Autor: Daniel Weller

Cinco microrrelatos de Dan Rhodes

El libro del que he tomado los textos originales, Anthropology, es una colección de 101 microrrelatos y cada uno de ellos tiene exactamente 101 palabras. No he respetado esa condición en la traducción porque supone más trabajo y esto lo hago por amor al arte, pero me parece importante mencionarlo porque podría explicar, al menos en parte, el estilo seco y algo telegráfico. En Cásate conmigo, que es una especie de secuela de Anthropology publicada trece años después, el propio Rhodes renuncia a esa limitación y, pese a tratarse de relatos con una extensión similar, se nota un cambio en la elaboración de las frases. Pero esa colección ya está traducida y publicada en España, así que no me servía.

 

Club

 

Lulula hizo buenas migas con las parejas de mis amigos y formaron lo que ellas mismas llamaban «El Club de Novias». Se reunían cada cierto tiempo y se divertían. Nosotros estábamos encantados de que se lo pasasen tan bien, pero sentíamos curiosidad por saber lo que hacían en esas reuniones. No querían decírnoslo. Entonces una de ellas confesó en sueños que se pasaban esas tardes riéndose y viendo fotos de hombres guapos y elegantes. Nos dolió tanto que les rogamos que disolvieran el grupo, pero no lo hicieron. Ahora, cada vez que se juntan, nos juntamos nosotros también y nos dedicamos a mirar fotos de nuestras preciosas novias, en silencio y con los ojos llenos de lágrimas.

 

Llanto

 

Mi novia me dejó y empecé a llorar en sueños. Mis lamentos nocturnos alcanzaron tal volumen que los vecinos llamaron a la policía. La prensa se hizo eco del asunto y empezó a aparecer gente delante de mi casa para oírme gritar su nombre entre sollozos. Llegaron equipos de televisión y no tardaron en organizarse para localizar al objeto de mi aflicción. La encontraron en casa de su nueva pareja. Seguí la cobertura por televisión. La gente decía que se habían imaginado a alguien con mucho más atractivo; que debería recomponerme y dejar de llorar por una chica tan normalita.

 

Pelusa

 

Xanthe me dejó. Descubrí su nueva dirección y le devolví la tetera que se había olvidado. Al día siguiente le llevé un libro que me había prestado. Encontré una caja de horquillas para el pelo y le llevé una cada día. Si no estaba en casa, la dejaba en el buzón con una larga carta en la que le explicaba cómo la había encontrado en el suelo. Cuando me quedé sin horquillas, le llevé, en equilibrio sobre el dedo, una pequeña bola de pelusa. «Recuerdo haberla visto caer de tu vestido una tarde», le dije. «Ese floreado tan bonito».

 

Fuji

 

Iolanthe es como el monte Fuji. De lejos es majestuosa y seductora, pero hay algo en ella que decepciona de cerca. Es lo que les confío a sus pretendientes siempre que aparecen con rosas y guitarras españolas. Cuando ella no me oye, les digo: «Si la conquistáis y me la arrebatáis, lo lamentaréis». Lo toman por una amenaza, pero entonces les susurro: «Sé que es preciosa, pero cuando la conoces bien, te das cuenta de que es no es para tanto». Ellos me preguntan por qué no la dejo si eso es cierto. Entonces empiezo a tartamudear. Y es que, sencillamente, no sé cómo explicarlo.

 

Desinterés

 

Para evitar que la intensidad de mi amor asustase a Skylark, decidí fingir desinterés. Me preocupaba que esa estrategia no estuviera funcionando; parecía aburrirle mi compañía y no dejaba de mirar el reloj como si estuviera impaciente por marcharse a otro sitio mucho mejor. No obstante, siempre acordábamos con total indiferencia volver a vernos. Cuando por fin un día, loco de amor, dejé caer que podríamos casarnos, se encogió de hombros y, bostezando, dijo: «Como quieras». Me sentí el hombre más afortunado del planeta. El sacerdote nos preguntó si estábamos dispuestos a amarnos y respetarnos toda la vida. Skylark respondió que por qué no, y yo dije que suponía que sí.

 

Traducidos por Daniel Weller

 
 

Dan Rhodes

 

Dan Rhodes (Purley, Inglaterra, 1972) estudió Humanidades y Escritura Creativa en la Universidad de Glamorgan. Sus primeros volúmenes de relatos, Anthropology (2000) y Don’t Tell Me the Truth About Love (2001), le valieron elogios de la crítica, que resaltó su extraordinario sentido del humor, su utilización del registro de lo grotesco y su innegable talento para contar historias de amor, rasgos que se confirmaron con las novelas Timoleon Vieta vuelve a casa (Alfaguara, 2004), El cochecito blanco (Alfaguara, 2005), Oro (Alfaguara, 2008) o This is Life (2012). En 2010 recibió el Premio E.M. Forster de novela por Corazones hambrientos (Alfaguara, 2012) y ha sido elegido como uno de los mejores novelistas británicos jóvenes por la revista Granta (2003).

Cuando te envuelvan las llamas – David Sedaris

Cuando te envuelvan las llamas
Título: Cuando te envuelvan las llamas
Original: When you are engulfed in flames
Año: 2008
Traductora: Victoria Alonso Blanco
Editorial: Literatura Random House
Fecha de edición: mayo 2015
Páginas: 304
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

David Sedaris se dio a conocer en la radio de la mano de Ira Glass. Este lo había descubierto en un local de Chicago donde Sedaris estaba contándoles su vida a los parroquianos del lugar. Lo de que estuviera contándoles su vida no es una forma de hablar: estaba en un escenario (o algo similar, imagino yo) leyéndoles su diario. Es de suponer que el espectáculo tenía entretenida a la clientela, o al menos al productor de radio, que vio el potencial de aquello y le hizo a Sedaris un sitio en su programa. Esto aumentó considerablemente la audiencia del autor estadounidense y, con el tiempo, le dio la oportunidad de publicar sus vivencias en papel. El salto de formato no lo alejó de la radio, sino que le garantizó un espacio en programas como This American Life y, de hecho, muchos de sus seguidores prefieren comprar sus audiolibros (narrados por él mismo, claro) antes que sus libros.

La publicación en 2008 de Cuando te envuelvan las llamas no supuso una gran novedad para los que siguen de cerca al escritor, pues casi todas las historias que contiene habían sido publicadas previamente en revistas como The New Yorker o narradas en la radio, pero, si no recuerdo mal sus anteriores libros, el lector español quizá sí aprecie algunos cambios respecto a lo que teníamos ya traducido. Uno de los más llamativos es que su familia, que jugaba un papel importante en sus primeros escritos, ha desaparecido casi por completo. En su lugar tenemos a Hugh, la pareja del autor, que tiene presencia en casi todos los textos aunque en realidad no aporta gran cosa; es como si lo viéramos siempre de espaldas, igual que el propio autor en sus viajes («A la zaga»). Pero lo más relevante es que encontramos aquí a un Sedaris más maduro, asentado en Francia y con una estable vida en pareja; o, dicho de otro modo, un Sedaris que parece andar algo falto de material.

Si sus anteriores libros parecían recoger una selección de las numerosas anécdotas generadas de forma natural por la agitada juventud del autor (especialmente conocida es la que relata su experiencia como elfo en unos grandes almacenes), en esta última colección traducida se aprecia mayor dificultad en exprimir una vida claramente más asentada y tranquila. Aunque hay unas pocas miradas atrás en las que se percibe la añoranza del Sedaris escritor por una época más rica en experiencias, la mayor parte de las piezas retratan al autor en casa dando rienda suelta a su carácter obsesivo, en aviones y taxis de camino a un compromiso laboral, o simplemente de viaje con su pareja. Esto no significa que el libro sea aburrido, ni mucho menos, porque estamos ante uno de los pocos autores realmente graciosos de la actualidad, y su habilidad para sacarle el jugo a cualquier situación garantiza el entretenimiento. Es solo que esos hilos que sabe mover Sedaris para convertir lo cotidiano en comedia son más visibles que antes, hasta el punto de que uno acaba poniendo en duda la veracidad de lo narrado. Sigue leyendo

«100% algodón», un relato de David James Poissant

La noche es fría. Los edificios, altos. El cielo, salvo donde lo ilumina la luz de las estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del ajedrez o lo que queda del bosque tras un incendio.

Debería mencionar también que hay una pistola enorme apuntando a mi cara.

Y esa pistola enorme apuntando a mi cara es la razón de que las cosas se aceleren como en los documentales de naturaleza, donde una semilla germina, se convierte en tallo y echa hojas en diez segundos.

Así es precisamente como se están acelerando las cosas aquí. Las estrellas giran sobre de los edificios. La luna sale, se pone y vuelve a salir. Y después todo se ralentiza de golpe hasta casi detenerse.

—Si no quieres morir con esa camisa —dice—, será mejor que te la quites.

El tipo de la pistola no se anda con gilipolleces. No entiendo mucho de pistolas, pero esta es de las grandes. Parece de las que llevan muchas balas; de las que le dejan un cadáver irreconocible a la policía, lo que no supone ningún problema porque nadie me va a echar de menos. No hay nadie en este planeta que vaya a desmayarse cuando el forense aparte la sábana y descubra mi cara destrozada por las balas.

La pistola me está apuntando porque el tipo me ha pedido la cartera y le he dicho que no.

—No —le he dicho.

Y él ha preguntado:

—¿Cómo te gustaría morir?

Y he respondido:

—Bueno. No me gustaría morir con esta camisa.

En realidad, eso no es del todo cierto. Si no hubiera querido morir con ella, no me la habría puesto hoy. Pero parecía apropiada para la ocasión. Es negra y lleva el emblema de una calavera sobre dos tibias cruzadas en el bolsillo, como en las etiquetas de las botellas con tapones especiales para proteger a niños y ancianos.

Puede que no haya estado muy acertado con la calavera sobre tibias cruzadas pero, qué coño, ya elegirás la ropa cuando seas tú el que va a morir.

Al tipo de la pistola no le ha gustado mi tono.

—No me gusta tu tono —ha dicho.

No había captado mi arrogancia, que era intencionada, de modo que lo he vuelto a decir, lo de que no quería morir con esta camisa, y es entonces cuando me ha dicho que me la quitase. Y con eso ya te he puesto más o menos al tanto de cómo están las cosas ahora.

Me quito la camisa por la cabeza. Me arrodillo y la pliego sobre la acera hasta conseguir un rectángulo perfecto, digno de unos grandes almacenes. Tras cinco años trabajando en Gap, uno adquiere cierta destreza para plegar ropa.

—A ti nunca te han atracado, por lo visto —me dice.

Podría decirle la verdad: que es la tercera vez esta semana; que me he pasado meses viendo los informativos locales para averiguar en qué calle de Atlanta hay más posibilidades de acabar asesinado; que elegí esta calle en este barrio para deambular por la noche, y que he recibido golpes e insultos. También me han robado dos carteras, un reloj y el teléfono, pero nadie ha apretado el gatillo, porque resulta que no era sangre lo que querían, sino dinero.

Decidí que la mejor opción era oponer resistencia.

La última vez, me puse a cantar y a bailar un poco. «¡Todos los chicos vienen buscando mi batido!», canté a grito pelado, moviendo las caderas, pero sólo conseguí asustar al tipo. Ni siquiera trató de quitarme el dinero.

Este, en cambio… Sigue leyendo

«La peluca», un relato de Brady Udall

La peluca

Brady Udall

Mi hijo, de ocho años, ha encontrado una peluca esta mañana en el contenedor de basura. Cuando he entrado en la cocina, muy irritado porque no conseguía hacer un nudo decente en mi corbata verde con estampado de cachemira, me lo he encontrado sentado a la mesa, comiendo cereales y leyendo las tiras cómicas del periódico con aquello encajado en la cabeza como si se tratara de un casco de fútbol americano. La peluca era una sucia mata de pelo rubio rizado, del tipo que uno esperaría ver en una prostituta o en alguien que estuviera intentando imitar a Marilyn Monroe.

Le he preguntado de dónde la había sacado y me lo ha dicho, con la boca llena de cereales. Cuando le he indicado que no debía ponerse las cosas que encontraba en la basura, simplemente ha seguido comiendo y leyendo como si no me hubiera oído. Quería que se quitara aquella peluca, pero no me veía capaz de pedírselo. Me he olvidado de la corbata y del trabajo y he observado por la ventana cómo una neblina descendía lentamente sobre la calle. He empezado a andar con nerviosismo del salón a la cocina y de la cocina al salón, esforzándome por no mirar a mi hijo, que seguía ignorándome. Podía oírle masticar cereales y pasar las páginas. Había una imagen —o un recuerdo, real o imaginado— que no podía quitarme de la cabeza. La primavera pasada, antes del accidente, mi mujer estaba sentada en la silla en la que ahora se sienta mi hijo siempre. Estaba leyendo el periódico, para ver qué tal lo habían hecho los Blackhawks la noche anterior, y su pelo, despeinado todavía por el sueño, era apenas un poco más largo y un poco más oscuro que el de la peluca de mi hijo.

Me preguntaba si él tenía una imagen similar en su cabeza, en el caso de que tuviera alguna. Me he quedado mirándolo hasta que por fin ha levantado la vista, pero no había expresión alguna en su rostro. Después ha vuelto a centrar su atención en las viñetas. He rodeado la mesa, lo he levantado y lo he abrazado. He hundido la nariz en la peluca, creo que con la esperanza de aspirar una fresca fragancia a champú, pero en su lugar he encontrado un olor a lechuga rancia. Supongo que a esas alturas ya no importaba demasiado. Mi hijo ha puesto sus brazos suaves alrededor de mi cuello y, durante lo que han sido quizá unos pocos segundos, hemos vuelto a estar juntos, los tres.

Traducido por Daniel Weller

Brady Udall

Brady Udall

Brady Udall es un escritor estadounidense que creció en la pequeña localidad de St. Johns, Arizona.

Su primera colección de relatos, Letting Loose the Hounds, se publicó en 1997. A esta le siguió en 2001 la novela The Miracle Life of Edgar Mint (La vida milagrosa de Edgar Mint, RBA, 2002). En 2010 se publicó su segunda y última novela hasta el momento, The Lonely Polygamist (El polígamo solitario, RBA, 2011).

Actualmente es profesor de escritura creativa en la Universidad Estatal de Boise.

El relato que he traducido, The Wig, ganó en 1994 el certamen anual de relato corto de la revista Story, ya desaparecida, y se incluyó después en la colección de relatos con la que debutó el autor, Letting Loose the Hounds.

La vida secreta de Walter Mitty – James Thurber

La vida secreta de Walter Mitty - James Thurber

Título: La vida secreta de Walter Mitty

Autor: James Thurber (1894 – 1961)

Año: 1931 – 1945

Traductora: Celia Filipetto

Editorial: Acantilado

Fecha de edición: julio 2004

Páginas: 160

 

Valoración: 7 /10

 

Acantilado reunió en 2004 una selección de textos de James Thurber bajo el título del relato más conocido del autor, de actualidad gracias a la película de Ben Stiller. Breves disertaciones humorísticas, retratos (de personas y de animales), pequeñas fábulas y simples anécdotas que ponen de relieve alguna particularidad de un personaje, generalmente masculino; siempre con el humor del escritor norteamericano como denominador común. Entre estas últimas, destacan las protagonizadas por John Monroe, un hombre apocado que anda continuamente sumido en ensoñaciones en las que se imagina a sí mismo como un galán audaz e imperturbable, capaz de mantener el tipo en las situaciones más comprometidas. El problema es que su esposa, personaje no menos peculiar, tiene la mala costumbre de involucrarlo en tales situaciones cada vez que el pobre hombre empieza a convencerse de que, después de todo, esa imagen idealizada de su persona no está tan lejos de la real, y es entonces cuando queda al descubierto su falta absoluta de carácter, para desesperación suya y satisfacción disimulada de su mujer.

El lector se sonríe (aunque sea interiormente) con las desventuras del señor Monroe, en parte por la habilidad de Thurber para crear personajes entrañables, que ya se aprecia en estos primeros compases, en parte por reconocerse en algunas de sus debilidades. Sin embargo, seis relatos del tirón con el mismo protagonista y tan similares en una recopilación tan corta me parecen excesivos. Al señor y la señora Monroe les siguen tres piezas bastante extrañas en las que los animales empiezan a ganar protagonismo, y así llegamos a Instantánea de un perro, lo mejor del libro en mi opinión. Retrato simpatiquísimo del personaje más logrado de la colección, un noble bull terrier llamado Rex.

Muy similar a La vida secreta de Walter Mitty, y no sólo por el título, es La vida privada del señor Bidwell. En ambos casos tenemos a un hombre casado que trata de abstraerse de la realidad anodina que lo rodea, en la que suele estar incluida su mujer. Walter Mitty se vale de su imaginación para vivir aventuras que están fuera de su alcance, mientras que George Bidwell se limita a aguantar la respiración o a multiplicar números mentalmente. Pese a la fama que ha conseguido el primero, me parece mucho más sugerente el relato protagonizado por el señor Bidwell.

De las cuatro fábulas que se han incluido aquí, destacan El búho que era Dios y La polilla y la estrella, esta segunda sobre una joven polilla que, cansada de rondar farolas y en contra del consejo de sus padres, se esfuerza día tras día en intentar llegar hasta una estrella. En esta segunda mitad del libro hay algunos relatos con un regusto triste, pero afortunadamente los de Acantilado nos han reservado para el final un disparatado paseo en coche con un ruso llamado Olympy al volante. Un paseo que vale la pena dar.

«Cruces», un relato de George Saunders

Cruces

George Saunders

Todos los años, después de la cena de Acción de Gracias, mi padre sacaba el disfraz de Santa Claus y lo arrastraba hasta una suerte de cruz metálica que había levantado en el jardín. Nosotros formábamos una piña detrás de él y le seguíamos hasta que colocaba allí el disfraz. Durante la semana previa a la Super Bowl, la cruz lucía un jersey y el casco de Rod, y si este quería coger el casco, primero tenía que pedirle permiso a mi padre. El cuatro de julio, la cruz se convertía en el Tío Sam; el Día de los Veteranos, era un soldado; y en Halloween, un fantasma. Aquella cruz era la única concesión de mi padre a las fiestas. Por lo demás, no nos permitía sacar de la caja más de un lápiz de cera a la vez; una Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar un trozo de manzana; cada vez que nos poníamos kétchup, lo teníamos a él encima diciendo «Vale, vale, ya basta»; y en las fiestas de cumpleaños había magdalenas en lugar de helado. La primera vez que llevé allí a una cita, la chica me preguntó: «¿Qué es lo que pasa con tu padre y ese poste?», y lo único que pude hacer fue quedarme sentado pestañeando tontamente.

Con el tiempo, Kimmie, Rod y yo nos marchamos, nos casamos, tuvimos hijos y vimos florecer también en nosotros una semilla de mezquindad. Mientras tanto, mi padre empezó a vestir la cruz de forma cada vez más compleja y siguiendo una lógica apenas perceptible. El Día de la Marmota le puso una especie de abrigo de piel y colocó un foco para asegurar la sombra. Después de un terremoto que sacudió Chile, la tumbó y pintó una grieta en el suelo con un aerosol. Cuando mi madre murió, disfrazó a la cruz de Muerte y colgó del travesaño fotos de ella cuando era un bebé. Siempre que pasábamos por allí, encontrábamos amuletos extraños de su juventud dispuestos en torno a la base del poste: medallas del ejército, entradas de teatro, sudaderas viejas o tubos de maquillaje de mi madre.

Un otoño pintó la cruz de amarillo, la cubrió de algodón para proporcionarle abrigo ese invierno y le aseguró descendencia cruzando seis palos de madera y clavándolos a martillazos en diversos puntos del jardín. Tendió cuerdas entre la cruz grande y las tres pequeñas y pegó en ellas, utilizando cinta adhesiva, fichas de archivo en las que pedía disculpas, admitía errores y rogaba comprensión, todo con una caligrafía frenética. Colgó de la cruz metálica un rótulo en el que había escrito AMOR, hizo otro en el que escribió ¿ME PERDONAS? y murió en el vestíbulo con la radio encendida. Poco después le vendimos la casa a una pareja joven que arrancó todo aquello y lo dejó en la calle el día de recogida de basura.

Traducido por Daniel Weller

* El Día de la Marmota se celebra el 2 de febrero en varias ciudades de Estados Unidos y Canadá. Quien haya visto Atrapado en el tiempo ya lo sabrá, pero por si alguien no la ha visto o no se acuerda, la cosa consiste en sacar a una marmota de su madriguera y esperar a ver si el animal ve su sombra o no. Si no la ve, la primavera está al caer, y si la ve, habrá seis semanas más de invierno. Eso dice la tradición, al menos.

Chloe Aftel (The New York Times)

The New York Times

George Saunders (1958) es un escritor estadounidense adorado por los críticos. Ha publicado relatos cortos, ensayos y cuentos infantiles. En España solo se han publicado dos de sus libros, Pastoralia y Guerracivilandia en ruinas (Mondadori en los dos casos, 2001 y 2005). Su última colección de relatos, Tenth of December, salió a la venta en Estados Unidos el pasado 8 de enero, y lo lógico sería que Mondadori publicase la traducción al español a finales de este año o principios del que viene, pero teniendo en cuenta que ya pasó por alto la anterior colección, In Persuasion Nation, no se puede dar por seguro.

Todos sus relatos se publican por separado en revistas como The New Yorker o Harper’s, y este que he traducido, aunque forma parte de su último libro, ya apareció en el número de Harper’s de noviembre de 1995, e incluso antes, si no me equivoco, en el número de invierno de ese año de la revista Story (una publicación que nació en 1931, desapareció en 1967, y aún tuvo una segunda etapa desde 1989 hasta 1999).

El título original del relato es Sticks (me he tomado alguna libertad con la traducción. Con la del relato, en general).

El arte de la defensa – Chad Harbach

El arte de la defensa - Chad Harbach

Título: El arte de la defensa

Título original: The Art of Fielding

Autor: Chad Harbach

Año: 2011

Traductora: Isabel Ferrer

Editorial: Salamandra

Páginas: 540

 

Valoración: 6 /10

 

Me atraen las novelas de campus. Y si se trata de campus norteamericanos, como suele ser el caso, mucho mejor. De hecho, me atrae casi cualquier historia (ya esté contada a través del cine o a través de la literatura) ambientada en Estados Unidos y en la que aparezcan unos jardines de universidad o al menos una calle flanqueada por árboles y por los jardines delanteros de casas unifamiliares. Es una debilidad confesable que tengo. El problema es que estas historias suelen estar protagonizadas por profesores de literatura con tribulaciones que no me interesan demasiado o por estudiantes drogadictos cuyo vacío existencial me interesa menos todavía.

Teniendo en cuenta lo anterior, supongo que se entiende mi interés por una novela que entra en la categoría «de campus» y que está protagonizada por estudiantes más interesados en el deporte que en las drogas. No he jugado nunca a béisbol y, aun después de leer este libro, no sabría decir qué reglas rigen el desarrollo de uno de esos largos partidos, pero es un deporte que me resulta simpático. Por si esto fuera poco, El arte de la defensa supone el debut literario de su autor, Chad Harbach (un detalle que suma, en mi caso); debut por el que recibió, al parecer, un anticipo millonario y que llega hasta nosotros avalado por escritores de la talla de Jonathan Franzen, Jay McInerney o John Irving (con talla me refiero a popularidad y reconocimiento de la crítica especializada; lo demás es opinable).

El personaje principal en esta primera novela de Chad Harbach es Henry Skrimshander, un joven de familia humilde, enclenque y con un talento extraordinario para el béisbol que está a punto de abandonar la práctica de este deporte y su sueño de llegar a ser un jugador profesional en beneficio de un trabajo gris con el que ganarse la vida que le resta entre los campos de maíz de Lankton, en Dakota del Sur, cuando Mike Schwartz se acerca a hablar con él y le abre las puertas de una pequeña universidad del medio oeste cuyo equipo de béisbol no consigue salir de la mediocridad. A este prometedor comienzo le siguen ochenta o noventa páginas ligeras y luminosas durante las cuales Henry, con la ayuda de Mike, va fortaleciendo su cuerpo y puliendo su talento como parador en corto hasta convertirse en carne de draft codiciada por los representantes más destacados del país.

Pero justo cuando el cielo del béisbol está llamando a las puertas del Westish College para llevarse a Henry, éste comete un error que cambiará la vida de todos los personajes de la novela. De hecho, ese error supone un punto de inflexión no sólo en el devenir de la historia sino también en el tono de la narración, el tratamiento de los personajes y, a mi modo de ver, en el placer que proporciona la lectura. Es cierto que hasta ese momento reinaba la intrascendencia y que el libro navegaba, por decirlo de alguna forma, en aguas demasiado tranquilas para un lector inquieto. Pero la verdad es que yo estaba a gusto en él. Me recogía por las noches con ganas de pasar un rato en el Westish College, yendo y viniendo de la residencia de estudiantes al centro deportivo, paseando por sus jardines sin mayores preocupaciones y bateando en el diamante. La vida le sonreía a Henry y, en cuanto lector que habita un personaje de ficción para vivir una experiencia que ha quedado fuera de su alcance en la realidad, también me sonreía a mí. Aunque echaba en falta, eso sí, alguna presencia femenina que pusiera algo de color entre tanto personaje masculino.

«Con lo bien que estábamos» es lo que empecé a repetirme una y otra vez cuando, superadas las cien páginas, las cosas se tuercen para casi todos: para Henry, para Mike y también para el lector, pues la bola perdida da paso a una segunda parte mucho más gris: más variada en cuanto a personajes (aparece por allí la hija pródiga del rector y se le da voz a algunos secundarios) y también más profunda, pero a la larga, menos satisfactoria. Si tuviera que dar una explicación a este cambio, diría que el autor ha querido alejarse de la ligereza del bestseller para intentar colocar su libro bajo la etiqueta «literary fiction», que es la que se utiliza en Estados Unidos para clasificar los trabajos literarios «serios». Se trata sólo de una suposición pero, si fuera el caso, Harbach se habría equivocado de medio a medio, porque la diferencia entre literatura ligera o de masas (llámenla como quieran) y literatura seria (a esta llámenla también como quieran) no la determina, a mi modo de ver (esto daría para un agradable debate), la pesadez de la narración ni la cantidad de fantasmas personales con la que cargan los personajes, sino la sutileza. Si por algo se caracterizan los libros del primer tipo es por la escasa sutileza con que ahondan en el alma de sus protagonistas y lo masticada que le dan la historia al lector, mientras que los libros del segundo grupo (como ya he comentado en alguna otra reseña) tienden a darle al lector sólo lo justo, no por tacañería, sino por respeto a su inteligencia. Aunque, pensándolo mejor, no es apropiado que yo trate aquí de establecer las diferencias entre una supuesta literatura ligera y otra seria; mejor me atengo a lo que diferencia a los libros que me gustan de los que no me gustan tanto. El arte de la defensa se ha quedado a medio camino entre unos y otros. El final, mejor olvidarlo.

El diablo a todas horas – Donald Ray Pollock

El diablo a todas horas - Donald Ray Pollock

Título: El diablo a todas horas

Título original: The Devil All the Time

Autor: Donald Ray Pollock (Ohio, 1954)

Año: 2011

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 371

 

Valoración: 8 /10

 

En la reseña que escribí de Knockemstiff, el primer libro de Donald Ray Pollock, lamentaba el tono excesivamente negro que el autor imprimía en todos los relatos; un regodeo en lo macabro y en la podredumbre que, en mi opinión, asfixiaba sus historias. En El diablo a todas horas comprobamos que Pollock sigue interesado en mostrar la miseria humana, solo que esta vez ha puesto cuidado en dejar entrar algo de luz. Bien es cierto que esa luz ilumina escenas de violencia extrema, pero son escenas mucho más cuidadas estéticamente que en la obra anterior y en las que el horror, aunque sigue predominando, no se percibe como provocación gratuita: sirvan como ejemplos el pasaje en el que un predicador en horas bajas decide matar a su mujer sólo para demostrar que es capaz de resucitarla inmediatamente después (un pasaje que resulta tierno, incluso), o algunos de los que tienen lugar en «el tronco de rezar» (posiblemente el primer gran icono en la obra del norteamericano).

Esa «luz» nueva me parece el mayor avance de Pollock en su segundo libro. El resto de virtudes ya las conoce cualquiera que haya leído el primero: una prosa consistente y un estilo directo (pero no por ello seco) que no baja el nivel en ninguna página. Con todo, a Pollock se le va la mano un par de veces: con el personaje de Preston Teagardin, excesivamente ridiculizado, y con una conversación entre políticos republicanos de trazos tan gruesos que te hace torcer el gesto.

Las nueve partes en que está dividida la historia corresponden a fragmentos intercalados de tres relatos largos que se buscan durante todo el libro. El más importante, y el que más he disfrutado, está protagonizado por Arvin Russell, un personaje que marca otra de las grandes diferencias entre los dos libros del autor porque supone un asidero moral que se nos escatimaba en el primero; alguien con quien el lector puede simpatizar, lo que siempre se agradece. La primera parte, Sacrificio, tiene por sí sola entidad suficiente para considerarla lo mejor de Pollock hasta ahora. El relato de Theodore y Roy, por otro lado, me ha gustado, pero la verdad es que se pierde entre los otros dos. Y en las cacerías de Carl y Sandy, aunque resultan atractivas, no aprecio en igual medida ese avance que he comentado en el párrafo anterior.

En esta ocasión, parte de la narración transcurre en Coal Creek, donde quizá se respira un poco mejor (tampoco mucho, no crean), pero la historia muere en Knockemstiff, como no podía ser de otra forma, tras una especie de recorrido circular en el que Arvin atraviesa un paisaje que va derrumbándose a su paso y lo lleva de vuelta a esa hondonada sin Dios de la que partió y donde (salte al siguiente párrafo si no quiere pistas) parece que todo ha terminado para él. Pero entonces Pollock, como si quisiera demostrarnos que definitivamente ha decidido dejar entrar una rendija de luz en sus historias, baja el arma. La entierra, incluso.

Aunque me gusta ese cierre, me temo que Pollock no logra enlazar los tres relatos de un modo lo suficientemente satisfactorio para que quede justificada la estructura que ha elegido. Es una lástima, porque estaba disfrutando tanto con la lectura que, a cincuenta páginas de terminar, en lo único que podía pensar es en que Pollock se hubiera reservado algo realmente grande para el final; algo que hiciese encajar las piezas a la perfección. Con esto no quiero decir que el último tramo del libro sea decepcionante, ni mucho menos; sólo que no es la apoteosis con la que me había hecho soñar lo anterior.

En cualquier caso, si en Knockemstiff, pese a sus desequilibrios y excesos, encontré motivos suficientes para esperar con ganas el siguiente trabajo del autor, El diablo a todas horas sube el listón y aumenta las expectativas de cara a un tercer libro en el que espero que Pollock logre cuadrarlo todo a la perfección y entregue una obra magistral. De momento tenemos una buena colección de relatos (Knockemstiff) y una novela excelente (El diablo a todas horas). Para ir tirando, no está mal.

Justicia – Michael J. Sandel

Justicia - Michael J. Sandel

Título: Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Título original: Justice: What’s the Right Thing to Do?

Autor: Michael J. Sandel (1953 – )

Año: 2009

Traductor: Juan Pedro Campos Gómez

Editorial: Debate

Páginas: 350

 

Valoración: 9 /10

 

Doy por sentado que usted se considera una persona de principios, y que está más o menos seguro de haber elegido esos principios libremente y en conformidad con la idea que tiene de justicia. No obstante, lo más probable es que nunca los haya sometido a un verdadero examen. De hecho, cada vez que nos encontramos ante un dilema moral, la mayoría de nosotros se posiciona casi por intuición o, en el mejor de los casos, tras llevar a cabo un análisis superficial de la cuestión. Rara vez nuestras opiniones son fruto de una reflexión profunda, y sin embargo estamos dispuestos a defenderlas ante cualquiera y a tomar por un borrego o por un caradura al que piense algo distinto. El resultado de esta manera de proceder nuestra lo puede observar cualquiera en los debates políticos que ofrecen por la noche algunos canales de televisión y por la mañana algunas emisoras de radio. Estos «debates» consisten en unos cuantos monólogos cruzados, o, por utilizar expresiones del propio Sandel, en «un intercambio de aserciones dogmáticas, una guerra de tartas ideológica», donde está claro que nadie va a convencer a nadie porque nadie está dispuesto a dejarse convencer, y lo mejor que se puede esperar es que los invitados guarden silencio durante los turnos de palabra.

Con semejante panorama, este libro supone un oasis intelectual para cualquiera que disfrute poniendo a prueba sus propias ideas. En él, Michael Sandel, que se ha convertido en uno de los profesores más conocidos del mundo gracias al curso sobre justicia que imparte en Harvard, echa mano de Aristóteles, John Stuart Mill, John Rawls, Kant, Rousseau y Alasdair MacIntyre, entre otros, para presentar diferentes formas de entender la justicia y la libertad, pero él mismo aclara al final del primer capítulo que «este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan».

Dos son, en mi opinión, las principales virtudes de Justicia. En primer lugar, el discurso del autor está salpicado de casos prácticos (algunos reales, otros hipotéticos) que atrapan la atención del lector, tanto si se ha interesado alguna vez por la filosofía como si no, y le obligan a ir y venir constantemente entre los juicios que adopta ante cada caso y los principios a los que se atiene; de esta forma, el lector acaba revisando ambos, juicios y principios, unos a la luz de los otros, porque, según Sandel, «la reflexión moral consiste en este ir cambiando de punto de vista, del propio del mundo de la acción al del reino de las razones, y de este, de nuevo a aquel». En segundo lugar, el autor demuestra una envidiable capacidad para adoptar en cada caso posturas contrapuestas y defenderlas con tal persuasión y tan buenos argumentos que el lector puede que se descubra más de una vez cambiando de opinión al compás de Sandel, mientras este se las arregla para esconder sus propias convicciones hasta casi el final. Lo hace así porque su objetivo no es decirnos lo que debemos pensar, sino zarandearnos un poco para quitarle el polvo a nuestros queridos principios y darnos la oportunidad de revisarlos en profundidad.

«La filosofía es algo demasiado importante para dejarla en manos de los filósofos». Ahora mismo no estoy seguro de si esta cita es del libro o de alguna de las conferencias de Michael Sandel que se pueden encontrar por internet, pero resume perfectamente lo que nos quiere dar a entender. Lo que se trata aquí no son temas que solo interesan a políticos o filósofos, ajenos al ciudadano común. Se debate sobre qué significa la libertad y qué es lo que consideramos justo. En otras palabras: se discute qué significa ser libres y cuál es la mejor forma de vivir en sociedad. Obviamente, estas son cuestiones que deberían preocuparnos a todos.

El viaje involuntario de un suicida por afición – Einzlkind

Título: El viaje involuntario de un suicida por afición

Título original: Harold

Autor: Einzlkind

Año: 2010

Traductor: Javier Sánchez-Arjona Voser

Editorial: Siruela

Páginas: 235

 

Valoración: 7 /10

 

A Harold le gusta ahorcarse una vez al mes en la entrada del pequeño edificio en el que vive, afición un tanto excéntrica con la que ya ni siquiera logra captar la atención de sus vecinos. Por lo demás, su vida transcurre sin mayores sobresaltos: trabaja como dependiente en la carnicería de un supermercado, presta el apoyo mínimo en las partidas de bridge que Mrs. Cardigan organiza semanalmente con sus amigas, y el resto del tiempo intenta disfrutarlo viendo películas anteriores a los 80 o escuchando música clásica en su casa, a salvo de cualquier interacción social.

Harold ve perturbada esta apacible abulia existencial el día en que pierde su trabajo, y se ve arrastrado definitivamente a los peligros del mundo exterior cuando, esa misma tarde, su nueva vecina le pide… bueno, le hace saber que va a quedarse al cargo de su hijo durante una semana, mientras ella se ocupa de un asunto urgente en Francia. Teniendo en cuenta las pocas habilidades sociales de Harold, semejante encomienda habría supuesto un compromiso incómodo si se hubiera tratado de un niño corriente, pero tratándose de Melvin, la expresión “compromiso incómodo” sólo puede aceptarse como un eufemismo irónico.

Melvin tiene once años, y se presenta de esta forma ante Harold: «Soy un erudito. […] Un genio. Tengo memoria fotográfica. Pero, a diferencia de la mayoría de los eruditos, no soy autista. Puedo ir solo en autobús y tengo capacidad para la contemplación. Para la dialéctica, en definitiva, ¿me sigue? No obstante, tengo ligeros rasgos de autismo y preferiría evitar todo tipo de contacto corporal. Basta con que me trate con respeto a una distancia prudencial. Creo que así nos podremos llevar bien. Al fin y al cabo, sólo son siete días». Y Melvin ya ha planificado lo que van a hacer Harold y él durante esa semana: van a buscar a su padre (al de Melvin; Harold es huérfano) por toda Inglaterra y parte de Irlanda.

La historia de Melvin y la búsqueda de sus orígenes no han llegado a interesarme en ningún momento. Entiéndanme: me intereso por el viaje que emprende con el pobre Harold para encontrar a su padre, pero sólo en la medida en que le sirve al autor para involucrar a sus personajes en situaciones que, siendo delicadas para ellos, devienen en pasajes de deliciosa comicidad para el lector. No creo que la carga sentimental de la historia, suponiendo que la tenga, le interese ni siquiera al autor (prueba de ello es el regalo final); lo único que importa aquí es que la pareja Harold-Melvin funciona de maravilla a nivel cómico (y no deja de tener mérito conseguir que un personaje resulte entrañable sin necesidad de hacerle hablar).

Para potenciar esa comicidad, el autor ha optado por un estilo elevado con tendencia a la hipérbole, un recurso que utiliza de forma similar Eduardo Mendoza o, salvando las distancias (que son importantes para un admirador del gran Plum), Wodehouse. Pero esta elección tiene un pequeño inconveniente: las intervenciones de Melvin, que hace gala de un estilo igualmente refinado, no resultan todo lo chocantes que debieran tratándose de un niño de esa edad, por la falta de contraste con el resto de la narración. Pero esto no impide disfrutar de su elocuencia y de los numerosos problemas que le reporta a su compañero de viaje. Sólo la tercera parte, la que corresponde al segundo día que pasan juntos, desmerece del resto.

Pocas pegas se le pueden poner a la traducción. Si acaso cabe preguntarse por qué el traductor (y el editor, que también pinta algo en esto) ha decidido explicar con la única nota al pie del libro una de las referencias más sencillas y, en cambio, ha dejado correr otras más interesantes, como la que apunta al evangelio de Juan en la página 88. En cuanto a la partida de ajedrez (posiblemente uno de los pasajes más gozosamente absurdos del libro), no creo que hubiera motivo (quizá me equivoco y sí lo había) para mantener, en la notación de las jugadas, las letras inglesas para designar las piezas. También esto se puede traducir sin problemas: K (King) = R (Rey), Q (Queen) = D (Dama), B (Bishop) = A (Alfil), N (Knight) = C (Caballo) y R (Rook) = T (Torre), si no me equivoco. Pero bueno, esto es ponerse muy quisquilloso. La traducción debe de haber sido complicada, y, a juzgar por la fluidez del texto en español, Javier Sánchez-Arjona ha debido de hacer un muy buen trabajo.

Yo de ustedes leería unas pocas páginas elegidas al azar (algo recomendable antes de decidirse a comprar cualquier libro, por otra parte) para ver si el humor del tal Einzlkind es de su agrado, y, si lo es, únanse al viaje.