La noche es fría. Los edificios, altos. El cielo, salvo donde lo ilumina la luz de las estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del ajedrez o lo que queda del bosque tras un incendio.

Debería mencionar también que hay una pistola enorme apuntando a mi cara.

Y esa pistola enorme apuntando a mi cara es la razón de que las cosas se aceleren como en los documentales de naturaleza, donde una semilla germina, se convierte en tallo y echa hojas en diez segundos.

Así es precisamente como se están acelerando las cosas aquí. Las estrellas giran sobre de los edificios. La luna sale, se pone y vuelve a salir. Y después todo se ralentiza de golpe hasta casi detenerse.

—Si no quieres morir con esa camisa —dice—, será mejor que te la quites.

El tipo de la pistola no se anda con gilipolleces. No entiendo mucho de pistolas, pero esta es de las grandes. Parece de las que llevan muchas balas; de las que le dejan un cadáver irreconocible a la policía, lo que no supone ningún problema porque nadie me va a echar de menos. No hay nadie en este planeta que vaya a desmayarse cuando el forense aparte la sábana y descubra mi cara destrozada por las balas.

La pistola me está apuntando porque el tipo me ha pedido la cartera y le he dicho que no.

—No —le he dicho.

Y él ha preguntado:

—¿Cómo te gustaría morir?

Y he respondido:

—Bueno. No me gustaría morir con esta camisa.

En realidad, eso no es del todo cierto. Si no hubiera querido morir con ella, no me la habría puesto hoy. Pero parecía apropiada para la ocasión. Es negra y lleva el emblema de una calavera sobre dos tibias cruzadas en el bolsillo, como en las etiquetas de las botellas con tapones especiales para proteger a niños y ancianos.

Puede que no haya estado muy acertado con la calavera sobre tibias cruzadas pero, qué coño, ya elegirás la ropa cuando seas tú el que va a morir.

Al tipo de la pistola no le ha gustado mi tono.

—No me gusta tu tono —ha dicho.

No había captado mi arrogancia, que era intencionada, de modo que lo he vuelto a decir, lo de que no quería morir con esta camisa, y es entonces cuando me ha dicho que me la quitase. Y con eso ya te he puesto más o menos al tanto de cómo están las cosas ahora.

Me quito la camisa por la cabeza. Me arrodillo y la pliego sobre la acera hasta conseguir un rectángulo perfecto, digno de unos grandes almacenes. Tras cinco años trabajando en Gap, uno adquiere cierta destreza para plegar ropa.

—A ti nunca te han atracado, por lo visto —me dice.

Podría decirle la verdad: que es la tercera vez esta semana; que me he pasado meses viendo los informativos locales para averiguar en qué calle de Atlanta hay más posibilidades de acabar asesinado; que elegí esta calle en este barrio para deambular por la noche, y que he recibido golpes e insultos. También me han robado dos carteras, un reloj y el teléfono, pero nadie ha apretado el gatillo, porque resulta que no era sangre lo que querían, sino dinero.

Decidí que la mejor opción era oponer resistencia.

La última vez, me puse a cantar y a bailar un poco. «¡Todos los chicos vienen buscando mi batido!», canté a grito pelado, moviendo las caderas, pero sólo conseguí asustar al tipo. Ni siquiera trató de quitarme el dinero.

Este, en cambio… Este tiene pinta de pegarte un balazo en la frente sin pestañear a poco que encuentres las palabras adecuadas para provocarlo.

—La cartera —dice—. Ahora.

Estoy de rodillas, y mi camisa es lo único que hay entre sus pies y yo. Me ha interceptado en un lugar oscuro, pero la luna ofrece iluminación suficiente para distinguir la calavera, que no es del mismo material que la prenda, sino de uno más consistente, gomoso, como los parches decorativos que algunos niños llevan planchados en la ropa.

Señalo la camisa. «Cien por cien algodón», le digo con signos. El inglés es mi primera lengua. La segunda es el lenguaje de signos estadounidense.

El tipo echa un vistazo alrededor. Está impacientándose.

Así es como murió mi padre.

Mi padre nació sordo y me enseñó su lenguaje, si bien durante años no fue su lenguaje. En la historia de este país, hubo un tiempo en que el lenguaje de signos no estaba permitido. Fue cuando a los sordos se les forzaba a utilizar el habla; a articular sonidos que salían de sus labios sin que pudieran oírlos. Como si toda América le tuviera miedo a las manos; a lo que los sordos pudieran hacer con un lenguaje propio.

Encontró la felicidad cuando una mujer sorda le enseñó a hablar con su cuerpo. Estuvo junto a él el tiempo suficiente para darle un hijo. Mi padre nunca volvió a casarse. Murió el año pasado cuando un hombre le pidió la cartera. Siguió andando, y el hombre le disparó.

—¿No sabía leer los labios? —me pregunta la gente. Como si la respuesta sirviese para determinar sobre quién debe recaer la responsabilidad de su muerte.

Se levanta una ráfaga de viento que, desnudo de cintura para arriba, me provoca un escalofrío. Empiezan a dolerme las rodillas.

—Te doy cinco segundos —dice—. Cinco.

En Gap leía tantas etiquetas que acabé por reconocer el tejido con sólo tocar una manga. Puedo incluso hacer una estimación de la proporción en las mezclas de algodón y poliéster con un margen de error del diez por ciento.

Mi camisa tiene un aire de abandono entre nosotros. Me pregunto si mi padre cayó así, doblado sobre sí mismo, o si se derrumbó como una camiseta tirada de cualquier modo.

«Lavado a máquina en agua tibia, siempre con ropa del mismo color», digo, mediante signos.

—Cuatro.

No sé si mi padre malinterpretó o no al asesino; si vio el arma; si siguió andando a sabiendas de lo que ocurriría.

«Programa de prendas delicadas».

—Tú sigue —dice el tipo. Hace un movimiento rápido con el pulgar y se oye un chasquido metálico en el otro extremo del cañón. Da un paso hacia mí y se coloca casi encima de la camisa. Lleva unas botas negras con cordones.

Esto terminará pronto.

—Tres.

Quieres saber por qué deseo morir, pero ¿qué respuesta podría satisfacerle a una persona que quiere vivir, como tú?

Expresar con palabras algo así sería como tratar de explicar lo que se interpone entre las personas, lo que impide que nos comuniquemos —y me refiero a una auténtica comunicación—.

Nos movemos por la vida con las manos a los costados, y lo que quiera que nos reprime, lo que nos mantiene atrapados, quizá sea lo mismo que llevó a mi madre a acabar en el desván, colgada de una viga por una soga naranja.

Quizá es también lo que me susurra al oído que la siga.

Ella no tuvo miedo de hacerse a sí misma lo que intento que alguien me haga a mí.

«Programa suave en secadora», dicen mis manos.

Si caigo hacia delante, la camisa le servirá de cojín a mi cabeza. Estoy preparado.

—Dos.

Todos hablamos en sueños, y los sordos no son una excepción. Algunas noches entraba sigilosamente en la habitación de mi padre y veía sus manos moverse sobre el pecho, haciendo signos. Era el lenguaje de los sueños: incomprensible, pero fascinante. Sus manos se elevaban y descendían como pájaros al ritmo de su respiración.

—Uno.

Salvo algunas veces en las que se colaba algo de significado. Una transmisión. Mi padre, que se pasó la vida echando de menos a mi madre, hacía este gesto: dedos índices señalando, y después las manos arrastrando el aire en dirección al corazón.

Cierro los ojos y lo noto, el cañón de la pistola, como hielo entre mis ojos.

Siento ganas de gritar. Contengo la respiración.

Espero.

Espero.

Quieres saber lo que estaba diciendo mi padre, y te lo voy a decir. Es lo mismo que le grité al atracador cuando se dio por vencido y volvió a guardar el arma en el bolsillo de la chaqueta. Lo que le grité a su espalda mientras el sonido de sus pasos se alejaba por la acera.

Es lo que mi voz le pide al atracador y las manos de mi padre a mi madre en mitad de la noche: «Vuelve. Vuelve. Vuelve».

Traducido por Daniel Weller

David James Poissant

 

David James Poissant es un joven autor estadounidense. El cuento que he traducido pertenece al libro de relatos con el que debutó en 2014, The Heaven of Animals.