Título: Camino de Los Angeles
Título original: The Road to Los Angeles
Autor: John Fante (1909-1983)
Año: 1983 (Escrito, al parecer, entre 1933 y 1936)
Traductor: Antonio-Prometeo Moya
Editorial: Anagrama
Páginas: 200
 
Valoración: 8 /10

 

Bandini vs Bandini

 

Lo primero que leí de John Fante fue Pregúntale al polvo, tercera novela de la saga Bandini (segunda en editarse), donde encontré al protagonista malviviendo en Los Angeles mientras intenta vender algún cuento. Recuerdo que me pareció un personaje ridículo, estúpido y desquiciado. Terminé el libro casi enfadado y sin ningún deseo de volver a leer a Fante.

No estaba seguro de por qué me había exasperado tanto aquel personaje llamado Arturo Bandini.

Unos años después, caí en la tentación de acercarme otra vez a Fante. Elegí, para colmo, otra novela de la tetralogía: Espera a la primavera, Bandini, y salí de ella igual de escarmentado pero, ahora sí, admitiendo ante mí mismo una atracción fatal por el personaje principal.

Se supone que Camino de Los Angeles es la primera novela de su autor, aunque se editó la última (póstumamente, de hecho), pero sitúa a Bandini cronológicamente entre las dos que ya he mencionado: Tiene dieciocho años, vive con su madre y su hermana en el puerto de Los Angeles, va dando tumbos de un trabajo a otro y saca de la biblioteca libros que no entiende porque cree que leer a los grandes pensadores es imprescindible para desmarcarse de la mediocridad que le rodea.

Aparentemente, Bandini es un personaje ansioso por salir de la miseria y encontrar cierto reconocimiento, y esto sería lo que le haría arremeter contra todo lo que encuentra en su camino y descargar su ira sobre las personas que tiene cerca; porque Bandini mete en el saco de lo que él considera mediocre a su madre, a su hermana, al catolicismo, a sus colegas «macarronis» y a cualquiera que le recuerde sus orígenes. A la postre, se mete en el saco a sí mismo.

Y de eso nos habla Fante, en realidad: de un tipo en batalla permanente consigo mismo. Un tipo enrabietado como un niño porque sabe que está haciendo las cosas mal, que está siendo injusto con todo el mundo y, además, pretende ser alguien que no es. En este sentido, me parece revelador y magnífico el capítulo dieciséis, en el que Bandini logra relajarse dentro del ropero evocando el olor «a rosarios e incienso, a lirios blancos de velatorio, a las alfombras de las iglesias de mi infancia, a cera y a ventanas altas y oscuras, a ancianas de negro arrodilladas en misa». Se recuerda a sí mismo en el confesionario, intentando sincerarse con el sacerdote.

Cuando quiere darse cuenta, tiene el pulgar metido en la boca. Se da cuenta de que ha bajado la guardia y, en un acceso de rabia, se perfora el dedo con los dientes y coge el primer vestido que tiene delante para hacerlo pedazos:

«Lo desgarré con las manos y los dientes, gruñendo como un perro rabioso, cayendo al suelo, poniéndome el vestido cruzado en las rodillas y dándole tirones furiosos, manchándolo con la sangre del dedo, insultándolo y riéndome de él conforme cedía ante mi fuerza y se rasgaba

Entonces me eché a llorar».

Arturo Bandini sigue exasperándome, pero ahora ya sé por qué. Me exaspera porque es el personaje de ficción más descarnado que conozco. Es incómodo porque se parece demasiado a una persona real. O mejor dicho: al alma de una persona real.