Relato

Cinco microrrelatos de Dan Rhodes

El libro del que he tomado los textos originales, Anthropology, es una colección de 101 microrrelatos y cada uno de ellos tiene exactamente 101 palabras. No he respetado esa condición en la traducción porque supone más trabajo y esto lo hago por amor al arte, pero me parece importante mencionarlo porque podría explicar, al menos en parte, el estilo seco y algo telegráfico. En Cásate conmigo, que es una especie de secuela de Anthropology publicada trece años después, el propio Rhodes renuncia a esa limitación y, pese a tratarse de relatos con una extensión similar, se nota un cambio en la elaboración de las frases. Pero esa colección ya está traducida y publicada en España, así que no me servía.

 

Club

 

Lulula hizo buenas migas con las parejas de mis amigos y formaron lo que ellas mismas llamaban «El Club de Novias». Se reunían cada cierto tiempo y se divertían. Nosotros estábamos encantados de que se lo pasasen tan bien, pero sentíamos curiosidad por saber lo que hacían en esas reuniones. No querían decírnoslo. Entonces una de ellas confesó en sueños que se pasaban esas tardes riéndose y viendo fotos de hombres guapos y elegantes. Nos dolió tanto que les rogamos que disolvieran el grupo, pero no lo hicieron. Ahora, cada vez que se juntan, nos juntamos nosotros también y nos dedicamos a mirar fotos de nuestras preciosas novias, en silencio y con los ojos llenos de lágrimas.

 

Llanto

 

Mi novia me dejó y empecé a llorar en sueños. Mis lamentos nocturnos alcanzaron tal volumen que los vecinos llamaron a la policía. La prensa se hizo eco del asunto y empezó a aparecer gente delante de mi casa para oírme gritar su nombre entre sollozos. Llegaron equipos de televisión y no tardaron en organizarse para localizar al objeto de mi aflicción. La encontraron en casa de su nueva pareja. Seguí la cobertura por televisión. La gente decía que se habían imaginado a alguien con mucho más atractivo; que debería recomponerme y dejar de llorar por una chica tan normalita.

 

Pelusa

 

Xanthe me dejó. Descubrí su nueva dirección y le devolví la tetera que se había olvidado. Al día siguiente le llevé un libro que me había prestado. Encontré una caja de horquillas para el pelo y le llevé una cada día. Si no estaba en casa, la dejaba en el buzón con una larga carta en la que le explicaba cómo la había encontrado en el suelo. Cuando me quedé sin horquillas, le llevé, en equilibrio sobre el dedo, una pequeña bola de pelusa. «Recuerdo haberla visto caer de tu vestido una tarde», le dije. «Ese floreado tan bonito».

 

Fuji

 

Iolanthe es como el monte Fuji. De lejos es majestuosa y seductora, pero hay algo en ella que decepciona de cerca. Es lo que les confío a sus pretendientes siempre que aparecen con rosas y guitarras españolas. Cuando ella no me oye, les digo: «Si la conquistáis y me la arrebatáis, lo lamentaréis». Lo toman por una amenaza, pero entonces les susurro: «Sé que es preciosa, pero cuando la conoces bien, te das cuenta de que es no es para tanto». Ellos me preguntan por qué no la dejo si eso es cierto. Entonces empiezo a tartamudear. Y es que, sencillamente, no sé cómo explicarlo.

 

Desinterés

 

Para evitar que la intensidad de mi amor asustase a Skylark, decidí fingir desinterés. Me preocupaba que esa estrategia no estuviera funcionando; parecía aburrirle mi compañía y no dejaba de mirar el reloj como si estuviera impaciente por marcharse a otro sitio mucho mejor. No obstante, siempre acordábamos con total indiferencia volver a vernos. Cuando por fin un día, loco de amor, dejé caer que podríamos casarnos, se encogió de hombros y, bostezando, dijo: «Como quieras». Me sentí el hombre más afortunado del planeta. El sacerdote nos preguntó si estábamos dispuestos a amarnos y respetarnos toda la vida. Skylark respondió que por qué no, y yo dije que suponía que sí.

 

Traducidos por Daniel Weller

 
 

Dan Rhodes

 

Dan Rhodes (Purley, Inglaterra, 1972) estudió Humanidades y Escritura Creativa en la Universidad de Glamorgan. Sus primeros volúmenes de relatos, Anthropology (2000) y Don’t Tell Me the Truth About Love (2001), le valieron elogios de la crítica, que resaltó su extraordinario sentido del humor, su utilización del registro de lo grotesco y su innegable talento para contar historias de amor, rasgos que se confirmaron con las novelas Timoleon Vieta vuelve a casa (Alfaguara, 2004), El cochecito blanco (Alfaguara, 2005), Oro (Alfaguara, 2008) o This is Life (2012). En 2010 recibió el Premio E.M. Forster de novela por Corazones hambrientos (Alfaguara, 2012) y ha sido elegido como uno de los mejores novelistas británicos jóvenes por la revista Granta (2003).

«100% algodón», un relato de David James Poissant

La noche es fría. Los edificios, altos. El cielo, salvo donde lo ilumina la luz de las estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del ajedrez o lo que queda del bosque tras un incendio.

Debería mencionar también que hay una pistola enorme apuntando a mi cara.

Y esa pistola enorme apuntando a mi cara es la razón de que las cosas se aceleren como en los documentales de naturaleza, donde una semilla germina, se convierte en tallo y echa hojas en diez segundos.

Así es precisamente como se están acelerando las cosas aquí. Las estrellas giran sobre de los edificios. La luna sale, se pone y vuelve a salir. Y después todo se ralentiza de golpe hasta casi detenerse.

—Si no quieres morir con esa camisa —dice—, será mejor que te la quites.

El tipo de la pistola no se anda con gilipolleces. No entiendo mucho de pistolas, pero esta es de las grandes. Parece de las que llevan muchas balas; de las que le dejan un cadáver irreconocible a la policía, lo que no supone ningún problema porque nadie me va a echar de menos. No hay nadie en este planeta que vaya a desmayarse cuando el forense aparte la sábana y descubra mi cara destrozada por las balas.

La pistola me está apuntando porque el tipo me ha pedido la cartera y le he dicho que no.

—No —le he dicho.

Y él ha preguntado:

—¿Cómo te gustaría morir?

Y he respondido:

—Bueno. No me gustaría morir con esta camisa.

En realidad, eso no es del todo cierto. Si no hubiera querido morir con ella, no me la habría puesto hoy. Pero parecía apropiada para la ocasión. Es negra y lleva el emblema de una calavera sobre dos tibias cruzadas en el bolsillo, como en las etiquetas de las botellas con tapones especiales para proteger a niños y ancianos.

Puede que no haya estado muy acertado con la calavera sobre tibias cruzadas pero, qué coño, ya elegirás la ropa cuando seas tú el que va a morir.

Al tipo de la pistola no le ha gustado mi tono.

—No me gusta tu tono —ha dicho.

No había captado mi arrogancia, que era intencionada, de modo que lo he vuelto a decir, lo de que no quería morir con esta camisa, y es entonces cuando me ha dicho que me la quitase. Y con eso ya te he puesto más o menos al tanto de cómo están las cosas ahora.

Me quito la camisa por la cabeza. Me arrodillo y la pliego sobre la acera hasta conseguir un rectángulo perfecto, digno de unos grandes almacenes. Tras cinco años trabajando en Gap, uno adquiere cierta destreza para plegar ropa.

—A ti nunca te han atracado, por lo visto —me dice.

Podría decirle la verdad: que es la tercera vez esta semana; que me he pasado meses viendo los informativos locales para averiguar en qué calle de Atlanta hay más posibilidades de acabar asesinado; que elegí esta calle en este barrio para deambular por la noche, y que he recibido golpes e insultos. También me han robado dos carteras, un reloj y el teléfono, pero nadie ha apretado el gatillo, porque resulta que no era sangre lo que querían, sino dinero.

Decidí que la mejor opción era oponer resistencia.

La última vez, me puse a cantar y a bailar un poco. «¡Todos los chicos vienen buscando mi batido!», canté a grito pelado, moviendo las caderas, pero sólo conseguí asustar al tipo. Ni siquiera trató de quitarme el dinero.

Este, en cambio… Sigue leyendo

«La peluca», un relato de Brady Udall

La peluca

Brady Udall

Mi hijo, de ocho años, ha encontrado una peluca esta mañana en el contenedor de basura. Cuando he entrado en la cocina, muy irritado porque no conseguía hacer un nudo decente en mi corbata verde con estampado de cachemira, me lo he encontrado sentado a la mesa, comiendo cereales y leyendo las tiras cómicas del periódico con aquello encajado en la cabeza como si se tratara de un casco de fútbol americano. La peluca era una sucia mata de pelo rubio rizado, del tipo que uno esperaría ver en una prostituta o en alguien que estuviera intentando imitar a Marilyn Monroe.

Le he preguntado de dónde la había sacado y me lo ha dicho, con la boca llena de cereales. Cuando le he indicado que no debía ponerse las cosas que encontraba en la basura, simplemente ha seguido comiendo y leyendo como si no me hubiera oído. Quería que se quitara aquella peluca, pero no me veía capaz de pedírselo. Me he olvidado de la corbata y del trabajo y he observado por la ventana cómo una neblina descendía lentamente sobre la calle. He empezado a andar con nerviosismo del salón a la cocina y de la cocina al salón, esforzándome por no mirar a mi hijo, que seguía ignorándome. Podía oírle masticar cereales y pasar las páginas. Había una imagen —o un recuerdo, real o imaginado— que no podía quitarme de la cabeza. La primavera pasada, antes del accidente, mi mujer estaba sentada en la silla en la que ahora se sienta mi hijo siempre. Estaba leyendo el periódico, para ver qué tal lo habían hecho los Blackhawks la noche anterior, y su pelo, despeinado todavía por el sueño, era apenas un poco más largo y un poco más oscuro que el de la peluca de mi hijo.

Me preguntaba si él tenía una imagen similar en su cabeza, en el caso de que tuviera alguna. Me he quedado mirándolo hasta que por fin ha levantado la vista, pero no había expresión alguna en su rostro. Después ha vuelto a centrar su atención en las viñetas. He rodeado la mesa, lo he levantado y lo he abrazado. He hundido la nariz en la peluca, creo que con la esperanza de aspirar una fresca fragancia a champú, pero en su lugar he encontrado un olor a lechuga rancia. Supongo que a esas alturas ya no importaba demasiado. Mi hijo ha puesto sus brazos suaves alrededor de mi cuello y, durante lo que han sido quizá unos pocos segundos, hemos vuelto a estar juntos, los tres.

Traducido por Daniel Weller

Brady Udall

Brady Udall

Brady Udall es un escritor estadounidense que creció en la pequeña localidad de St. Johns, Arizona.

Su primera colección de relatos, Letting Loose the Hounds, se publicó en 1997. A esta le siguió en 2001 la novela The Miracle Life of Edgar Mint (La vida milagrosa de Edgar Mint, RBA, 2002). En 2010 se publicó su segunda y última novela hasta el momento, The Lonely Polygamist (El polígamo solitario, RBA, 2011).

Actualmente es profesor de escritura creativa en la Universidad Estatal de Boise.

El relato que he traducido, The Wig, ganó en 1994 el certamen anual de relato corto de la revista Story, ya desaparecida, y se incluyó después en la colección de relatos con la que debutó el autor, Letting Loose the Hounds.