novedades 2010

Juliet, desnuda – Nick Hornby

Título: Juliet, desnuda

Título original: Juliet, Naked

Autor: Nick Hornby (1957-)

Año: 2009

Traductor: Jesús Zulaika Goicoechea

Editorial: Anagrama

Páginas: 349

 

Valoración: 6 /10

 

Como puede que alguno de ustedes aún no sepa nada del argumento, y yo no tengo pensado comentarlo en mi reseña, empezaré pegando la sinopsis de la editorial que, en este caso, me parece muy correcta:

Annie y Duncan están cerca de la cuarentena y son una pareja de hecho desde hace quince años. Viven en una pe­queña ciudad de la costa de Inglaterra, un lugar gris don­de antes veraneaba la clase obrera. Ambos son funciona­rios, llevan una vida tranquila de pequeños placeres, y parecen hechos el uno para el otro. Pero están en la fron­tera de la temida adultez, y a Annie le inquieta ese paso del tiempo sin pasión ni emoción en el que parecen hun­didos, la juventud que se acaba sin propuestas de futuro, y sobre todo, sin hijos. Porque toda la pasión de Duncan se concentra en Tucker Crowe, un músico americano que tras un espléndido álbum, Juliet, desapareció para siem­pre y vive recluido no se sabe dónde. Pero Annie, Duncan y el reaparecido Tucker comienzan a cruzarse por los ca­minos de internet, y también a encontrarse en la realidad más real, descubriendo que la vida nos da sorpresas y que todo, aun en el límite de la madurez, puede cambiar.

Dudo mucho que las dos novelas que he leído hasta ahora de Nick Hornby (En picado y Juliet, desnuda) puedan considerarse representativas de su obra (quizá sí de sus temas, pero espero que no de su calidad y profundidad), de modo que me abstendré de hacer una valoración general. Algún día (no sé cuándo; tengo otras preferencias ahora mismo), me acercaré a sus libros más famosos (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas y Un gran chico —traducida en su momento como Érase una vez un padre—) y ya les diré.

Con lo anterior no quiero dar a entender que En picado y Juliet, desnuda no me hayan gustado. Son novelas amables, entretenidas, bien escritas (Hornby, pese a toda la carga pop, tiene un estilo bastante clásico) y con personajes convincentes; pero tienen un gran defecto que, si bien puede pasar desapercibido durante la lectura, se hace patente una vez terminada: no dejan la más mínima huella.

Hay autores que llevan al extremo la teoría del iceberg de Hemingway, según la cual, lo más importante nunca se cuenta; la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión (en palabras de Ricardo Piglia). Carver es, seguramente, el más conocido. En algunos casos, el escritor, a fuerza de decir lo menos posible, acaba por no decir nada, y el resultado es una auténtica tomadura de pelo (entre los cuentos de Carver se pueden encontrar unos cuantos ejemplos, en mi opinión), pero si se utiliza con talento (y Carver lo hace en muchas ocasiones), el resultado es muy estimulante, porque el lector siente que participa en el juego. De hecho, él es quien debe completar la historia. Debe, siguiendo con la teoría de Hemingway, imaginar la mayor parte del iceberg. En mi caso, esto significa que me quedo un rato dándole vueltas al libro (dándole vueltas físicamente, quiero decir) mientras le doy vueltas (mentalmente) a la historia.

Juliet, desnuda (insisto en hablar de este libro en concreto y no del autor) se encuentra en el otro extremo. Nick Hornby analiza al detalle cada sentimiento y cada pensamiento de sus personajes. No deja ningún rincón oscuro de sus caracteres sin iluminar. No deja lugar a especulaciones. Nos lo da todo tan desmenuzado que no necesitamos masticar ni siquiera un poco. En resumen: Hornby no nos deja jugar; sólo nos deja verle jugar a él, y se equivoca si cree que eso es suficientemente divertido. Habrá lectores pasivos a los que les guste limitarse a mirar, pero yo me considero un lector activo, y me aburro si me lo dan todo hecho.

Si Juliet, desnuda no me ha dejado huella, es porque no he podido participar. Y, por lo tanto, no me he divertido. Ya ni siquiera recuerdo cómo acaba.

Ordeno y mando – Amélie Nothomb

Título: Ordeno y mando

Título original: Le fait du prince

Autora: Amélie Nothomb (1967-)

Año: 2008

Traductor: Sergi Pámies

Editorial: Anagrama

Páginas: 153

 

Valoración: 3 /10

 

Esta es la cuarta novela que leo de Amélie Nothomb, después de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos y Cosmética del enemigo. En ese orden, el interés que despertó en mí Estupor y temblores ha ido disminuyendo progresivamente hasta quedar en nada con este Ordeno y mando.

Y eso que el arranque del libro resulta atractivo: En el curso de una conversación que el protagonista, Baptiste Bordave, mantiene con un personaje al que acaba de conocer en una fiesta, este último le da un consejo extraño al primero: «Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía».  Al día siguiente, un hombre sube al piso de Baptiste con el pretexto de hacer una llamada de emergencia y, no bien ha marcado un número, cae muerto.

Desde luego, la historia puede tildarse de kafkiana, porque tiene todas las cualidades negativas implícitas en este calificativo (para mí, las hay) y ninguna de las positivas: la historia es, ciertamente, absurda (y estarán de acuerdo conmigo en que esto no es necesariamente positivo); es gris, muy gris, y como esta apreciación se fundamenta sobre todo en sensaciones, no me va a ser posible decir por qué me lo parece; quizá no sea opresiva, pero el protagonista acaba encerrándose en una mansión; en determinado momento, éste se convence de que le están espiando, y se siente amenazado, lógicamente (aunque su actitud no deja de ser despreocupada, por razones que argumentaré después); por último (y seguramente no es justo mezclar a Kafka con este punto, pero así termino la lista de características negativas), los personajes parecen moverse por un escenario sin decorados, es decir…

No soy un fanático de las descripciones exhaustivas y la detención morosa en los detalles, pero tampoco me gusta visualizar a los personajes moviéndose en medio de la nada, y esto es lo que me ha sucedido con Ordeno y mando. En el transcurso de la narración, sólo adquiere consistencia lo que entra en contacto directo con el protagonista: el coche del muerto (cualquiera diría que no hay nada más en la calle), el sofá en el que se pasa sentado casi todo el tiempo, y las personas (pocas) con las que habla. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una obra de teatro sin apenas escenografía.

Si a todo esto le sumamos que la intriga no llega a ponerse lo suficientemente interesante en ningún momento, ¿qué nos queda? Pues una fábula endeble y muy poco estimulante sobre un tipo anodino de vida rutinaria y gris al que se le presenta la oportunidad de usurpar la identidad de otro tipo con una vida a todas luces más intensa (ni Baptiste ni nosotros llegamos a saber a ciencia cierta en qué consiste esa vida, pero todo apunta a que está relacionada con negocios turbios), y la aprovecha, claro. ¿Por qué Baptiste mantiene la calma durante todo el libro? Porque está tan asqueado de lo que ha sido hasta entonces (y de estar tan solo, seguramente), que el hecho de correr peligro (y de preocuparle por fin a alguien) no deja de ser estimulante.

La prosa, construida con diálogos y una acumulación (desesperante en algunos pasajes) de frases cortas, es, para mi gusto, horrorosa; y no sé en qué proporción debe quedar repartida entre autora y traductor la responsabilidad de engendros como: «Lo que me dejó patidifuso hasta límites superlativos fue…» (p. 36) o «Cogí su mano, que resultó ser suave a morir.» (p. 49) (¿Es coña? ¿Es humor?)