novedades 2011

Sobre la felicidad a ultranza – Ugo Cornia

Título: Sobre la felicidad a ultranza

Título original: Sulla felicità a oltranza

Autor: Ugo Cornia (1965-)

Año: 1999

Traductor: Francisco de Julio Carrobles

Editorial: Periférica

Páginas: 174

 

Valoración: 4 /10

 

Este libro ha sido un error. Un error mío, quiero decir.

Valiéndome de la información que me proporcionan la portada, la contraportada, la nota biográfica, lo que sé de la editorial (Gordon Lish y poco más, en este caso) y una lectura rápida de las primeras páginas, procuro determinar qué libros encajarán mejor en mi biblioteca (algo que, imagino, hace todo el mundo antes de gastarse el dinero en una librería). Pero con este me han fallado todas las alarmas.

La portada, empecemos por ahí, es atractiva y engañosa: La imagen de una familia americana (no es necesario percatarse del detalle, pero en el molinillo que sostiene la niña pueden distinguirse las barras y estrellas) que invita a pensar en barrios residenciales idílicos que no lo son tanto de puertas adentro. Esto, a su vez, me hace pensar en Cheever, en Carver, en Yates, en Wilson… y el libro logra captar mi atención. Una vez en mis manos, compruebo que se trata de una novela italiana, pero el primer control ya ha sido burlado.

En la contraportada, los editores admiten que es difícil hablar de Sobre la felicidad a ultranza,  y todavía no me explico por qué no volví a dejar el libro en su sitio inmediatamente (Es lo que suelo hacer cuando leo este tipo de cosas). Debía de andar muy distraído ese día, porque en la lectura superficial dejé correr este arranque de capítulo: «Seguramente, y sin que exista la menor sombra de duda, yo nunca estuve preparado para la desaparición de mis seres queridos». (p. 19)

Lo primero que debería saber quien esté pensando en comprar esta novela, por si compartiera mis gustos, es que se trata de una de esas narraciones (aunque de narración tiene bastante poco) que sobrevuelan la historia sin llegar a detenerse en ningún momento concreto (Cornia únicamente se demora en la parte trasera del coche en el que el protagonista pierde la virginidad). En estos casos, el resultado suele ser una sucesión de ocurrencias y frases supuestamente ingeniosas. Lo que algunos llaman una «paja mental». El escritor tiene que ser un verdadero genio para que valga la pena (y no es el caso). Por eso prefiero las narraciones que tocan tierra casi todo el tiempo; las que, por decirlo de alguna forma, “se ensucian”. Me gusta que las historias se construyan, principalmente, con diálogos, gestos, silencios y descripciones no demasiado pesadas; y, a poder ser, en lugares concretos: bares, cocinas, cunetas, parroquias, puticlubs… Para cerrar el libro con la sensación de haber estado «allí». En el caso de Sobre la felicidad a ultranza, ¿dónde he estado? ¿En la cabeza de Ugo Cornia? Pues no ha resultado muy estimulante.

Para más inri, el estilo es simplón y, por momentos, muy repetitivo. Algo que puede ser premeditado o no, pero no por eso deja de ser pobre, y en ningún caso debería generar horrores como este: «Sólo por el hecho de que mi madre, por lo visto, estaba muerta, de repente la muerte de mi madre le sirvió a más de uno para quitarle peso a un determinado comportamiento mío». (p. 45)

Otras cosas que pueden leerse en la contraportada:

«La felicidad que causa su lectura debe de parecerse al alivio terrenal de las personas de fe…». Ahí es nada. Me temo que «la felicidad que causa su lectura» debe de parecerse más a la que sienten algunos lectores de Bucay. Una sensación pasajera (¿dos, tres horas?) de saber vivir mejor. Quiero pensar que «el alivio terrenal de las personas de fe» es bastante más sólido.

«Si el Woody Allen más optimista hubiera sido italiano, habría escrito novelas como esta». Il corriere de la Sera. Definitivamente: no. Habrían sido mucho más divertidas. O, simplemente, divertidas.

«Entusiasta canto a la vida (…) sin cinismo alguno, sin mirar por encima del hombro al género humano». ¿Seguro? Será por la poca simpatía que me despierta el narrador (¿es el mismo Cornia o no?), pero a veces me ha parecido notar cierto resentimiento detrás de ese discurso “buenrollista”. ¿Cabe la posibilidad de que este libro no sea más que una sonrisa falsa; un «¿por qué coño me pasa todo esto a mí?» disfrazado de «¡mirad qué feliz soy pese a todo!»? Claro que igual le estoy atribuyendo al autor un mérito que no se merece. Sea como sea, no me interesa. Fallo mío, insisto.

Knockemstiff – Donald Ray Pollock

Título: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff

Autor: Donald Ray Pollock (1954 -)

Año: 2008

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 300

 

Valoración: 6 /10

 

En El ángel exterminador, la célebre película de Luis Buñuel, un grupo de burgueses acaba atrapado varios días en un salón del que, aparentemente, nada les impide salir. Algo similar ocurre en el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, un albañal en el que la voluntad de la gente parece haber sido captada por alguna fuerza oculta, condenándolos a pasar allí (sobrellevar, más bien) el resto de sus días. Y si alguien logra marcharse, es para meterse en un marrón mayor todavía (véase «El destino del pelo»).

Me he referido al lugar en el que están ambientados estos relatos como «el Knockemstiff de Donald Ray Pollock» porque dudo mucho que el Knockemstiff real, donde, según la nota biográfica, el autor nació y creció, tenga mucho que ver con el ficticio; y creo a Pollock cuando, en los agradecimientos, dice: «A pesar de que los relatos de este libro fueron inspirados por un lugar real, todos los personajes que aparecen son ficticios», por mucho que a continuación suene algo obligado: «Yo crecí en la hondonada, y mi familia y nuestros vecinos eran buena gente que nunca dudó en ayudar a nadie en caso de necesidad».

Por supuesto que hay personas tan desgraciadas como los personajes de este libro (y mucho más también), pero juntarlos a todos en el mismo pueblo (no sólo en el mismo pueblo: en una agrupación de casas ruinosas cerca de este) es algo que desafía al lector más crédulo. Por eso me gustaría saber en qué lugares piensa Kiko Amat cuando dice, en el prólogo, que este Knockemstiff podría estar «en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán». Más que nada para evitar parar a comer allí en próximos viajes (sobre todo si vienen críos).

Vaya por delante que en esta colección no hay un solo cuento malo. De hecho, hay algunos brillantes, y, en general, cualquiera de ellos, leído por separado, impactará al lector y le dejará un regusto a buena literatura. El problema viene cuando se juntan los dieciocho, formando un bloque sin respiraderos.

Porque, si todavía no lo ha leído en ningún sitio, sepa que estos cuentos son «violentos», «brutales», «terribles», «una parada de monstruos»; retratan a «basura blanca», «paletos perturbados», «violadores», «drogadictos»… Alguno de ellos acumula por sí solo tanta miseria, tanta desgracia, tanto cenizo, que me ha resultado imposible disfrutarlo porque se notaba en exceso la mano del autor ennegreciéndolo todo más de la cuenta.

En la portada del ejemplar que tengo de La fábrica de las avispas, se lee: «No apto para todos los públicos». Es de 1999. Recuerdo que me dio un poco de vergüenza comprarlo. El tipo que me cobró sintió curiosidad y se tomó un momento para leer la contraportada. Después me miró extrañado. Estuve a punto de enseñarle el carné de identidad. Quizá este libro debería llevar también esta advertencia, pero hoy en día (son sólo doce años, en realidad; pero qué años) si un chaval de, pongamos, quince se encontrase con una advertencia semejante en la portada de un libro, se descojonaría de la risa. Por eso no creo que Donald Ray Pollock haya sido tan ingenuo como para pretender escandalizar a nadie con la crudeza de estos relatos, pero sí parece que haya intentado encontrar un terreno propio extremando sus historias.

Yo me quedo con ese pobre infeliz posando para una foto junto al letrero de «Knockemstiff» y junto a la chica de la que está enamorado, mientras aguanta estoicamente el humillante aluvión de pullas que le lanzan la chica en cuestión y el chulo con el que se marcha para no volver (¿para no volver? ¿Es que acaso van a conseguir salir?). Posiblemente es el relato más light de todos, pero me gusta el triste patetismo de esa escena final y la tensión creciente que genera el encuentro entre dos mundos distintos: el de los toscos lugareños y el de esos dos turistas tocapelotas que se empeñan en fotografiarlos como si fueran atracciones de feria.

En definitiva, buen libro. Pero alguna pincelada de color de vez en cuando; algún golpe de suerte; un solo momento positivo en estas historias tan negras, le habrían dado algo de relieve; un contraste beneficioso; una rendija por la que respirar, vaya.

A lo que no se le puede poner pegas es a la cuidada edición: desde la traducción de Javier Calvo, hasta el curioso mapa ilustrado que, si uno estira sin miedo de la página adecuada, acaba por desplegarse. Pasando, cómo no, por la elección acertada de esa vista satélite para la cubierta; inquietante incluso antes de saber lo que nos espera.

A merced de la tempestad – Robertson Davies

Título: A merced de la tempestad

Título original: Tempest-Tost

Autor: Robertson Davies (1913 – 1995)

Año: 1951

Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 339

 

Valoración: 7 /10

 

Hector Mackilwraith, el personaje con más peso en esta novela coral, es un profesor de matemáticas respetado por todos (incluso por sus alumnos) que ha hecho de la planificación y el sentido común las guías de su vida. A los cuarenta años, y coincidiendo con la proposición de un ascenso al cuadro de examinadores del sistema provincial, más la perspectiva de un puesto en la Delegación Provincial de Educación («¡el paraíso musulmán de los maestros ambiciosos!»), el señor Mackilwraith se replantea su situación y decide que, si bien en lo laboral está logrando todo lo que quería, quizá ha descuidado un poco el aspecto social de su vida, de modo que difiere la decisión de aceptar el cargo y se las arregla para conseguir un pequeño papel en la obra de teatro que van a representar los aficionados del Teatro Joven de Salterton, del que es tesorero.

En esta obra también participa Griselda, la hija mayor del acaudalado George Alexander Webster (que se ve obligado a ceder su preciado jardín al grupo de aficionados), una joven atractiva de dieciocho años cortejada por varios jóvenes y que, como no podía ser de otra manera, se convertirá enseguida en el objeto de adoración de Hector. El problema es que éste, pese a tener muchos más años que los otros pretendientes, es también mucho más ingenuo e inexperto en esas lides y, en consecuencia, sufrirá más que ellos.

Si alguno de ustedes no cuenta con la garantía de haber leído anteriormente a Robertson Davies, y siente reparos (o, directamente, pánico, como yo) hacia las obras narrativas (ya sean cinematográficas o literarias) que giran en torno a otro arte, no debería alarmarse al leer la contraportada de este libro y ver que trata de un grupo de aficionados al teatro que se proponen representar La tempestad, pues esto no es más que un pretexto para juntar a un puñado muy variado de personajes en un ambiente bien conocido por el autor. La representación ocupa apenas unos pocos párrafos al final, así que no hay de qué preocuparse.

Davies debutó en la novela con esta obra, primera parte de lo que acabó siendo la Trilogía de Salterton, y lo hizo con mano firme. Claro que no era ningún jovencito bisoño. Tenía 38 años, experiencia de sobra como escritor en otros ámbitos (teatro, crítica, ensayo) y, para qué engañarnos, muchísimo talento. Además tuvo la prudencia de no acometer una obra ambiciosa. Decidió debutar con una comedia elegante y ligera. Una historia sencilla sobre un hombrecito vestido de gris que decide poner algo de color en su vida.

Desde que lo editó Libros del Asteroide, una de mis recomendaciones preferidas es El quinto en discordia. Fue lo primero que leí de Robertson Davies y uno de los libros más redondos que han aparecido por aquí en los últimos años. La historia de A merced de la tempestad no tiene el mismo nivel, pero leer a Davies es siempre un placer, porque su prosa alcanza un equilibrio casi milagroso entre riqueza y fluidez. Mejor dicho: la fluidez, en este caso, es fruto precisamente de la riqueza de la prosa y del talento de Davies para administrarla. Con el canadiense no cabe hablar de frases cortas o frases largas; cada una de sus frases tiene la medida y la cadencia necesarias para no llamar la atención.