novedades 2011

Justicia – Michael J. Sandel

Justicia - Michael J. Sandel

Título: Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Título original: Justice: What’s the Right Thing to Do?

Autor: Michael J. Sandel (1953 – )

Año: 2009

Traductor: Juan Pedro Campos Gómez

Editorial: Debate

Páginas: 350

 

Valoración: 9 /10

 

Doy por sentado que usted se considera una persona de principios, y que está más o menos seguro de haber elegido esos principios libremente y en conformidad con la idea que tiene de justicia. No obstante, lo más probable es que nunca los haya sometido a un verdadero examen. De hecho, cada vez que nos encontramos ante un dilema moral, la mayoría de nosotros se posiciona casi por intuición o, en el mejor de los casos, tras llevar a cabo un análisis superficial de la cuestión. Rara vez nuestras opiniones son fruto de una reflexión profunda, y sin embargo estamos dispuestos a defenderlas ante cualquiera y a tomar por un borrego o por un caradura al que piense algo distinto. El resultado de esta manera de proceder nuestra lo puede observar cualquiera en los debates políticos que ofrecen por la noche algunos canales de televisión y por la mañana algunas emisoras de radio. Estos «debates» consisten en unos cuantos monólogos cruzados, o, por utilizar expresiones del propio Sandel, en «un intercambio de aserciones dogmáticas, una guerra de tartas ideológica», donde está claro que nadie va a convencer a nadie porque nadie está dispuesto a dejarse convencer, y lo mejor que se puede esperar es que los invitados guarden silencio durante los turnos de palabra.

Con semejante panorama, este libro supone un oasis intelectual para cualquiera que disfrute poniendo a prueba sus propias ideas. En él, Michael Sandel, que se ha convertido en uno de los profesores más conocidos del mundo gracias al curso sobre justicia que imparte en Harvard, echa mano de Aristóteles, John Stuart Mill, John Rawls, Kant, Rousseau y Alasdair MacIntyre, entre otros, para presentar diferentes formas de entender la justicia y la libertad, pero él mismo aclara al final del primer capítulo que «este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan».

Dos son, en mi opinión, las principales virtudes de Justicia. En primer lugar, el discurso del autor está salpicado de casos prácticos (algunos reales, otros hipotéticos) que atrapan la atención del lector, tanto si se ha interesado alguna vez por la filosofía como si no, y le obligan a ir y venir constantemente entre los juicios que adopta ante cada caso y los principios a los que se atiene; de esta forma, el lector acaba revisando ambos, juicios y principios, unos a la luz de los otros, porque, según Sandel, «la reflexión moral consiste en este ir cambiando de punto de vista, del propio del mundo de la acción al del reino de las razones, y de este, de nuevo a aquel». En segundo lugar, el autor demuestra una envidiable capacidad para adoptar en cada caso posturas contrapuestas y defenderlas con tal persuasión y tan buenos argumentos que el lector puede que se descubra más de una vez cambiando de opinión al compás de Sandel, mientras este se las arregla para esconder sus propias convicciones hasta casi el final. Lo hace así porque su objetivo no es decirnos lo que debemos pensar, sino zarandearnos un poco para quitarle el polvo a nuestros queridos principios y darnos la oportunidad de revisarlos en profundidad.

«La filosofía es algo demasiado importante para dejarla en manos de los filósofos». Ahora mismo no estoy seguro de si esta cita es del libro o de alguna de las conferencias de Michael Sandel que se pueden encontrar por internet, pero resume perfectamente lo que nos quiere dar a entender. Lo que se trata aquí no son temas que solo interesan a políticos o filósofos, ajenos al ciudadano común. Se debate sobre qué significa la libertad y qué es lo que consideramos justo. En otras palabras: se discute qué significa ser libres y cuál es la mejor forma de vivir en sociedad. Obviamente, estas son cuestiones que deberían preocuparnos a todos.

El viaje involuntario de un suicida por afición – Einzlkind

Título: El viaje involuntario de un suicida por afición

Título original: Harold

Autor: Einzlkind

Año: 2010

Traductor: Javier Sánchez-Arjona Voser

Editorial: Siruela

Páginas: 235

 

Valoración: 7 /10

 

A Harold le gusta ahorcarse una vez al mes en la entrada del pequeño edificio en el que vive, afición un tanto excéntrica con la que ya ni siquiera logra captar la atención de sus vecinos. Por lo demás, su vida transcurre sin mayores sobresaltos: trabaja como dependiente en la carnicería de un supermercado, presta el apoyo mínimo en las partidas de bridge que Mrs. Cardigan organiza semanalmente con sus amigas, y el resto del tiempo intenta disfrutarlo viendo películas anteriores a los 80 o escuchando música clásica en su casa, a salvo de cualquier interacción social.

Harold ve perturbada esta apacible abulia existencial el día en que pierde su trabajo, y se ve arrastrado definitivamente a los peligros del mundo exterior cuando, esa misma tarde, su nueva vecina le pide… bueno, le hace saber que va a quedarse al cargo de su hijo durante una semana, mientras ella se ocupa de un asunto urgente en Francia. Teniendo en cuenta las pocas habilidades sociales de Harold, semejante encomienda habría supuesto un compromiso incómodo si se hubiera tratado de un niño corriente, pero tratándose de Melvin, la expresión “compromiso incómodo” sólo puede aceptarse como un eufemismo irónico.

Melvin tiene once años, y se presenta de esta forma ante Harold: «Soy un erudito. […] Un genio. Tengo memoria fotográfica. Pero, a diferencia de la mayoría de los eruditos, no soy autista. Puedo ir solo en autobús y tengo capacidad para la contemplación. Para la dialéctica, en definitiva, ¿me sigue? No obstante, tengo ligeros rasgos de autismo y preferiría evitar todo tipo de contacto corporal. Basta con que me trate con respeto a una distancia prudencial. Creo que así nos podremos llevar bien. Al fin y al cabo, sólo son siete días». Y Melvin ya ha planificado lo que van a hacer Harold y él durante esa semana: van a buscar a su padre (al de Melvin; Harold es huérfano) por toda Inglaterra y parte de Irlanda.

La historia de Melvin y la búsqueda de sus orígenes no han llegado a interesarme en ningún momento. Entiéndanme: me intereso por el viaje que emprende con el pobre Harold para encontrar a su padre, pero sólo en la medida en que le sirve al autor para involucrar a sus personajes en situaciones que, siendo delicadas para ellos, devienen en pasajes de deliciosa comicidad para el lector. No creo que la carga sentimental de la historia, suponiendo que la tenga, le interese ni siquiera al autor (prueba de ello es el regalo final); lo único que importa aquí es que la pareja Harold-Melvin funciona de maravilla a nivel cómico (y no deja de tener mérito conseguir que un personaje resulte entrañable sin necesidad de hacerle hablar).

Para potenciar esa comicidad, el autor ha optado por un estilo elevado con tendencia a la hipérbole, un recurso que utiliza de forma similar Eduardo Mendoza o, salvando las distancias (que son importantes para un admirador del gran Plum), Wodehouse. Pero esta elección tiene un pequeño inconveniente: las intervenciones de Melvin, que hace gala de un estilo igualmente refinado, no resultan todo lo chocantes que debieran tratándose de un niño de esa edad, por la falta de contraste con el resto de la narración. Pero esto no impide disfrutar de su elocuencia y de los numerosos problemas que le reporta a su compañero de viaje. Sólo la tercera parte, la que corresponde al segundo día que pasan juntos, desmerece del resto.

Pocas pegas se le pueden poner a la traducción. Si acaso cabe preguntarse por qué el traductor (y el editor, que también pinta algo en esto) ha decidido explicar con la única nota al pie del libro una de las referencias más sencillas y, en cambio, ha dejado correr otras más interesantes, como la que apunta al evangelio de Juan en la página 88. En cuanto a la partida de ajedrez (posiblemente uno de los pasajes más gozosamente absurdos del libro), no creo que hubiera motivo (quizá me equivoco y sí lo había) para mantener, en la notación de las jugadas, las letras inglesas para designar las piezas. También esto se puede traducir sin problemas: K (King) = R (Rey), Q (Queen) = D (Dama), B (Bishop) = A (Alfil), N (Knight) = C (Caballo) y R (Rook) = T (Torre), si no me equivoco. Pero bueno, esto es ponerse muy quisquilloso. La traducción debe de haber sido complicada, y, a juzgar por la fluidez del texto en español, Javier Sánchez-Arjona ha debido de hacer un muy buen trabajo.

Yo de ustedes leería unas pocas páginas elegidas al azar (algo recomendable antes de decidirse a comprar cualquier libro, por otra parte) para ver si el humor del tal Einzlkind es de su agrado, y, si lo es, únanse al viaje.

Finnie Walsh – Steven Galloway

Título: Finnie Walsh

Título original: Finnie Walsh

Autor: Steven Galloway (1975 – )

Año: 2000

Traductor: Manuel Manzano Gómez

Editorial: El Aleph

Páginas: 183

 

Valoración: 5 /10

 

La todavía tierna amistad entre Paul Woodward y Finnie Walsh queda marcada por un grave accidente laboral que deja al padre de Paul incapacitado para seguir trabajando. Los chavales, que entonces tienen siete años, se sienten responsables de lo sucedido, y ese peso condicionará sus vidas, especialmente la de Finnie.

Es esta una de esas historias en las que conocemos y seguimos al personaje principal a través de la mirada reverente de su mejor amigo. En este caso es Paul Woodward quien nos cuenta la historia de Finnie Walsh. Huérfano de madre, e hijo del hombre más rico de la ciudad, Finnie desprecia cualquier indicio de ostentación, y se pasa el día con la humilde familia de su amigo. De hecho, parece entender al padre y a las hermanas de Paul mucho mejor que el propio Paul.

La ópera prima de Steven Galloway, del que ya se publicó en España El violonchelista de Sarajevo, se sitúa a mitad camino entre las películas más familiares de Rob Reiner y las de equipos deportivos juveniles que suelen poner en televisión a media tarde: es ligera, amena y bienintencionada, lo que no está mal; pero también excesivamente blanda y hueca. Galloway dota a todos sus personajes de algún rasgo peculiar: Bob Woodward, a raíz del accidente, se convierte en un hombre excéntrico que se pasa las horas en el porche leyendo todos los números de la National Geographic desde la creación de la revista; Pal, su vecino, anda desesperado porque alguien le roba una y otra vez, durante años, el brazo ortopédico; Louise, la hermana mayor de Paul, se muestra introvertida y poco sociable con todo el mundo menos con Finnie; y Sarah, la menor, es una niña rara que tiene premoniciones y va a todas partes con un chaleco salvavidas porque cree que morirá ahogada. Pero esto no les da profundidad. Como mucho, le sirve a Galloway para trazar en el argumento algunos caminos secundarios que, en general, acaba resolviendo de un modo poco original.

En mi opinión, esta novela habría hecho mejor papel en una colección de literatura juvenil. Y conste que esto es lo menos negativo que he dicho hasta ahora. Hay libros estupendos en las colecciones juveniles (véase Hoyos, de Louis Sachar, p.ej.) pero eso no significa que convenga sacarlos de esa «sección». En primer lugar, porque los chavales no accederían tan fácilmente a ellos (aunque cabe la posibilidad de hacer dos ediciones distintas); y en segundo, porque cuando un adulto se anima a leer algo clasificado como «literatura juvenil», está predispuesto a aceptar ciertas cosas, y de ese modo es menos probable que se sienta decepcionado con un libro como Finnie Walsh.

Mi planta de naranja lima – José Mauro de Vasconcelos

Título: Mi planta de naranja lima

Título original: O Meu Pé de Laranja Lima

Autor: José Mauro de Vasconcelos (1920 – 1984)

Año: 1968

Traductor: Carlos Manzano

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 205

 

Valoración: 8 /10

 

Zezé tiene sólo cinco años, pero quienes le conocen están de acuerdo en que es un niño precoz. Entre otras cosas, ha aprendido a leer sin que nadie le enseñe. O eso dice, al menos. Por eso su familia decide meterlo en la escuela antes de lo habitual. Bueno, por eso y porque así se lo quitan de en medio unas cuantas horas al día. Y es que Zezé es un pillastre que va de travesura en travesura hurtando el cuerpo a las zapatillas y los cinturones de sus padres y sus hermanas. De hecho, recibe tantas zurras y le llaman tantas veces «diablo», que acaba por creer que en verdad es el diablo quien le guía y que, pensándolo bien, nadie le quiere.

A Zezé le gusta cantar por dentro y por fuera, imaginar que es uno de sus héroes favoritos y hablar con animales y plantas; tiene un amigo murciélago que se llama Luciano y un tío Edmundo que es su principal fuente de conocimiento. También tiene una caja de madera con la que sale a limpiar zapatos por la calle cuando necesita algo de dinero para sus cosas, porque en su familia no andan sobrados y, para colmo, su padre se ha quedado sin trabajo, de modo que su madre y sus hermanas mayores trabajan todas las horas que pueden para intentar salir adelante. Al final, se ven obligados a mudarse a otra casa que tiene un patio y, al fondo del patio, un arbolito de naranja lima con una sola rama.

Libros del Asteroide ha recuperado, remozándolo con una nueva traducción a cargo de Carlos Manzano, este clásico de la literatura brasileña en el que José Mauro de Vasconcelos rememora su infancia en el seno de una familia pobre y numerosa.

Suelo recelar de las historias narradas desde la perspectiva de un niño, porque casi siempre adolecen de una carga de ingenuidad exasperante en la voz narrativa; pero, afortunadamente, Vasconcelos evita este error, y si algo puede hacer peligrar la paciencia del lector (aunque conmigo no ha ocurrido), es el lirismo con el que guía a éste a través de las primeras venturas y, sobre todo, las primeras desventuras de su personaje. Un lirismo al que no renuncia ni siquiera en los pasajes más crudos de la segunda parte.

Mi planta de naranja lima es la historia de un niño inteligente y extremadamente sensible que encuentra el primer amor verdadero donde menos lo espera. Un libro tan tierno y bonito que sólo puede empalagarte o conquistarte (y quizá depende, como casi todo, del momento en el que te coja).

A mí me ha conquistado. Ya me dirán qué tal les ha ido a ustedes.

Cuerpo – Harry Crews

Título: Cuerpo

Título original: Body

Autor: Harry Crews (1935 – )

Año: 1990

Traductor: Javier Lucini

Editorial: Acuarela y Antonio Machado

Páginas: 340

 

Valoración: 5 /10

 

Los caminos de Dorothy Turnipseed (una chica de Waycross, Georgia, que desea alejarse de Waycross, Georgia) y Russell «Músculo» Morgan (un culturista retirado de la competición que se dedica a preparar a otros) se encuentran el día que ella entra buscando trabajo en el gimnasio que él regenta, «El Emporio del Dolor». Russell la contrata sin prestarle demasiada atención, pero al cabo de unos días la saca de la oficina y la pone a entrenar con los demás porque considera que tiene una estructura ósea excelente: «Huesos como los tuyos aparecen una vez cada década, más o menos», le dice. «¿Quieres llegar a ser una campeona mundial? ¿Una auténtica campeona?».

Dos años después (momento en el que se sitúa el inicio de la novela; no crean que les he destripado nada), Dorothy, que ahora se hace llamar Shereel Dupont, y Russell están alojados en el hotel Blue Flamingo de Miami Beach, donde va a tener lugar el certamen para elegir a la nueva Miss Cosmos. Shereel es una de las dos grandes favoritas para hacerse con el título y Russell va a encargarse de que todo vaya como la seda en las horas previas al gran momento. Pero ninguno de los dos cuenta con la familia de Dorothy. «Un puto batallón de Turnipseed» irrumpe en el Blue Flamingo como salido de otro mundo (del sur de Georgia, concretamente), y Russell va a tener que hacer malabarismos para evitar que dos años de esfuerzo se vayan al traste en pocas horas.

He empezado diciendo que el camino de Dorothy se encontró con el de Russell, pero sería más correcto decir que se unieron para regalarse el uno al otro algo por lo que luchar; uno de eso objetivos que le dan sentido a toda una vida. Porque se entiende que lograr el título de Miss Cosmos sería un momento cumbre tanto en la vida de Shereel como en la de Russell.

Todo este asunto de tener un objetivo (el que sea) en la vida está muy bien, pero lo más interesante de Cuerpo es que hasta la página 130, más o menos, disfrutamos de una comedia ágil y bastante entretenida, con buenos diálogos y una especie extraña (los Turnipseed) causando estragos en un hábitat que no comprenden (el Blue Flamingo y el mundo del culturismo), con las situaciones hilarantes que esto conlleva. Es una lástima que, a partir de ahí, la narración se empantane en un par de capítulos protagonizados por Earline (hermana de Dorothy) y Bill Bateman (uno de los competidores); dos capítulos excesivamente largos y de un erotismo tosco (acorde con los protagonistas, claro está) que a algunos les parecerán muy originales; a mí me han aburrido y creo que ralentizan la historia, hasta el punto de que ya no vuelve a recuperar el ritmo del principio. Una lástima, insisto.

Pánico al amanecer – Kenneth Cook

Título: Pánico al amanecer

Título original: Wake in Fright

Autor: Kenneth Cook (1929-1987)

Año: 1961

Traductor: Pedro Donoso Aranguiz

Editorial: Seix Barral

Páginas: 188

 

Valoración: 8 /10

 

John Grant es un joven profesor que se ha visto obligado a pasar un año dando clase en la escuela de Tiboonda, una pequeña población perdida en la Australia profunda. El curso por fin ha terminado y Grant se dispone a pasar seis semanas de vacaciones en las playas de Sidney; pero antes tendrá que hacer una parada en Bundanyabba, otra población calcinada por el sol y cubierta de polvo como Tiboonda, solo que más grande. Grant tiene previsto pasar una sola noche allí antes de continuar el viaje, pero… en fin, la cosa se tuerce un poco.

La historia de Pánico al amanecer es la historia de una lección de Dios. Pero no necesito que sea usted creyente, solo que esté de acuerdo conmigo en que el Dios del mundo ficticio en el que se desarrolla la historia ficticia de una novela, es el autor de dicha novela. Digámoslo de otra forma, pues: Kenneth Cook le da aquí una dura lección a su personaje, John Grant. En las primeras páginas, encontramos a un Grant con actitud soberbia y despectiva hacia Tiboonda y sus habitantes. En las últimas, en cambio (me temo que aquí voy a destripar el libro. Están a tiempo de saltar este párrafo), lo vemos regresando a ese mismo lugar (tras haber pasado por su autodestrucción y posterior salvación) con una actitud completamente distinta; casi mística; apreciando el encanto y la belleza de las cosas más pequeñas; disfrutando de cada segundo, pese a dirigirse de nuevo al lugar que tanto detestaba unas semanas antes.

Me ha gustado especialmente el violento pasaje de los canguros. Y cómo Cook logra que el lector perciba una amenaza latente en los habitantes de Bundanyabba pese a presentarlos en todo momento como personas extremadamente amables, que solo pueden llegar a enfadarse si no dejas que te inviten a un trago (el autor nos describe con humor esta peculiaridad en un párrafo que volvió a utilizar, casi calcado, en un relato de El koala asesino). De hecho, es posible que a algún lector le parezca inexplicable que John Grant no encuentre una salida a su situación entre tanta gente dispuesta a ayudarle. Quizá este punto esté un poco forzado, pero el propio Grant hace balance cuando ya ha tocado fondo, y admite que nada de lo que le ha sucedido era inevitable.

¿Estamos ante un clásico? Para mí, no hay duda: Sí. Se trata de una narración breve, solo grano; la tensión va en aumento hasta que estalla a pocas páginas del final; y, lo más importante, es una historia que no puede perder fuerza con el tiempo porque habla de cosas inherentes al ser humano, como todas las grandes obras.

Creo que la intención de Cook con Pánico al amanecer fue escribir una angustiosa y violenta celebración de la vida. En mi opinión, lo consiguió.

En el condado de Grouse – Tom Drury

Título: En el condado de Grouse

Título original: The End of Vandalism

Autor: Tom Drury (1956-)

Año: 1994

Traductor: Javier Ortiz García

Editorial: 451

Páginas: 385

 

Valoración: 6 /10

 

La editorial 451 publicó en 2009 La región inmóvil (The Driftless Area, 2006), que sigue siendo la novela más reciente del escritor norteamericano Tom Drury. No la he leído, porque en su momento no me atrajo lo suficiente, y no sé qué acogida tuvo esa apuesta por un autor completamente desconocido en España, pero la editorial ha decidido seguir con su obra, y ha elegido esta vez la novela con la que Drury debutó en 1994: En el condado de Grouse.

La contraportada habla de «novela coral» y de un «triángulo» formado por los tres personajes principales. Tenemos un territorio ficticio del Medio Oeste y un puñado de habitantes, con más o menos peso en la historia, que orbitan en torno al sheriff Dan Norman, un tipo extremadamente pausado, diplomático y no demasiado celoso en su trabajo. Los otros dos vértices del supuesto triángulo (que, en mi opinión, acaba diluyéndose demasiado para destacarlo como tal) son: Louise, una chica que a las pocas páginas empieza una relación con el sheriff; y Tiny, la anterior pareja de Louise, un delincuente de quien el lector espera problemas o algún tipo de reacción violenta, pero que no pasa de ser otro habitante dando tumbos mientras intenta encontrar su sitio.

Tom Drury narra con un estilo muy habitual en el relato corto americano; un estilo que lo deja todo en manos de los diálogos y de la narración atenta pero superficial (intencionadamente superficial, quiero decir) de escenas en las que, al menos en apariencia, ocurre poco o nada relevante; un estilo que, ya lo he comentado alguna vez en este blog, si se maneja bien, puede dar resultados excelentes. Y Drury tiene buena mano: los diálogos están muy logrados y son amenos, sin demorarse en gestos, y la narración tiene un deje melancólico, casi triste, que me gusta. Además, el lector se encuentra con inesperados toques de humor; un humor fino, excelente.

El problema es que ese estilo funciona muy bien en relatos cortos, donde suele ser mucho más importante sugerir que decir, pero no da tan buenos resultados con una novela larga. Parece que Drury haya querido contar una historia de casi 400 páginas mediante relatos de 20 o 30, pero la fórmula se agota y, desde luego, no funciona en pasajes como el del hospital, que abarca más de un capítulo y es, sin duda, lo más aburrido del libro. Aunque también es cierto que en este pasaje no sólo hay un problema de estilo: en mi opinión, Drury no logra manejar adecuadamente la única situación dramática, y acaba alargándola más de la cuenta y cayendo en la sensiblería.

Creo que este libro habría ganado mucho perdiendo cien páginas (o más, incluso), pero la sensación que me deja es lo suficientemente buena para seguir interesándome por el autor.

Una temporada para silbar – Ivan Doig

Título: Una temporada para silbar

Título original: The Whistling Season

Autor: Ivan Doig (1939-)

Año: 2006

Traductor: Juan Tafur

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 349

 

Valoración: 7 /10

 

Estamos en 1957. La Unión Soviética acaba de poner en órbita el Sputnik y el gobierno de EE.UU. considera necesaria una gran inversión en el programa espacial americano para no quedarse rezagados. Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, ha sido elegido para comunicar a los maestros y a las juntas escolares de todas las escuelas unitarias de Montana que están entre los afectados por los recortes implícitos en esa gran inversión: esto es, deben echar el cierre. El encargo es especialmente enojoso para Paul porque él mismo estudió en una de esas escuelas. De hecho, lo encontramos recorriendo la casa donde se crió, en un paseo nostálgico que lo devuelve (y a nosotros con él) al otoño de 1909. Más concretamente, al día en que el padre de Paul, sentado con sus tres hijos a la mesa de la cocina, decidió contratar a una ama de llaves que pusiera algo de orden en esa casa un año después de haber perdido a la señora Milliron.

Lo que sigue es una historia de corte clásico; literatura que yo llamaría «de valores», en la línea de obras como Matar a un ruiseñor o, volviendo sobre esta misma editorial (que gusta de estas novelas, ¿y quién no?), como Adiós, hasta mañana, Me voy con vosotros para siempre, Cuatro hermanas y El río de la vida. Por eso sorprende que esta novela sea de 2006; que un autor norteamericano haya escrito esta historia tan amable en una época en la que vende mucho más la malicia, la sordidez y la obscenidad (al margen de la menor o mayor calidad de las obras). Claro que la fotografía de la solapa ayuda a entenderlo mejor. Me resulta fácil imaginar a ese barbas de aspecto entrañable viviendo en una cabaña aislada por la naturaleza; gastando la mayor parte del tiempo junto a un río, con una pipa entre los dientes y una caña de pescar en las manos; hurtándose a los nuevos tiempos.

Para ser justos, la novela de Doig quizá iguale e incluso supere a la de Chappell, pero se queda uno o dos escalones por debajo de las otras que he citado. Pero es que esas otras son palabras mayores, y bastante mérito tiene ya evocarlas. En todo caso, y pese a unos cuantos giros no demasiado brillantes hacia el final, Ivan Doig ha creado una historia y unos personajes de los que perduran en la memoria más tiempo del que suele ser habitual.

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

El koala asesino – Kenneth Cook

Título: El koala asesino

Título original: The Killer Koala

Autor: Kenneth Cook (1929 – 1987)

Año: 1986

Traductor: Federico Corriente Basús

Ilustraciones: Güido Sender Montes

Editorial: Sajalín

Páginas: 215

 

Valoración: 6 /10

 

A la espera de que Seix Barral publique este mismo mes Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), la obra más importante de Kenneth Cook, sirva de aperitivo esta pequeña colección de anécdotas que el autor decidió poner por escrito, aun a riesgo de que nadie las creyera, después de sus muchos viajes por los parajes más apartados de Australia.

El koala asesino (primer volumen de una serie que completan Wombat Revenge y Frill-necked Frenzy) es un libro ligero y ameno; para disfrutar, a ser posible, en un lugar que el lector relacione con el descanso. (Yo lo leí a ratos sueltos durante la Semana Santa). Una de esas lecturas que, al menos para mí, son necesarias de vez en cuando.

Asumida su condición de alegre entretenimiento sin pretensiones, el mayor pero de esta colección es que casi todos los relatos siguen un trazado idéntico:
 

  1. El autor tiene un amigo o conoce a alguien que está especializado en, o íntimamente relacionado con, alguna clase de animal: serpiente, cocodrilo, koala, camello, etc.
  2. Este conocido (un personaje, por lo general, peculiar y temerario) lo pondrá en contacto con el animal en cuestión. En la mayoría de las ocasiones, además, se tratará de un número de ejemplares ligeramente mayor de lo que el autor habría deseado.
  3. Este “contacto” resultará accidentado e hilarante, y acabará con el señor Cook milagrosamente ileso y arrepentido de haberse juntado una vez más con alguien que, a todas luces, está completamente loco.

En este esquema que, como digo, repiten con cierta monotonía la mayoría de relatos, también debería incluir, para ser justo, un primer párrafo que anticipa en pocas líneas lo que va a suceder de un modo realmente atractivo. Buenos ejemplos de ello son, además del párrafo que puede leerse en la contraportada o en la página de la editorial, estos tres arranques:

«Vic, el Hombre Serpiente, seguramente es el único hombre que jamás haya sobrevivido a los ataques sucesivos de una pitón y un taipán». (p. 71)

«Creo que puedo decir sin temor a equivocarme que soy el único escritor australiano que jamás le haya dado un enema a un elefante, y hasta podría ser el único escritor del mundo que lo haya hecho». (p. 81)

«A lo largo de mi vida he adoptado a varios perros callejeros, pero solo uno de ellos intentó matarme deliberadamente. Para ser justos, puede que no lo hiciera de forma deliberada; puede que estuviera trastornado. Pero eso no nos consoló demasiado a mí y a la media docena de otros hombres cuyas vidas puso en peligro». (p. 165)

¿Quién no seguiría leyendo?