Cuando te envuelvan las llamas
Título: Cuando te envuelvan las llamas
Original: When you are engulfed in flames
Año: 2008
Traductora: Victoria Alonso Blanco
Editorial: Literatura Random House
Fecha de edición: mayo 2015
Páginas: 304
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

David Sedaris se dio a conocer en la radio de la mano de Ira Glass. Este lo había descubierto en un local de Chicago donde Sedaris estaba contándoles su vida a los parroquianos del lugar. Lo de que estuviera contándoles su vida no es una forma de hablar: estaba en un escenario (o algo similar, imagino yo) leyéndoles su diario. Es de suponer que el espectáculo tenía entretenida a la clientela, o al menos al productor de radio, que vio el potencial de aquello y le hizo a Sedaris un sitio en su programa. Esto aumentó considerablemente la audiencia del autor estadounidense y, con el tiempo, le dio la oportunidad de publicar sus vivencias en papel. El salto de formato no lo alejó de la radio, sino que le garantizó un espacio en programas como This American Life y, de hecho, muchos de sus seguidores prefieren comprar sus audiolibros (narrados por él mismo, claro) antes que sus libros.

La publicación en 2008 de Cuando te envuelvan las llamas no supuso una gran novedad para los que siguen de cerca al escritor, pues casi todas las historias que contiene habían sido publicadas previamente en revistas como The New Yorker o narradas en la radio, pero, si no recuerdo mal sus anteriores libros, el lector español quizá sí aprecie algunos cambios respecto a lo que teníamos ya traducido. Uno de los más llamativos es que su familia, que jugaba un papel importante en sus primeros escritos, ha desaparecido casi por completo. En su lugar tenemos a Hugh, la pareja del autor, que tiene presencia en casi todos los textos aunque en realidad no aporta gran cosa; es como si lo viéramos siempre de espaldas, igual que el propio autor en sus viajes («A la zaga»). Pero lo más relevante es que encontramos aquí a un Sedaris más maduro, asentado en Francia y con una estable vida en pareja; o, dicho de otro modo, un Sedaris que parece andar algo falto de material.

Si sus anteriores libros parecían recoger una selección de las numerosas anécdotas generadas de forma natural por la agitada juventud del autor (especialmente conocida es la que relata su experiencia como elfo en unos grandes almacenes), en esta última colección traducida se aprecia mayor dificultad en exprimir una vida claramente más asentada y tranquila. Aunque hay unas pocas miradas atrás en las que se percibe la añoranza del Sedaris escritor por una época más rica en experiencias, la mayor parte de las piezas retratan al autor en casa dando rienda suelta a su carácter obsesivo, en aviones y taxis de camino a un compromiso laboral, o simplemente de viaje con su pareja. Esto no significa que el libro sea aburrido, ni mucho menos, porque estamos ante uno de los pocos autores realmente graciosos de la actualidad, y su habilidad para sacarle el jugo a cualquier situación garantiza el entretenimiento. Es solo que esos hilos que sabe mover Sedaris para convertir lo cotidiano en comedia son más visibles que antes, hasta el punto de que uno acaba poniendo en duda la veracidad de lo narrado.

Sé que a la mayoría de lectores le importará bien poco si está leyendo ficción o no, pero no olvidemos que los libros de este escritor se venden etiquetados como «no ficción», al menos en EE.UU., y si bien no es propósito de esta reseña determinar cuánto hay de verdad y de invención en Cuando te envuelvan las llamas, no puedo dejar de observar que muchas de las historias del libro parecen, si no inventadas, sí al menos provocadas de manera intencionada. Algunos ejemplos serían «Aerial», en la que se cuenta cómo Sedaris acabó forrando todas las ventanas de su casa con fundas de vinilos para espantar a unos pájaros inquietantes; «Abril en París», donde el autor recuerda cómo malcrió e intentó domesticar a una araña de rincón; o «¿Tienes una corbata para prestarme, amigo?», donde hace un repaso a algunos artilugios absurdos que ha probado, como un calzoncillo con nalgas postizas o una bolsa unida a un preservativo para orinar en cualquier momento y en cualquier lugar sin interrumpir lo que se esté haciendo. Estas y muchas otras no parecen anécdotas reales. Me creo que ocurrieran como se cuentan (más o menos) pero no me cabe ninguna duda de que Sedaris actuó en esas ocasiones de la forma tan extravagante en que lo hizo sabiendo muy bien que estaba creando material para futuros libros, y cada lector tendrá que decidir si eso supone un problema o no. Para mí no tiene demasiada importancia, la verdad, pero no deja de ser lo que más me ha llamado la atención en este último acercamiento a la obra del estadounidense.

Lo que sí me parece un problema es que la pieza más floja de la colección, «Sección fumadores», suponga casi un tercio del libro (su importancia en el conjunto queda reflejada también en la elección del esqueleto de Van Gogh para la portada, por cierto). En ella Sedaris nos habla de su adicción al tabaco, de los quebraderos de cabeza que le ha traído y de sus esfuerzos por dejarlo, y es esta última parte, ambientada en Tokio, la más larga y aburrida. El autor intenta que salte la chispa, apuntándose a clases de japonés o dando paseos para observar los contrastes entre la sociedad nipona, la francesa y la norteamericana, pero todos los esfuerzos son en vano y el libro termina, por desgracia, arrastrándose en la forma de un diario monótono en el que Sedaris no consigue colar ni una sola nota de ingenio.

A pesar de ese bajón final, sigo pensando que vale la pena seguir leyendo casi cualquier cosa que publique este autor. Su sentido del humor así lo merece. Solo espero que no se enganche de nuevo al tabaco y lo deje después, no vaya a ser que le dé por volver a contárnoslo con todo detalle.
 

Cuando nada en el mar, Hugh se lanza hacia lo hondo durante horas, más allá de las boyas, hasta adentrarse en aguas internacionales. Da la impresión de que quisiera volver a casa nadando, lo cual es una vergüenza cuando tú te quedas en la orilla con los anfitriones. «Le encanta este país, de verdad —digo—. En serio.»