El arte de la defensa - Chad Harbach

Título: El arte de la defensa

Título original: The Art of Fielding

Autor: Chad Harbach

Año: 2011

Traductora: Isabel Ferrer

Editorial: Salamandra

Páginas: 540

 

Valoración: 6 /10

 

Me atraen las novelas de campus. Y si se trata de campus norteamericanos, como suele ser el caso, mucho mejor. De hecho, me atrae casi cualquier historia (ya esté contada a través del cine o a través de la literatura) ambientada en Estados Unidos y en la que aparezcan unos jardines de universidad o al menos una calle flanqueada por árboles y por los jardines delanteros de casas unifamiliares. Es una debilidad confesable que tengo. El problema es que estas historias suelen estar protagonizadas por profesores de literatura con tribulaciones que no me interesan demasiado o por estudiantes drogadictos cuyo vacío existencial me interesa menos todavía.

Teniendo en cuenta lo anterior, supongo que se entiende mi interés por una novela que entra en la categoría «de campus» y que está protagonizada por estudiantes más interesados en el deporte que en las drogas. No he jugado nunca a béisbol y, aun después de leer este libro, no sabría decir qué reglas rigen el desarrollo de uno de esos largos partidos, pero es un deporte que me resulta simpático. Por si esto fuera poco, El arte de la defensa supone el debut literario de su autor, Chad Harbach (un detalle que suma, en mi caso); debut por el que recibió, al parecer, un anticipo millonario y que llega hasta nosotros avalado por escritores de la talla de Jonathan Franzen, Jay McInerney o John Irving (con talla me refiero a popularidad y reconocimiento de la crítica especializada; lo demás es opinable).

El personaje principal en esta primera novela de Chad Harbach es Henry Skrimshander, un joven de familia humilde, enclenque y con un talento extraordinario para el béisbol que está a punto de abandonar la práctica de este deporte y su sueño de llegar a ser un jugador profesional en beneficio de un trabajo gris con el que ganarse la vida que le resta entre los campos de maíz de Lankton, en Dakota del Sur, cuando Mike Schwartz se acerca a hablar con él y le abre las puertas de una pequeña universidad del medio oeste cuyo equipo de béisbol no consigue salir de la mediocridad. A este prometedor comienzo le siguen ochenta o noventa páginas ligeras y luminosas durante las cuales Henry, con la ayuda de Mike, va fortaleciendo su cuerpo y puliendo su talento como parador en corto hasta convertirse en carne de draft codiciada por los representantes más destacados del país.

Pero justo cuando el cielo del béisbol está llamando a las puertas del Westish College para llevarse a Henry, éste comete un error que cambiará la vida de todos los personajes de la novela. De hecho, ese error supone un punto de inflexión no sólo en el devenir de la historia sino también en el tono de la narración, el tratamiento de los personajes y, a mi modo de ver, en el placer que proporciona la lectura. Es cierto que hasta ese momento reinaba la intrascendencia y que el libro navegaba, por decirlo de alguna forma, en aguas demasiado tranquilas para un lector inquieto. Pero la verdad es que yo estaba a gusto en él. Me recogía por las noches con ganas de pasar un rato en el Westish College, yendo y viniendo de la residencia de estudiantes al centro deportivo, paseando por sus jardines sin mayores preocupaciones y bateando en el diamante. La vida le sonreía a Henry y, en cuanto lector que habita un personaje de ficción para vivir una experiencia que ha quedado fuera de su alcance en la realidad, también me sonreía a mí. Aunque echaba en falta, eso sí, alguna presencia femenina que pusiera algo de color entre tanto personaje masculino.

«Con lo bien que estábamos» es lo que empecé a repetirme una y otra vez cuando, superadas las cien páginas, las cosas se tuercen para casi todos: para Henry, para Mike y también para el lector, pues la bola perdida da paso a una segunda parte mucho más gris: más variada en cuanto a personajes (aparece por allí la hija pródiga del rector y se le da voz a algunos secundarios) y también más profunda, pero a la larga, menos satisfactoria. Si tuviera que dar una explicación a este cambio, diría que el autor ha querido alejarse de la ligereza del bestseller para intentar colocar su libro bajo la etiqueta «literary fiction», que es la que se utiliza en Estados Unidos para clasificar los trabajos literarios «serios». Se trata sólo de una suposición pero, si fuera el caso, Harbach se habría equivocado de medio a medio, porque la diferencia entre literatura ligera o de masas (llámenla como quieran) y literatura seria (a esta llámenla también como quieran) no la determina, a mi modo de ver (esto daría para un agradable debate), la pesadez de la narración ni la cantidad de fantasmas personales con la que cargan los personajes, sino la sutileza. Si por algo se caracterizan los libros del primer tipo es por la escasa sutileza con que ahondan en el alma de sus protagonistas y lo masticada que le dan la historia al lector, mientras que los libros del segundo grupo (como ya he comentado en alguna otra reseña) tienden a darle al lector sólo lo justo, no por tacañería, sino por respeto a su inteligencia. Aunque, pensándolo mejor, no es apropiado que yo trate aquí de establecer las diferencias entre una supuesta literatura ligera y otra seria; mejor me atengo a lo que diferencia a los libros que me gustan de los que no me gustan tanto. El arte de la defensa se ha quedado a medio camino entre unos y otros. El final, mejor olvidarlo.