela, por si compartiera mis gustos, es que se trata de una de esas narraciones (aunque de narración tiene bastante poco) que sobrevuelan la historia sin llegar a detenerse en ningún momento concreto (Cornia únicamente se demora en la parte trasera del coche en el que el protagonista pierde la virginidad). En estos casos, el resultado suele ser una sucesión de ocurrencias y frases supuestamente ingeniosas. Lo que algunos llaman una «paja mental». El escritor tiene que ser un verdadero genio para que valga la pena (y no es el caso). Por eso prefiero las narraciones que tocan tierra casi todo el tiempo; las que, por decirlo de alguna forma, “se ensucian”. Me gusta que las historias se construyan, principalmente, con diálogos, gestos, silencios y descripciones no demasiado pesadas; y, a poder ser, en lugares concretos: bares, cocinas, cunetas, parroquias, puticlubs… Para cerrar el libro con la sensación de haber estado «allí». En el caso de Sobre la felicidad a ultranza, ¿dónde he estado? ¿En la cabeza de Ugo Cornia? Pues no ha resultado muy estimulante.

Para más inri, el estilo es simplón y, por momentos, muy repetitivo. Algo que puede ser premeditado o no, pero no por eso deja de ser pobre, y en ningún caso debería generar horrores como este: «Sólo por el hecho de que mi madre, por lo visto, estaba muerta, de repente la muerte de mi madre le sirvió a más de uno para quitarle peso a un determinado comportamiento mío». (p. 45)

Otras cosas que pueden leerse en la contraportada:

«La felicidad que causa su lectura debe de parecerse al alivio terrenal de las personas de fe…». Ahí es nada. Me temo que «la felicidad que causa su lectura» debe de parecerse más a la que sienten algunos lectores de Bucay. Una sensación pasajera (¿dos, tres horas?) de saber vivir mejor. Quiero pensar que «el alivio terrenal de las personas de fe» es bastante más sólido.

«Si el Woody Allen más optimista hubiera sido italiano, habría escrito novelas como esta». Il corriere de la Sera. Definitivamente: no. Habrían sido mucho más divertidas. O, simplemente, divertidas.

«Entusiasta canto a la vida (…) sin cinismo alguno, sin mirar por encima del hombro al género humano». ¿Seguro? Será por la poca simpatía que me despierta el narrador (¿es el mismo Cornia o no?), pero a veces me ha parecido notar cierto resentimiento detrás de ese discurso “buenrollista”. ¿Cabe la posibilidad de que este libro no sea más que una sonrisa falsa; un «¿por qué coño me pasa todo esto a mí?» disfrazado de «¡mirad qué feliz soy pese a todo!»? Claro que igual le estoy atribuyendo al autor un mérito que no se merece. Sea como sea, no me interesa. Fallo mío, insisto.