El libro del que he tomado los textos originales, Anthropology, es una colección de 101 microrrelatos y cada uno de ellos tiene exactamente 101 palabras. No he respetado esa condición en la traducción porque supone más trabajo y esto lo hago por amor al arte, pero me parece importante mencionarlo porque podría explicar, al menos en parte, el estilo seco y algo telegráfico. En Cásate conmigo, que es una especie de secuela de Anthropology publicada trece años después, el propio Rhodes renuncia a esa limitación y, pese a tratarse de relatos con una extensión similar, se nota un cambio en la elaboración de las frases. Pero esa colección ya está traducida y publicada en España, así que no me servía.

 

Club

 

Lulula hizo buenas migas con las parejas de mis amigos y formaron lo que ellas mismas llamaban «El Club de Novias». Se reunían cada cierto tiempo y se divertían. Nosotros estábamos encantados de que se lo pasasen tan bien, pero sentíamos curiosidad por saber lo que hacían en esas reuniones. No querían decírnoslo. Entonces una de ellas confesó en sueños que se pasaban esas tardes riéndose y viendo fotos de hombres guapos y elegantes. Nos dolió tanto que les rogamos que disolvieran el grupo, pero no lo hicieron. Ahora, cada vez que se juntan, nos juntamos nosotros también y nos dedicamos a mirar fotos de nuestras preciosas novias, en silencio y con los ojos llenos de lágrimas.

 

Llanto

 

Mi novia me dejó y empecé a llorar en sueños. Mis lamentos nocturnos alcanzaron tal volumen que los vecinos llamaron a la policía. La prensa se hizo eco del asunto y empezó a aparecer gente delante de mi casa para oírme gritar su nombre entre sollozos. Llegaron equipos de televisión y no tardaron en organizarse para localizar al objeto de mi aflicción. La encontraron en casa de su nueva pareja. Seguí la cobertura por televisión. La gente decía que se habían imaginado a alguien con mucho más atractivo; que debería recomponerme y dejar de llorar por una chica tan normalita.

 

Pelusa

 

Xanthe me dejó. Descubrí su nueva dirección y le devolví la tetera que se había olvidado. Al día siguiente le llevé un libro que me había prestado. Encontré una caja de horquillas para el pelo y le llevé una cada día. Si no estaba en casa, la dejaba en el buzón con una larga carta en la que le explicaba cómo la había encontrado en el suelo. Cuando me quedé sin horquillas, le llevé, en equilibrio sobre el dedo, una pequeña bola de pelusa. «Recuerdo haberla visto caer de tu vestido una tarde», le dije. «Ese floreado tan bonito».

 

Fuji

 

Iolanthe es como el monte Fuji. De lejos es majestuosa y seductora, pero hay algo en ella que decepciona de cerca. Es lo que les confío a sus pretendientes siempre que aparecen con rosas y guitarras españolas. Cuando ella no me oye, les digo: «Si la conquistáis y me la arrebatáis, lo lamentaréis». Lo toman por una amenaza, pero entonces les susurro: «Sé que es preciosa, pero cuando la conoces bien, te das cuenta de que es no es para tanto». Ellos me preguntan por qué no la dejo si eso es cierto. Entonces empiezo a tartamudear. Y es que, sencillamente, no sé cómo explicarlo.

 

Desinterés

 

Para evitar que la intensidad de mi amor asustase a Skylark, decidí fingir desinterés. Me preocupaba que esa estrategia no estuviera funcionando; parecía aburrirle mi compañía y no dejaba de mirar el reloj como si estuviera impaciente por marcharse a otro sitio mucho mejor. No obstante, siempre acordábamos con total indiferencia volver a vernos. Cuando por fin un día, loco de amor, dejé caer que podríamos casarnos, se encogió de hombros y, bostezando, dijo: «Como quieras». Me sentí el hombre más afortunado del planeta. El sacerdote nos preguntó si estábamos dispuestos a amarnos y respetarnos toda la vida. Skylark respondió que por qué no, y yo dije que suponía que sí.

 

Traducidos por Daniel Weller

 
 

Dan Rhodes

 

Dan Rhodes (Purley, Inglaterra, 1972) estudió Humanidades y Escritura Creativa en la Universidad de Glamorgan. Sus primeros volúmenes de relatos, Anthropology (2000) y Don’t Tell Me the Truth About Love (2001), le valieron elogios de la crítica, que resaltó su extraordinario sentido del humor, su utilización del registro de lo grotesco y su innegable talento para contar historias de amor, rasgos que se confirmaron con las novelas Timoleon Vieta vuelve a casa (Alfaguara, 2004), El cochecito blanco (Alfaguara, 2005), Oro (Alfaguara, 2008) o This is Life (2012). En 2010 recibió el Premio E.M. Forster de novela por Corazones hambrientos (Alfaguara, 2012) y ha sido elegido como uno de los mejores novelistas británicos jóvenes por la revista Granta (2003).