Reseña crítica

Cuando te envuelvan las llamas – David Sedaris

Cuando te envuelvan las llamas
Título: Cuando te envuelvan las llamas
Original: When you are engulfed in flames
Año: 2008
Traductora: Victoria Alonso Blanco
Editorial: Literatura Random House
Fecha de edición: mayo 2015
Páginas: 304
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

David Sedaris se dio a conocer en la radio de la mano de Ira Glass. Este lo había descubierto en un local de Chicago donde Sedaris estaba contándoles su vida a los parroquianos del lugar. Lo de que estuviera contándoles su vida no es una forma de hablar: estaba en un escenario (o algo similar, imagino yo) leyéndoles su diario. Es de suponer que el espectáculo tenía entretenida a la clientela, o al menos al productor de radio, que vio el potencial de aquello y le hizo a Sedaris un sitio en su programa. Esto aumentó considerablemente la audiencia del autor estadounidense y, con el tiempo, le dio la oportunidad de publicar sus vivencias en papel. El salto de formato no lo alejó de la radio, sino que le garantizó un espacio en programas como This American Life y, de hecho, muchos de sus seguidores prefieren comprar sus audiolibros (narrados por él mismo, claro) antes que sus libros.

La publicación en 2008 de Cuando te envuelvan las llamas no supuso una gran novedad para los que siguen de cerca al escritor, pues casi todas las historias que contiene habían sido publicadas previamente en revistas como The New Yorker o narradas en la radio, pero, si no recuerdo mal sus anteriores libros, el lector español quizá sí aprecie algunos cambios respecto a lo que teníamos ya traducido. Uno de los más llamativos es que su familia, que jugaba un papel importante en sus primeros escritos, ha desaparecido casi por completo. En su lugar tenemos a Hugh, la pareja del autor, que tiene presencia en casi todos los textos aunque en realidad no aporta gran cosa; es como si lo viéramos siempre de espaldas, igual que el propio autor en sus viajes («A la zaga»). Pero lo más relevante es que encontramos aquí a un Sedaris más maduro, asentado en Francia y con una estable vida en pareja; o, dicho de otro modo, un Sedaris que parece andar algo falto de material.

Si sus anteriores libros parecían recoger una selección de las numerosas anécdotas generadas de forma natural por la agitada juventud del autor (especialmente conocida es la que relata su experiencia como elfo en unos grandes almacenes), en esta última colección traducida se aprecia mayor dificultad en exprimir una vida claramente más asentada y tranquila. Aunque hay unas pocas miradas atrás en las que se percibe la añoranza del Sedaris escritor por una época más rica en experiencias, la mayor parte de las piezas retratan al autor en casa dando rienda suelta a su carácter obsesivo, en aviones y taxis de camino a un compromiso laboral, o simplemente de viaje con su pareja. Esto no significa que el libro sea aburrido, ni mucho menos, porque estamos ante uno de los pocos autores realmente graciosos de la actualidad, y su habilidad para sacarle el jugo a cualquier situación garantiza el entretenimiento. Es solo que esos hilos que sabe mover Sedaris para convertir lo cotidiano en comedia son más visibles que antes, hasta el punto de que uno acaba poniendo en duda la veracidad de lo narrado. Sigue leyendo

La vida secreta de Walter Mitty – James Thurber

La vida secreta de Walter Mitty - James Thurber

Título: La vida secreta de Walter Mitty

Autor: James Thurber (1894 – 1961)

Año: 1931 – 1945

Traductora: Celia Filipetto

Editorial: Acantilado

Fecha de edición: julio 2004

Páginas: 160

 

Valoración: 7 /10

 

Acantilado reunió en 2004 una selección de textos de James Thurber bajo el título del relato más conocido del autor, de actualidad gracias a la película de Ben Stiller. Breves disertaciones humorísticas, retratos (de personas y de animales), pequeñas fábulas y simples anécdotas que ponen de relieve alguna particularidad de un personaje, generalmente masculino; siempre con el humor del escritor norteamericano como denominador común. Entre estas últimas, destacan las protagonizadas por John Monroe, un hombre apocado que anda continuamente sumido en ensoñaciones en las que se imagina a sí mismo como un galán audaz e imperturbable, capaz de mantener el tipo en las situaciones más comprometidas. El problema es que su esposa, personaje no menos peculiar, tiene la mala costumbre de involucrarlo en tales situaciones cada vez que el pobre hombre empieza a convencerse de que, después de todo, esa imagen idealizada de su persona no está tan lejos de la real, y es entonces cuando queda al descubierto su falta absoluta de carácter, para desesperación suya y satisfacción disimulada de su mujer.

El lector se sonríe (aunque sea interiormente) con las desventuras del señor Monroe, en parte por la habilidad de Thurber para crear personajes entrañables, que ya se aprecia en estos primeros compases, en parte por reconocerse en algunas de sus debilidades. Sin embargo, seis relatos del tirón con el mismo protagonista y tan similares en una recopilación tan corta me parecen excesivos. Al señor y la señora Monroe les siguen tres piezas bastante extrañas en las que los animales empiezan a ganar protagonismo, y así llegamos a Instantánea de un perro, lo mejor del libro en mi opinión. Retrato simpatiquísimo del personaje más logrado de la colección, un noble bull terrier llamado Rex.

Muy similar a La vida secreta de Walter Mitty, y no sólo por el título, es La vida privada del señor Bidwell. En ambos casos tenemos a un hombre casado que trata de abstraerse de la realidad anodina que lo rodea, en la que suele estar incluida su mujer. Walter Mitty se vale de su imaginación para vivir aventuras que están fuera de su alcance, mientras que George Bidwell se limita a aguantar la respiración o a multiplicar números mentalmente. Pese a la fama que ha conseguido el primero, me parece mucho más sugerente el relato protagonizado por el señor Bidwell.

De las cuatro fábulas que se han incluido aquí, destacan El búho que era Dios y La polilla y la estrella, esta segunda sobre una joven polilla que, cansada de rondar farolas y en contra del consejo de sus padres, se esfuerza día tras día en intentar llegar hasta una estrella. En esta segunda mitad del libro hay algunos relatos con un regusto triste, pero afortunadamente los de Acantilado nos han reservado para el final un disparatado paseo en coche con un ruso llamado Olympy al volante. Un paseo que vale la pena dar.

Cuerpo – Harry Crews

Título: Cuerpo

Título original: Body

Autor: Harry Crews (1935 – )

Año: 1990

Traductor: Javier Lucini

Editorial: Acuarela y Antonio Machado

Páginas: 340

 

Valoración: 5 /10

 

Los caminos de Dorothy Turnipseed (una chica de Waycross, Georgia, que desea alejarse de Waycross, Georgia) y Russell «Músculo» Morgan (un culturista retirado de la competición que se dedica a preparar a otros) se encuentran el día que ella entra buscando trabajo en el gimnasio que él regenta, «El Emporio del Dolor». Russell la contrata sin prestarle demasiada atención, pero al cabo de unos días la saca de la oficina y la pone a entrenar con los demás porque considera que tiene una estructura ósea excelente: «Huesos como los tuyos aparecen una vez cada década, más o menos», le dice. «¿Quieres llegar a ser una campeona mundial? ¿Una auténtica campeona?».

Dos años después (momento en el que se sitúa el inicio de la novela; no crean que les he destripado nada), Dorothy, que ahora se hace llamar Shereel Dupont, y Russell están alojados en el hotel Blue Flamingo de Miami Beach, donde va a tener lugar el certamen para elegir a la nueva Miss Cosmos. Shereel es una de las dos grandes favoritas para hacerse con el título y Russell va a encargarse de que todo vaya como la seda en las horas previas al gran momento. Pero ninguno de los dos cuenta con la familia de Dorothy. «Un puto batallón de Turnipseed» irrumpe en el Blue Flamingo como salido de otro mundo (del sur de Georgia, concretamente), y Russell va a tener que hacer malabarismos para evitar que dos años de esfuerzo se vayan al traste en pocas horas.

He empezado diciendo que el camino de Dorothy se encontró con el de Russell, pero sería más correcto decir que se unieron para regalarse el uno al otro algo por lo que luchar; uno de eso objetivos que le dan sentido a toda una vida. Porque se entiende que lograr el título de Miss Cosmos sería un momento cumbre tanto en la vida de Shereel como en la de Russell.

Todo este asunto de tener un objetivo (el que sea) en la vida está muy bien, pero lo más interesante de Cuerpo es que hasta la página 130, más o menos, disfrutamos de una comedia ágil y bastante entretenida, con buenos diálogos y una especie extraña (los Turnipseed) causando estragos en un hábitat que no comprenden (el Blue Flamingo y el mundo del culturismo), con las situaciones hilarantes que esto conlleva. Es una lástima que, a partir de ahí, la narración se empantane en un par de capítulos protagonizados por Earline (hermana de Dorothy) y Bill Bateman (uno de los competidores); dos capítulos excesivamente largos y de un erotismo tosco (acorde con los protagonistas, claro está) que a algunos les parecerán muy originales; a mí me han aburrido y creo que ralentizan la historia, hasta el punto de que ya no vuelve a recuperar el ritmo del principio. Una lástima, insisto.

La versión de Barney – Mordecai Richler


Título: La versión de Barney
Título original: Barney’s Version
Autor: Mordecai Richler (1931 – 2001)
Año: 1997
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Editorial: Sexto Piso
Páginas: 580
 
Valoración: 8 /10
 
 
 

Barney Panofsky es un judío afincado en Montreal que ha hecho fortuna como productor de lo que él mismo considera televisión basura. Un sesentón aquejado de ciática, con problemas de próstata y fallos de memoria cada vez más frecuentes; fumador de habanos; alcohólico; apasionado del hockey sobre hielo; sospechoso de asesinato (condición esta de la que no lo libró la absolución del jurado); empecatado; provocador; con tres fracasos maritales sobre los hombros…

Para entendernos: si Barney Panofsky fuera nuestro abuelo, apenas lo conoceríamos, porque nuestros padres habrían procurado mantenernos alejados de su influencia; si fuera nuestro padre, tendríamos contacto telefónico con él de cuando en cuando, pero eso después de habernos instalado con nuestra propia familia a una distancia prudente (trescientos kilómetros ya están bien; pero tres mil, mucho mejor); si fuera nuestro suegro, evitaríamos , incluso, cogerle el teléfono, y nos echaríamos a temblar cada vez que nuestro marido/nuestra esposa se sintiese en la obligación de invitarlo a pasar unos días en casa (suerte que a ese viejo ya no hay quien lo arranque de Canadá); si fuera nuestro amigo, habríamos demostrado, como mínimo, poseer un carácter fuerte, y seguramente ya nos habríamos pegado con él en alguna ocasión sin menoscabo de nuestra amistad; y si fuera nuestro marido… bueno, ese sería el peor de los casos, porque Barney es uno de esos tipos corrosivos que van desgastando poco a poco a todo el que tienen cerca, aunque se trate del amor de su vida (eso por no mencionar que es capaz de enamorarse perdidamente el día de su boda, y no precisamente de su esposa).

Pero se da la feliz circunstancia de que el lector de esta magnífica novela está fuera del radio de acción de su protagonista, lo que significa que puede ponerse cómodo y disfrutar de la irreverencia, la mordacidad, y también la bondad del incorregible Barney Panofsky, que ha decidido ofrecernos su versión de los hechos, y advierte que lo va a hacer «exactamente como le venga en gana»: esto es, yendo adelante y atrás en el tiempo para relatarnos caprichosamente momentos más o menos relevantes de su vida hasta llegar al día clave en la casa del lago.

Lo que Barney pretende conseguir, principalmente (aunque quizá sea más apropiado decir «inicialmente»), es convencer a todo el mundo de que él no mató a Bernard «Boogie» Moscovitz; probar que, de hecho, no tenía ningún motivo para hacerlo. Pero da tantos rodeos antes de abordar el asunto en cuestión, que el resultado es un repaso a buena parte de su vida: desde que se fuera a París a principios de los 50 para, rodeado de artistas pero sin llegar a sentirse uno de ellos, disfrutar de la bohemia, hasta que, cumplidos los 67 años, el Alzheimer lo inhabilita para seguir con el manuscrito; quedando su primogénito, Michael, encargado de acotarlo y de ponerle un colofón triste con sorpresa final incluida.

A la postre, el león es menos fiero de lo que parecía, y La versión de Barney no es tanto un ajuste de cuentas con el pasado como el autorretrato brutalmente sincero de un hombre que se siente, sí, culpable, pero no precisamente de lo que se le imputa.

Terminada la lectura, cuesta aceptar que este libro, con madera de clásico, no ha sido escrito realmente por Barney Panofsky, sino por un tal Mordecai Richler que ha tenido el buen gusto y el talento suficientes para desaparecer, dejándonos a solas con su personaje.

En la juventud está el placer – Denton Welch


Título: En la juventud está el placer
Título original: In Youth is Pleasure
Autor: Denton Welch (1915-1948)
Año: 1945
Traductor: Albert Fuentes
Editorial: Alpha Decay
Páginas: 225
 
Valoración: 5 /10
 
 
 

Denton Welch es uno de esos escritores cuya biografía sienta una base magnífica para convertirse en autor de culto. A los veinte años fue atropellado por un coche cuando circulaba en bicicleta. Aunque este accidente no lo dejó paralítico, le provocó secuelas graves que, a la postre, derivaron en una tuberculosis que acabó con él cuando tenía solo 33 años. Y fue durante ese lapso de trece años cuando escribió, entre otros libros, A Maiden Voyage, In Youth is Pleasure y A Voice Through a Cloud; algo así como unas memorias noveladas.

Pese a que su obra ha sido alabada por escritores importantes, Denton Welch sigue siendo un desconocido para el gran público. No diré que no se merezca un poco más de fama (sobre todo habiendo leído sólo una de sus novelas), pero me temo que a los críticos les gusta demasiado dárselas de entendidos y marcar las distancias con el lector común; y nada mejor que alabar a un escritor de este tipo, sabiendo que todos los elogios del mundo no conseguirán que deje de ser minoritario. (Algo así como cantar las excelencias de un club exclusivo al que uno pertenece, con la tranquilidad de saber que ese club ya no acepta a nuevos socios).

Orvil Pym es un chico de quince años que se dispone a pasar el verano en un hotel de la campiña inglesa con su padre y sus dos hermanos mayores. Un verano que dedicará a buscar lugares donde estar solo y, a ser posible, en plena naturaleza. Algunos verán en el personaje de Orvil a un alma extremadamente sensible (estos son los que quizá disfruten con el libro), y otros verán, simplemente, a un chaval extremadamente infantil y un tanto… rarito (estos son los que tendrán que pelear con el sueño para no irse de bruces contra el libro).

El verano de Orvil Pym recuerda en muchos aspectos a los tres días que Holden Caulfield pasa en Nueva York sin atreverse a pisar su casa: tenemos a un adolescente de 15/17 años deambulando por el campo/la ciudad, recién salido de una escuela que aborrece y en la que no logra encajar (ni en esa ni en ninguna, en realidad); tenemos una ausencia presente todo el tiempo (madre/hermano), que tiñe de nostalgia el relato y reviste de profundidad casi todos los recuerdos aparentemente intrascendentes del chico. Que esos recuerdos, unidos a las ensoñaciones del protagonista y a las conversaciones y los sucesos más o menos triviales que nos cuenta, adquieran en conjunto algún significado y no se queden en una serie de gilipolleces (o, dicho de otra forma, en una tomadura de pelo) depende principalmente del talento del escritor, pero también, en gran medida, del grado de identificación que se establezca entre el lector y el protagonista. En mi caso, valoro la prosa melancólica y casi siempre bonita de Denton Welch, pero no he llegado a sentir complicidad con Orvil Pym en ningún momento. Así pues, y pese a todo lo que tienen en común, la novela de Salinger me ha conmovido todas las veces que la he leído, y la de Welch me ha aburrido bastante*. Aunque, eso sí, la escena final en el vagón de tren eleva un poco el nivel de todo el libro.

En la juventud está el placer también me ha hecho recordar El gran Meaulnes, pero creo que esta asociación está demasiado condicionada por la muerte también prematura de Alain-Fournier.

*Hay observaciones que no ayudan a mantener el interés: «Era alto, con una cara atractiva de color carne y un bigotito con una forma muy cuidada.» (p. 172)

Aventuras y desventuras del Chico Centella – Bill Bryson


Título: Aventuras y desventuras del Chico Centella
Título original: The Life and Times of the Thunderbolt Kid
Autor: Bill Bryson (1951-)
Año: 2006
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Editorial: RBA
Páginas: 332
 
Valoración: 8 /10
 

Si algo destaca en Bill Bryson es, sin duda, su sentido del humor. Un sentido del humor que consigue hacer amena su prosa independientemente de lo que esté contando: el origen del universo y algunas otras cosas que vinieron después (Breve historia de casi todo), un viaje por Australia (En las antípodas), o su infancia en la Norteamérica de los 50. (No me he acercado aún a Shakespeare)

Aventuras y desventuras del Chico Centella no puede leerse como una novela, por mucho que el título invite a ello, pero tampoco se trata de un ensayo sobre la América de los 50, como podría llegar a pensar alguien erróneamente  al leer el subtítulo añadido en el interior. Sí que hay fragmentos, incluso algún capítulo entero, dedicados al modo de vida americano en los 50 y a asuntos importantes a nivel mundial como la carrera espacial o los ensayos nucleares (otra carrera con los rusos, a fin de cuentas), pero la intención de Bryson en esos pasajes no es tanto hacer un repaso de lo acaecido en aquellos años como abundar en la fascinación ingenua con que la sociedad americana vivía aquellos avances, en algunos casos inquietantes (como el hecho de que al menos dos países, el suyo propio y la Unión Soviética —entonces el gran rival en todos los campos—, ya fueran capaces de acabar con cualquier otro país sin tomarse la molestia siquiera de pasarse por allí). Incluso la posibilidad de que una de sus ciudades (Nueva York, sin ir más lejos) pudiera ser borrada del mapa en cuestión de segundos les parecía más excitante que aterradora.

Pero las partes más jugosas, vayamos a lo que importa, son las que el autor consagra a su propia infancia y a su querida ciudad natal: Des Moines, Iowa. Son lo mejor del libro porque el lector no sólo disfruta con las innumerables anécdotas sino que, además, es plenamente consciente de lo mucho que disfruta el propio Bryson contándolas.

Si hemos de tomarnos esto como unas memorias reales, y parece que así es, llama la atención lo cabroncete que era Bill Bryson de pequeño; y aún más llamativo resulta lo poco complaciente que se muestra ya de adulto a la hora de pintar a muchas de las personas que conoció entonces. Me pregunto sinceramente qué cara pondrán, o habrán puesto ya, después de leer estas Aventuras… (Sí, bueno, el autor aclara que ha cambiado los nombres y tal pero ¿quién narices no va a reconocerse?). La sinceridad por encima de todo, de acuerdo, pero…

También es cierto que Bryson, para potenciar el humorismo en todo lo que cuenta, tiende a hiperbolizar la narración (les dejo un par de ejemplos al final), y cabe la posibilidad de que esto afecte también a la descripción de personajes e incluso, no me extrañaría, le lleve a inventarse algunos caracteres (no digamos ya algunas anécdotas).

Poco importa, en cualquier caso. El resultado son unas memorias divertidas, entrañables y, sobre todo, nostálgicas, en las que Bill Bryson recuerda con cariño una época (su infancia) y un lugar (Des Moines) que ya han quedado atrás: en el primer caso, por motivos evidentes; en el segundo, porque ha cambiado demasiado (y a peor, según él) para poder considerarlo el mismo lugar.

Si alguna pega se le puede poner al libro, es que el supuesto motivo (la chorrada esa del Chico Centella) no logra encajar en ningún momento en la narración y, a la postre, acaba teniendo tan poco peso que, personalmente, no creo que el título sea el más adecuado, por muy vistoso que resulte.

Si tuviera que quedarme con un solo capítulo, elegiría el ocho. Pero si se trata de aconsejarle a usted unas pocas páginas para leer en la misma librería y decidir si este libro puede gustarle o no, entonces vaya directamente a las cuatro primeras del capítulo 12 (pp. 257-260), dedicadas a un parque de atracciones llamado Riverview. Si no le hacen sonreír siquiera, no significa que tenga mal gusto (faltaría más; cada uno tiene sus gustos y casi todos son respetables) pero quizá no deba gastarse el dinero en este libro.

Los ejemplos que les prometí:

«La señora Vandermeister tenía setecientos años, quizás incluso ochocientos, y vivía permanentemente pegada a un taca taca de aluminio. Era una mujercita minúscula, encorvada, olvidadiza, lenta como los glaciares, maloliente (pero de una manera muy interesante) y prácticamente sorda. Una vez al día abandonaba su casa para ir al supermercado al volante de un coche del tamaño de un portaaviones. Tardaba unas dos horas en salir de casa y meterse en el coche, y otras dos horas en ponerlo en marcha y sacarlo a la calle.» (p. 198)

«Fueses adonde fueses, había siempre seiscientos niños, excepto allí donde confluían dos o más barrios (el Campo, por ejemplo), y entonces había que contarlos por millares. Recuerdo que una vez participé en un partido de hockey sobre hielo en el lago de Greenwood Park con otros cuatro mil niños, cada uno armado con su palo, y que duró al menos tres cuartos de hora antes de que nos diésemos cuenta de que no teníamos disco.» (p. 55)

Nadie es más de aquí que tú – Miranda July


Título: Nadie es más de aquí que tú
Título original: No One Belongs Here More Than You
Autora: Miranda July (1974-)
Año: 2007
Traductora: Silvia Barbero Marchena
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 218
 
Valoración: 3 /10
 
 

Miranda July es directora de cine, escritora y artista de performances. Dicho de otra forma, es una de esas personas que se sienten tan Artistas que necesitan tocar todos los campos, y además están convencidas de poseer una sensibilidad especial que garantizará la calidad de los resultados. Cierto es que en el caso de esta mujer, a juzgar por las críticas que reciben sus trabajos, no es la única que lo piensa. Pero en mi opinión, Miranda July mete todas las artes en el mismo saco y, utilizando medios distintos, ofrece las mismas banalidades.

Ya no recuerdo todas las cosas terriblemente originales que se decían y sucedían en su película Tú, yo y todos los demás, pero en los cuentos de Nadie es más de aquí que tú, los protagonistas, todos femeninos (menos uno, creo), hacen cosas como (son sólo unos pocos ejemplos): apoyar la cabeza y dormirse sobre el hombro de un hombre que acaba de sufrir  un ataque epiléptico; abrazar en diversas situaciones y con todas sus fuerzas a otra mujer sin casi mediar palabra; esconderse debajo de un escalón para imaginar a su amiga/amante cenando con… no me acuerdo, ¿qué más da?; tumbarse en el suelo boca abajo, presionando los labios contra la alfombra y cantar una canción; o, en el caso de una profesora, apoyar la cara en la pizarra y quedarse así unos minutos, para después escribir la palabra «Paz».

Sí, es así. ¿Creen que intento pintarlo más ridículo de lo que es? Pues ahí van unas líneas extraídas tal cual:

«Cuando se fue, me quedé de pie en medio del salón y decidí que estaba bien eso de quedarme allí durante todo el tiempo que quisiera. Pensé que tal vez me aburriría, pero no me aburrí, sino que sólo conseguí ponerme peor. Seguía agarrando el paño del polvo, y supe que si lo dejaba caer, sería capaz de moverme de nuevo. Pero mi mano estaba modelada para agarrar ese paño sucio de por vida.» (p. 155)

Estos momentos aparentemente intrascendentes esconden, seguramente, las claves para entender los cuentos o, al menos, el estado anímico de los personajes. Es sólo que (mea culpa, sin duda) carezco de la sensibilidad necesaria para captar esos detalles; me quedo en la superficie, sabe usted, y como no logro ver más que a una panoli sujetando un trapo en mitad del salón, pues, en el mejor de los casos, me aburro como una ostra, y, en el peor, me pongo de los nervios y me dan ganas de cerrar el libro para no abrirlo nunca más; pero no lo hago porque, invertido ya un buen rato en él, no quiero privarme de vapulearlo, y siempre hay alguien dispuesto a echarte en cara que te tomes la libertad de criticar un libro sin haberlo leído entero. (Una duda sobre esto último: ¿En un libro de doscientas páginas, pongamos por caso, pueden las cien últimas convertir en interesantes las cien primeras?)

Para terminar, unos cuantos datos intrascendentes pero llamativos: “Coño”s sólo aparecen dos, pero bien acompañados por cinco “vagina”s; “Polla”s tenemos hasta seis en este libro (contando con un “lamepollas”, término poco habitual por estos lares; ¿qué tenía la traductora contra “chupapollas”?); pero “Follar” se folla mucho, hasta catorce veces en diferentes formas (follando, follármelo, folló, follado, follón… vale, esta la he colado para hacer bulto). Raro es el cuento que no tiene su escenita sexual. ¿Y qué tengo en contra? Nada. Soy partidario de escribir sin remilgos. ¿De qué sirve evitar el uso de este tipo de expresiones? ¿Acaso no se usan en la realidad? Yo no suelo utilizarlas, para qué les voy a engañar, pero casi todo el mundo lo hace. Y no hay problema. Pero cuando me encuentro con un escritor que recurre a ellas de forma continuada, me pregunto si no será él quien tiene algún complejo extraño que lo inhabilita para escribir una historia sin contenido sexual. Ya no sin contenido sexual, sino, simplemente, sin términos vulgares.

Pese a todo, concedámosle una cosa a la señorita July: Tiene un sentido del humor que hace llevadera la lectura. Pero es lo único que puedo decir a su favor, y no quiero que ocupe más de tres líneas.
 
Valoración de cada relato:
 

  1. El patio común: 4
  2. El equipo de natación: 6
  3. Majestad: 6
  4. Un hombre en la escalera: 3
  5. La hermana: 5
  6. Esa persona: 6
  7. Fue un gesto romántico: 4
  8. Algo que no necesita nada: 5
  9. Beso una puerta: 2
  10. El niño de Lam Kien: 7
  11. Haciendo el amor en 2003: 1
  12. Diez verdades: 2
  13. Los movimientos: 0
  14. Mon plaisir: 4
  15. La marca de nacimiento: 2
  16. El arte de contar historias a los niños: 3

La oreja de Murdock – Castle Freeman


Título: La oreja de Murdock
Título original: Go With Me
Autor: Castle Freeman Jr.
Año: 2008
Traductor: Cruz Rodríguez Juiz
Editorial: Mondadori
Año de edición: 2009
Páginas: 160
 
Valoración: 7 /10
 
 

Lillian, una chica abandonada recientemente por su novio (un tal Kevin que, tras hacer algunos números, ha decidido que le salía más a cuenta salvar la vida que el orgullo), está siendo acosada por el matón del pueblo, un malvado legendario (en su pueblo, al menos) llamado Blackway. Los detalles de cómo se ha llegado a esta situación tan incómoda (incómoda para la chica y su novio, sobre todo) se los dejo en las 160 páginas del libro. No vayamos a destriparlo entero.

Viendo cómo están las cosas, la joven busca auxilio en la oficina del sheriff Wingate, pero este ni siquiera tiene que hacer números porque conoce bien a Blackway, así que rehuye el espinoso asunto de un modo desesperante hasta que decide enviarla a la sillería Dead River en busca de Scott Cavanaugh; en resumidas cuentas, en busca de una solución al margen de la ley (una solución que le deje a él al margen, vaya).

La chica se encuentra allí con Whizzer, Coop, DB y Conrad, cuatro talluditos sin más ocupación que beber cerveza y chismorrear. Scotty no está, y no se sabe cuándo volverá, pero Whizzer le ofrece a un par de escuderos que tiene trabajando para él: Lester Speed (un anciano cojo) y Nate el Grande (un corpulento joven sin demasiadas luces).

A partir de aquí, van alternándose (y complementándose mutuamente) los capítulos dedicados a narrar la búsqueda épica de Blackway y los que se quedan en la sillería transcribiendo las conversaciones de los cuatro amigachos.

Ahora es el momento de recuperar la referencia a Cormac McCarthy que he leído en todas las reseñas de este libro que circulan por la red. ¿Que el estilo seco de los diálogos recuerda un poco a McCarthy? Puede; pero Freeman no aburre a las ovejas, y eso es una diferencia importante que debería zanjar la cuestión. ¿Que usted es un fan de McCarthy y ahora mismo está leyendo esto con las manos en la cabeza y una mueca de asco? Lo siento, pero es que Meridiano de Sangre (sólo puedo hablar de las cien primeras páginas, en realidad) me aburrió de tal manera que no me acercaré nunca más a un libro de su querido amigo. (De acuerdo, con anterioridad había leído La Carretera y no estuvo mal del todo, pero no le añada ni una página más). ¿Que, por el contrario, comparte mi opinión? No sabe cuánto me alegro.

Los motivos que mueven a Lester y a Nate a aceptar el encargo de Whizzer (no son sus esclavos, al fin y al cabo, y conocen tan bien como los demás a Blackway) no llegan a estar claros en ningún momento. Respecto a Nate, puede que se sienta atraído desde el principio por Lillian, y parece convencido, como los demás, de que sus únicos caudales son su corpulencia y su valor, de modo que quizá se siente obligado a afrontar cualquier peligro con tal de que no se ponga en duda este último, a riesgo, incluso, de perder la vida. Pero los porqués de Lester se me antojan mucho menos simples, y, desde luego, lo más interesante del libro. Cada uno hará su lectura. La más fácil (y a veces lo fácil es lo correcto) es que nunca ha hecho nada reseñable y ve en la persecución de Blackway una última oportunidad; pero basta con rascar un poco para encontrar más. Sea como sea, Lester Speed se va erigiendo, a medida que avanza la historia, en el personaje principal de la misma, y para cuando logra encontrar a Blackway, todos confiamos en que ese viejo cojo acabará con él de una forma u otra.

Los capítulos de la sillería, por otra parte, son amenos y aportan información adicional sobre casi todos los personajes, además de explicarnos los antecedentes del caso Lillian-Blackway.

En definitiva, La oreja de Murdock es un libro ligero (los diálogos siempre parece que le quitan peso casi literalmente a un libro, y este está compuesto en un 40% por diálogos) y entretenido (2. Hace pasar agradablemente el tiempo), que no es poco; estupendo para un amante de las narraciones típicamente norteamericanas (de montaña, bares de carretera, rifles, violencia, etc…) que se vea con un fin de semana por delante y sin planes. Incluso si tiene planes, ¿cómo son? ¿Valen la pena?

Todo arrasado, todo quemado – Wells Tower


Título: Todo arrasado, todo quemado
Título original: Everything Ravaged, Everything Burned
Autor: Wells Tower (1973-)
Año: 2009
Traductor: Ismael Attrache Sánchez
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 272
 
Valoración: 6 /10
 
 

Estos nueve cuentos, que aparecieron por separado en distintas publicaciones antes de ser agrupados para conformar el debut editorial de su autor, Wells Tower (algo razonable y muy habitual en EEUU, lo de darse a conocer en revistas antes de firmar con una editorial, y que en España resulta impensable), tuvieron una acogida excelente, según parece, en su país. A mí me ha parecido una colección correcta, pero sin nada verdaderamente reseñable que justifique tantas alabanzas.

Los cinco primeros cuentos son los más sólidos, pero recuerdan en exceso a las historias de Tobias Wolff (los críticos se decantan más por Cheever y Carver, no sé por qué) y esto, aunque tiene, evidentemente, su lado positivo, les resta frescura. Claro que, visto lo que ocurre en los relatos siguientes, en los que Tower pierde o abandona la estela de Wolff, uno lo piensa mejor y llega a la conclusión de que seguir a un grande de cerca, aunque sea pisando exactamente donde ya ha pisado él, no parece tan mala idea, después de todo.

Sólo al final, en el cuento que da título al libro, Tower vuelve a levantar un poco el vuelo, y además lo hace con cierta originalidad, aunque sólo sea por lo vistoso de un relato corto sobre vikingos. Lástima que lo estropee con una reflexión final del protagonista (al estilo de: «no le hagas a los demás lo que no desees para ti») que, de tan simplona, resulta vergonzosa, incluso. (Esta crítica al final del último cuento, con la que un lector se ha mostrado en desacuerdo, está explicada con más detalle en los comentarios que siguen a la reseña.)

Lo que sí comparten todas las historias del libro es un pesimismo un tanto aburrido; porque a nadie le gusta escuchar a un amargado lamentarse de su mala suerte, y eso es lo que se tiene la sensación de estar haciendo durante toda la lectura.

Les dejo la valoración de cada relato:

1.      La costa marrón: 6

2.      Retiro: 7

3.      Ejecutores de energías importantes: 7

4.      A través del valle: 7.5

5.      Leopardo: 8

6.      El ojo tras la puerta: 3

7.      La América salvaje: 5

8.      En la feria: 5

9.      Todo arrasado, todo quemado: 7

Vida de este chico – Tobias Wolff


Título: Vida de este chico
Título original: This Boy’s Life: A Memoir
Autor: Tobias Wolff (1945-)
Año: 1989
Traductora: Maribel de Juan Guyatt
Editorial: Alfaguara
Páginas: 344
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

La lectura de Vida de este chico, novela autobiográfica de Tobias Wolff —adaptada al cine por Michael Caton-Jones en 1993—, me ha confirmado algo que ya sabía: que el norteamericano es un gran escritor de cuentos.

Wolff nos habla aquí de su adolescencia en capítulos largos que podrían funcionar perfectamente como cuentos, pero el conjunto, en mi opinión, no funciona tan bien como novela.

Toby y su madre —que acaba de terminar una relación poco afortunada—, andan buscando un buen lugar donde establecerse y empezar de nuevo. En Seattle conocerán a Dwight, un mecánico con tres hijos que vive en la montaña, y la madre de Toby no tardará en enviarle a vivir con él mientras ella… no lo recuerdo bien, la verdad. Olvido rápidamente los argumentos y ya hace unos días que terminé el libro, pero dejémoslo en que el chaval hace de avanzadilla para tantear el terreno y enseguida comprueba que el tal Dwight es un tipo demasiado tendente a esa clase de violencia que echa raíces en los cobardes y se alimenta de la frustración y los complejos de éstos (esa que, al menos en España, es noticia una o dos veces a la semana).

Es difícil de entender, pues, por qué cuando, pasado un tiempo, la madre le pregunta al chico cómo le va y, en pocas palabras, le pide el visto bueno para casarse con Dwight, éste se lo da y no le advierte de dónde se está metiendo. La única explicación a esta y a otras decisiones absurdas del protagonista es la actitud abúlica en la que parece estancado.

Toby —o Jack, como decide llamarse durante un tiempo— da a entender que desea cambiar de vida y ascender en la escala social. En el fondo, según confiesa él mismo en varias ocasiones, desea ser un buen estudiante, ir a la universidad y vivir una vida convencional, pero en vista de que no logra destacar en los estudios —primer paso para alcanzar lo que busca— opta por disimular esta incapacidad revistiéndose de un aire rebelde, y acabará mintiendo, robando y viviendo, en definitiva, en una impostura continua.

Lo dicho del personaje hasta ahora puede parecer una crítica muy negativa del libro, pero en realidad es lo que más me gusta. Ese comportamiento estúpido nos confirma que Wolff está contando su propia vida, porque sólo alguien real puede cometer tantos errores.

«Me bautizaron en la semana de Pascua junto con varios otros niños de mi clase de catecismo. Con objeto de prepararnos para la comunión teníamos que confesarnos y la hermana James fijó una hora para que cada uno de nosotros fuésemos a la rectoría y ella nos acompañase hasta el confesionario. Nos esperaría fuera hasta que terminásemos y luego nos guiaría en la penitencia.

Pensé en qué debía confesar, pero no podía descomponer mi sensación de estar en falta para analizar sus componentes. Tratar de extraer de allí un pecado concreto era como pescar en un pantano, donde notas el tirón de algo que al principio te parece prometedor y luego resistente y por último imposible, cuando te das cuenta de que has enganchado el fondo, que tienes a todo el planeta en el otro extremo del sedal.»

El último capítulo, que a modo de epílogo nos cuenta qué fue de cada uno de los personajes en los años siguientes, podría habérselo ahorrado tranquilamente. Puede resultarle interesante a quien sienta curiosidad por conocer algo más de la vida del escritor, pero estropea la obra de ficción que he querido leer yo.