Título: En el condado de Grouse

Título original: The End of Vandalism

Autor: Tom Drury (1956-)

Año: 1994

Traductor: Javier Ortiz García

Editorial: 451

Páginas: 385

 

Valoración: 6 /10

 

La editorial 451 publicó en 2009 La región inmóvil (The Driftless Area, 2006), que sigue siendo la novela más reciente del escritor norteamericano Tom Drury. No la he leído, porque en su momento no me atrajo lo suficiente, y no sé qué acogida tuvo esa apuesta por un autor completamente desconocido en España, pero la editorial ha decidido seguir con su obra, y ha elegido esta vez la novela con la que Drury debutó en 1994: En el condado de Grouse.

La contraportada habla de «novela coral» y de un «triángulo» formado por los tres personajes principales. Tenemos un territorio ficticio del Medio Oeste y un puñado de habitantes, con más o menos peso en la historia, que orbitan en torno al sheriff Dan Norman, un tipo extremadamente pausado, diplomático y no demasiado celoso en su trabajo. Los otros dos vértices del supuesto triángulo (que, en mi opinión, acaba diluyéndose demasiado para destacarlo como tal) son: Louise, una chica que a las pocas páginas empieza una relación con el sheriff; y Tiny, la anterior pareja de Louise, un delincuente de quien el lector espera problemas o algún tipo de reacción violenta, pero que no pasa de ser otro habitante dando tumbos mientras intenta encontrar su sitio.

Tom Drury narra con un estilo muy habitual en el relato corto americano; un estilo que lo deja todo en manos de los diálogos y de la narración atenta pero superficial (intencionadamente superficial, quiero decir) de escenas en las que, al menos en apariencia, ocurre poco o nada relevante; un estilo que, ya lo he comentado alguna vez en este blog, si se maneja bien, puede dar resultados excelentes. Y Drury tiene buena mano: los diálogos están muy logrados y son amenos, sin demorarse en gestos, y la narración tiene un deje melancólico, casi triste, que me gusta. Además, el lector se encuentra con inesperados toques de humor; un humor fino, excelente.

El problema es que ese estilo funciona muy bien en relatos cortos, donde suele ser mucho más importante sugerir que decir, pero no da tan buenos resultados con una novela larga. Parece que Drury haya querido contar una historia de casi 400 páginas mediante relatos de 20 o 30, pero la fórmula se agota y, desde luego, no funciona en pasajes como el del hospital, que abarca más de un capítulo y es, sin duda, lo más aburrido del libro. Aunque también es cierto que en este pasaje no sólo hay un problema de estilo: en mi opinión, Drury no logra manejar adecuadamente la única situación dramática, y acaba alargándola más de la cuenta y cayendo en la sensiblería.

Creo que este libro habría ganado mucho perdiendo cien páginas (o más, incluso), pero la sensación que me deja es lo suficientemente buena para seguir interesándome por el autor.