El diablo a todas horas - Donald Ray Pollock

Título: El diablo a todas horas

Título original: The Devil All the Time

Autor: Donald Ray Pollock (Ohio, 1954)

Año: 2011

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 371

 

Valoración: 8 /10

 

En la reseña que escribí de Knockemstiff, el primer libro de Donald Ray Pollock, lamentaba el tono excesivamente negro que el autor imprimía en todos los relatos; un regodeo en lo macabro y en la podredumbre que, en mi opinión, asfixiaba sus historias. En El diablo a todas horas comprobamos que Pollock sigue interesado en mostrar la miseria humana, solo que esta vez ha puesto cuidado en dejar entrar algo de luz. Bien es cierto que esa luz ilumina escenas de violencia extrema, pero son escenas mucho más cuidadas estéticamente que en la obra anterior y en las que el horror, aunque sigue predominando, no se percibe como provocación gratuita: sirvan como ejemplos el pasaje en el que un predicador en horas bajas decide matar a su mujer sólo para demostrar que es capaz de resucitarla inmediatamente después (un pasaje que resulta tierno, incluso), o algunos de los que tienen lugar en «el tronco de rezar» (posiblemente el primer gran icono en la obra del norteamericano).

Esa «luz» nueva me parece el mayor avance de Pollock en su segundo libro. El resto de virtudes ya las conoce cualquiera que haya leído el primero: una prosa consistente y un estilo directo (pero no por ello seco) que no baja el nivel en ninguna página. Con todo, a Pollock se le va la mano un par de veces: con el personaje de Preston Teagardin, excesivamente ridiculizado, y con una conversación entre políticos republicanos de trazos tan gruesos que te hace torcer el gesto.

Las nueve partes en que está dividida la historia corresponden a fragmentos intercalados de tres relatos largos que se buscan durante todo el libro. El más importante, y el que más he disfrutado, está protagonizado por Arvin Russell, un personaje que marca otra de las grandes diferencias entre los dos libros del autor porque supone un asidero moral que se nos escatimaba en el primero; alguien con quien el lector puede simpatizar, lo que siempre se agradece. La primera parte, Sacrificio, tiene por sí sola entidad suficiente para considerarla lo mejor de Pollock hasta ahora. El relato de Theodore y Roy, por otro lado, me ha gustado, pero la verdad es que se pierde entre los otros dos. Y en las cacerías de Carl y Sandy, aunque resultan atractivas, no aprecio en igual medida ese avance que he comentado en el párrafo anterior.

En esta ocasión, parte de la narración transcurre en Coal Creek, donde quizá se respira un poco mejor (tampoco mucho, no crean), pero la historia muere en Knockemstiff, como no podía ser de otra forma, tras una especie de recorrido circular en el que Arvin atraviesa un paisaje que va derrumbándose a su paso y lo lleva de vuelta a esa hondonada sin Dios de la que partió y donde (salte al siguiente párrafo si no quiere pistas) parece que todo ha terminado para él. Pero entonces Pollock, como si quisiera demostrarnos que definitivamente ha decidido dejar entrar una rendija de luz en sus historias, baja el arma. La entierra, incluso.

Aunque me gusta ese cierre, me temo que Pollock no logra enlazar los tres relatos de un modo lo suficientemente satisfactorio para que quede justificada la estructura que ha elegido. Es una lástima, porque estaba disfrutando tanto con la lectura que, a cincuenta páginas de terminar, en lo único que podía pensar es en que Pollock se hubiera reservado algo realmente grande para el final; algo que hiciese encajar las piezas a la perfección. Con esto no quiero decir que el último tramo del libro sea decepcionante, ni mucho menos; sólo que no es la apoteosis con la que me había hecho soñar lo anterior.

En cualquier caso, si en Knockemstiff, pese a sus desequilibrios y excesos, encontré motivos suficientes para esperar con ganas el siguiente trabajo del autor, El diablo a todas horas sube el listón y aumenta las expectativas de cara a un tercer libro en el que espero que Pollock logre cuadrarlo todo a la perfección y entregue una obra magistral. De momento tenemos una buena colección de relatos (Knockemstiff) y una novela excelente (El diablo a todas horas). Para ir tirando, no está mal.