Título: El viaje involuntario de un suicida por afición

Título original: Harold

Autor: Einzlkind

Año: 2010

Traductor: Javier Sánchez-Arjona Voser

Editorial: Siruela

Páginas: 235

 

Valoración: 7 /10

 

A Harold le gusta ahorcarse una vez al mes en la entrada del pequeño edificio en el que vive, afición un tanto excéntrica con la que ya ni siquiera logra captar la atención de sus vecinos. Por lo demás, su vida transcurre sin mayores sobresaltos: trabaja como dependiente en la carnicería de un supermercado, presta el apoyo mínimo en las partidas de bridge que Mrs. Cardigan organiza semanalmente con sus amigas, y el resto del tiempo intenta disfrutarlo viendo películas anteriores a los 80 o escuchando música clásica en su casa, a salvo de cualquier interacción social.

Harold ve perturbada esta apacible abulia existencial el día en que pierde su trabajo, y se ve arrastrado definitivamente a los peligros del mundo exterior cuando, esa misma tarde, su nueva vecina le pide… bueno, le hace saber que va a quedarse al cargo de su hijo durante una semana, mientras ella se ocupa de un asunto urgente en Francia. Teniendo en cuenta las pocas habilidades sociales de Harold, semejante encomienda habría supuesto un compromiso incómodo si se hubiera tratado de un niño corriente, pero tratándose de Melvin, la expresión “compromiso incómodo” sólo puede aceptarse como un eufemismo irónico.

Melvin tiene once años, y se presenta de esta forma ante Harold: «Soy un erudito. […] Un genio. Tengo memoria fotográfica. Pero, a diferencia de la mayoría de los eruditos, no soy autista. Puedo ir solo en autobús y tengo capacidad para la contemplación. Para la dialéctica, en definitiva, ¿me sigue? No obstante, tengo ligeros rasgos de autismo y preferiría evitar todo tipo de contacto corporal. Basta con que me trate con respeto a una distancia prudencial. Creo que así nos podremos llevar bien. Al fin y al cabo, sólo son siete días». Y Melvin ya ha planificado lo que van a hacer Harold y él durante esa semana: van a buscar a su padre (al de Melvin; Harold es huérfano) por toda Inglaterra y parte de Irlanda.

La historia de Melvin y la búsqueda de sus orígenes no han llegado a interesarme en ningún momento. Entiéndanme: me intereso por el viaje que emprende con el pobre Harold para encontrar a su padre, pero sólo en la medida en que le sirve al autor para involucrar a sus personajes en situaciones que, siendo delicadas para ellos, devienen en pasajes de deliciosa comicidad para el lector. No creo que la carga sentimental de la historia, suponiendo que la tenga, le interese ni siquiera al autor (prueba de ello es el regalo final); lo único que importa aquí es que la pareja Harold-Melvin funciona de maravilla a nivel cómico (y no deja de tener mérito conseguir que un personaje resulte entrañable sin necesidad de hacerle hablar).

Para potenciar esa comicidad, el autor ha optado por un estilo elevado con tendencia a la hipérbole, un recurso que utiliza de forma similar Eduardo Mendoza o, salvando las distancias (que son importantes para un admirador del gran Plum), Wodehouse. Pero esta elección tiene un pequeño inconveniente: las intervenciones de Melvin, que hace gala de un estilo igualmente refinado, no resultan todo lo chocantes que debieran tratándose de un niño de esa edad, por la falta de contraste con el resto de la narración. Pero esto no impide disfrutar de su elocuencia y de los numerosos problemas que le reporta a su compañero de viaje. Sólo la tercera parte, la que corresponde al segundo día que pasan juntos, desmerece del resto.

Pocas pegas se le pueden poner a la traducción. Si acaso cabe preguntarse por qué el traductor (y el editor, que también pinta algo en esto) ha decidido explicar con la única nota al pie del libro una de las referencias más sencillas y, en cambio, ha dejado correr otras más interesantes, como la que apunta al evangelio de Juan en la página 88. En cuanto a la partida de ajedrez (posiblemente uno de los pasajes más gozosamente absurdos del libro), no creo que hubiera motivo (quizá me equivoco y sí lo había) para mantener, en la notación de las jugadas, las letras inglesas para designar las piezas. También esto se puede traducir sin problemas: K (King) = R (Rey), Q (Queen) = D (Dama), B (Bishop) = A (Alfil), N (Knight) = C (Caballo) y R (Rook) = T (Torre), si no me equivoco. Pero bueno, esto es ponerse muy quisquilloso. La traducción debe de haber sido complicada, y, a juzgar por la fluidez del texto en español, Javier Sánchez-Arjona ha debido de hacer un muy buen trabajo.

Yo de ustedes leería unas pocas páginas elegidas al azar (algo recomendable antes de decidirse a comprar cualquier libro, por otra parte) para ver si el humor del tal Einzlkind es de su agrado, y, si lo es, únanse al viaje.