siglo XXI

El arte de la defensa – Chad Harbach

El arte de la defensa - Chad Harbach

Título: El arte de la defensa

Título original: The Art of Fielding

Autor: Chad Harbach

Año: 2011

Traductora: Isabel Ferrer

Editorial: Salamandra

Páginas: 540

 

Valoración: 6 /10

 

Me atraen las novelas de campus. Y si se trata de campus norteamericanos, como suele ser el caso, mucho mejor. De hecho, me atrae casi cualquier historia (ya esté contada a través del cine o a través de la literatura) ambientada en Estados Unidos y en la que aparezcan unos jardines de universidad o al menos una calle flanqueada por árboles y por los jardines delanteros de casas unifamiliares. Es una debilidad confesable que tengo. El problema es que estas historias suelen estar protagonizadas por profesores de literatura con tribulaciones que no me interesan demasiado o por estudiantes drogadictos cuyo vacío existencial me interesa menos todavía.

Teniendo en cuenta lo anterior, supongo que se entiende mi interés por una novela que entra en la categoría «de campus» y que está protagonizada por estudiantes más interesados en el deporte que en las drogas. No he jugado nunca a béisbol y, aun después de leer este libro, no sabría decir qué reglas rigen el desarrollo de uno de esos largos partidos, pero es un deporte que me resulta simpático. Por si esto fuera poco, El arte de la defensa supone el debut literario de su autor, Chad Harbach (un detalle que suma, en mi caso); debut por el que recibió, al parecer, un anticipo millonario y que llega hasta nosotros avalado por escritores de la talla de Jonathan Franzen, Jay McInerney o John Irving (con talla me refiero a popularidad y reconocimiento de la crítica especializada; lo demás es opinable).

El personaje principal en esta primera novela de Chad Harbach es Henry Skrimshander, un joven de familia humilde, enclenque y con un talento extraordinario para el béisbol que está a punto de abandonar la práctica de este deporte y su sueño de llegar a ser un jugador profesional en beneficio de un trabajo gris con el que ganarse la vida que le resta entre los campos de maíz de Lankton, en Dakota del Sur, cuando Mike Schwartz se acerca a hablar con él y le abre las puertas de una pequeña universidad del medio oeste cuyo equipo de béisbol no consigue salir de la mediocridad. A este prometedor comienzo le siguen ochenta o noventa páginas ligeras y luminosas durante las cuales Henry, con la ayuda de Mike, va fortaleciendo su cuerpo y puliendo su talento como parador en corto hasta convertirse en carne de draft codiciada por los representantes más destacados del país.

Pero justo cuando el cielo del béisbol está llamando a las puertas del Westish College para llevarse a Henry, éste comete un error que cambiará la vida de todos los personajes de la novela. De hecho, ese error supone un punto de inflexión no sólo en el devenir de la historia sino también en el tono de la narración, el tratamiento de los personajes y, a mi modo de ver, en el placer que proporciona la lectura. Es cierto que hasta ese momento reinaba la intrascendencia y que el libro navegaba, por decirlo de alguna forma, en aguas demasiado tranquilas para un lector inquieto. Pero la verdad es que yo estaba a gusto en él. Me recogía por las noches con ganas de pasar un rato en el Westish College, yendo y viniendo de la residencia de estudiantes al centro deportivo, paseando por sus jardines sin mayores preocupaciones y bateando en el diamante. La vida le sonreía a Henry y, en cuanto lector que habita un personaje de ficción para vivir una experiencia que ha quedado fuera de su alcance en la realidad, también me sonreía a mí. Aunque echaba en falta, eso sí, alguna presencia femenina que pusiera algo de color entre tanto personaje masculino.

«Con lo bien que estábamos» es lo que empecé a repetirme una y otra vez cuando, superadas las cien páginas, las cosas se tuercen para casi todos: para Henry, para Mike y también para el lector, pues la bola perdida da paso a una segunda parte mucho más gris: más variada en cuanto a personajes (aparece por allí la hija pródiga del rector y se le da voz a algunos secundarios) y también más profunda, pero a la larga, menos satisfactoria. Si tuviera que dar una explicación a este cambio, diría que el autor ha querido alejarse de la ligereza del bestseller para intentar colocar su libro bajo la etiqueta «literary fiction», que es la que se utiliza en Estados Unidos para clasificar los trabajos literarios «serios». Se trata sólo de una suposición pero, si fuera el caso, Harbach se habría equivocado de medio a medio, porque la diferencia entre literatura ligera o de masas (llámenla como quieran) y literatura seria (a esta llámenla también como quieran) no la determina, a mi modo de ver (esto daría para un agradable debate), la pesadez de la narración ni la cantidad de fantasmas personales con la que cargan los personajes, sino la sutileza. Si por algo se caracterizan los libros del primer tipo es por la escasa sutileza con que ahondan en el alma de sus protagonistas y lo masticada que le dan la historia al lector, mientras que los libros del segundo grupo (como ya he comentado en alguna otra reseña) tienden a darle al lector sólo lo justo, no por tacañería, sino por respeto a su inteligencia. Aunque, pensándolo mejor, no es apropiado que yo trate aquí de establecer las diferencias entre una supuesta literatura ligera y otra seria; mejor me atengo a lo que diferencia a los libros que me gustan de los que no me gustan tanto. El arte de la defensa se ha quedado a medio camino entre unos y otros. El final, mejor olvidarlo.

El diablo a todas horas – Donald Ray Pollock

El diablo a todas horas - Donald Ray Pollock

Título: El diablo a todas horas

Título original: The Devil All the Time

Autor: Donald Ray Pollock (Ohio, 1954)

Año: 2011

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 371

 

Valoración: 8 /10

 

En la reseña que escribí de Knockemstiff, el primer libro de Donald Ray Pollock, lamentaba el tono excesivamente negro que el autor imprimía en todos los relatos; un regodeo en lo macabro y en la podredumbre que, en mi opinión, asfixiaba sus historias. En El diablo a todas horas comprobamos que Pollock sigue interesado en mostrar la miseria humana, solo que esta vez ha puesto cuidado en dejar entrar algo de luz. Bien es cierto que esa luz ilumina escenas de violencia extrema, pero son escenas mucho más cuidadas estéticamente que en la obra anterior y en las que el horror, aunque sigue predominando, no se percibe como provocación gratuita: sirvan como ejemplos el pasaje en el que un predicador en horas bajas decide matar a su mujer sólo para demostrar que es capaz de resucitarla inmediatamente después (un pasaje que resulta tierno, incluso), o algunos de los que tienen lugar en «el tronco de rezar» (posiblemente el primer gran icono en la obra del norteamericano).

Esa «luz» nueva me parece el mayor avance de Pollock en su segundo libro. El resto de virtudes ya las conoce cualquiera que haya leído el primero: una prosa consistente y un estilo directo (pero no por ello seco) que no baja el nivel en ninguna página. Con todo, a Pollock se le va la mano un par de veces: con el personaje de Preston Teagardin, excesivamente ridiculizado, y con una conversación entre políticos republicanos de trazos tan gruesos que te hace torcer el gesto.

Las nueve partes en que está dividida la historia corresponden a fragmentos intercalados de tres relatos largos que se buscan durante todo el libro. El más importante, y el que más he disfrutado, está protagonizado por Arvin Russell, un personaje que marca otra de las grandes diferencias entre los dos libros del autor porque supone un asidero moral que se nos escatimaba en el primero; alguien con quien el lector puede simpatizar, lo que siempre se agradece. La primera parte, Sacrificio, tiene por sí sola entidad suficiente para considerarla lo mejor de Pollock hasta ahora. El relato de Theodore y Roy, por otro lado, me ha gustado, pero la verdad es que se pierde entre los otros dos. Y en las cacerías de Carl y Sandy, aunque resultan atractivas, no aprecio en igual medida ese avance que he comentado en el párrafo anterior.

En esta ocasión, parte de la narración transcurre en Coal Creek, donde quizá se respira un poco mejor (tampoco mucho, no crean), pero la historia muere en Knockemstiff, como no podía ser de otra forma, tras una especie de recorrido circular en el que Arvin atraviesa un paisaje que va derrumbándose a su paso y lo lleva de vuelta a esa hondonada sin Dios de la que partió y donde (salte al siguiente párrafo si no quiere pistas) parece que todo ha terminado para él. Pero entonces Pollock, como si quisiera demostrarnos que definitivamente ha decidido dejar entrar una rendija de luz en sus historias, baja el arma. La entierra, incluso.

Aunque me gusta ese cierre, me temo que Pollock no logra enlazar los tres relatos de un modo lo suficientemente satisfactorio para que quede justificada la estructura que ha elegido. Es una lástima, porque estaba disfrutando tanto con la lectura que, a cincuenta páginas de terminar, en lo único que podía pensar es en que Pollock se hubiera reservado algo realmente grande para el final; algo que hiciese encajar las piezas a la perfección. Con esto no quiero decir que el último tramo del libro sea decepcionante, ni mucho menos; sólo que no es la apoteosis con la que me había hecho soñar lo anterior.

En cualquier caso, si en Knockemstiff, pese a sus desequilibrios y excesos, encontré motivos suficientes para esperar con ganas el siguiente trabajo del autor, El diablo a todas horas sube el listón y aumenta las expectativas de cara a un tercer libro en el que espero que Pollock logre cuadrarlo todo a la perfección y entregue una obra magistral. De momento tenemos una buena colección de relatos (Knockemstiff) y una novela excelente (El diablo a todas horas). Para ir tirando, no está mal.

Justicia – Michael J. Sandel

Justicia - Michael J. Sandel

Título: Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Título original: Justice: What’s the Right Thing to Do?

Autor: Michael J. Sandel (1953 – )

Año: 2009

Traductor: Juan Pedro Campos Gómez

Editorial: Debate

Páginas: 350

 

Valoración: 9 /10

 

Doy por sentado que usted se considera una persona de principios, y que está más o menos seguro de haber elegido esos principios libremente y en conformidad con la idea que tiene de justicia. No obstante, lo más probable es que nunca los haya sometido a un verdadero examen. De hecho, cada vez que nos encontramos ante un dilema moral, la mayoría de nosotros se posiciona casi por intuición o, en el mejor de los casos, tras llevar a cabo un análisis superficial de la cuestión. Rara vez nuestras opiniones son fruto de una reflexión profunda, y sin embargo estamos dispuestos a defenderlas ante cualquiera y a tomar por un borrego o por un caradura al que piense algo distinto. El resultado de esta manera de proceder nuestra lo puede observar cualquiera en los debates políticos que ofrecen por la noche algunos canales de televisión y por la mañana algunas emisoras de radio. Estos «debates» consisten en unos cuantos monólogos cruzados, o, por utilizar expresiones del propio Sandel, en «un intercambio de aserciones dogmáticas, una guerra de tartas ideológica», donde está claro que nadie va a convencer a nadie porque nadie está dispuesto a dejarse convencer, y lo mejor que se puede esperar es que los invitados guarden silencio durante los turnos de palabra.

Con semejante panorama, este libro supone un oasis intelectual para cualquiera que disfrute poniendo a prueba sus propias ideas. En él, Michael Sandel, que se ha convertido en uno de los profesores más conocidos del mundo gracias al curso sobre justicia que imparte en Harvard, echa mano de Aristóteles, John Stuart Mill, John Rawls, Kant, Rousseau y Alasdair MacIntyre, entre otros, para presentar diferentes formas de entender la justicia y la libertad, pero él mismo aclara al final del primer capítulo que «este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan».

Dos son, en mi opinión, las principales virtudes de Justicia. En primer lugar, el discurso del autor está salpicado de casos prácticos (algunos reales, otros hipotéticos) que atrapan la atención del lector, tanto si se ha interesado alguna vez por la filosofía como si no, y le obligan a ir y venir constantemente entre los juicios que adopta ante cada caso y los principios a los que se atiene; de esta forma, el lector acaba revisando ambos, juicios y principios, unos a la luz de los otros, porque, según Sandel, «la reflexión moral consiste en este ir cambiando de punto de vista, del propio del mundo de la acción al del reino de las razones, y de este, de nuevo a aquel». En segundo lugar, el autor demuestra una envidiable capacidad para adoptar en cada caso posturas contrapuestas y defenderlas con tal persuasión y tan buenos argumentos que el lector puede que se descubra más de una vez cambiando de opinión al compás de Sandel, mientras este se las arregla para esconder sus propias convicciones hasta casi el final. Lo hace así porque su objetivo no es decirnos lo que debemos pensar, sino zarandearnos un poco para quitarle el polvo a nuestros queridos principios y darnos la oportunidad de revisarlos en profundidad.

«La filosofía es algo demasiado importante para dejarla en manos de los filósofos». Ahora mismo no estoy seguro de si esta cita es del libro o de alguna de las conferencias de Michael Sandel que se pueden encontrar por internet, pero resume perfectamente lo que nos quiere dar a entender. Lo que se trata aquí no son temas que solo interesan a políticos o filósofos, ajenos al ciudadano común. Se debate sobre qué significa la libertad y qué es lo que consideramos justo. En otras palabras: se discute qué significa ser libres y cuál es la mejor forma de vivir en sociedad. Obviamente, estas son cuestiones que deberían preocuparnos a todos.

El viaje involuntario de un suicida por afición – Einzlkind

Título: El viaje involuntario de un suicida por afición

Título original: Harold

Autor: Einzlkind

Año: 2010

Traductor: Javier Sánchez-Arjona Voser

Editorial: Siruela

Páginas: 235

 

Valoración: 7 /10

 

A Harold le gusta ahorcarse una vez al mes en la entrada del pequeño edificio en el que vive, afición un tanto excéntrica con la que ya ni siquiera logra captar la atención de sus vecinos. Por lo demás, su vida transcurre sin mayores sobresaltos: trabaja como dependiente en la carnicería de un supermercado, presta el apoyo mínimo en las partidas de bridge que Mrs. Cardigan organiza semanalmente con sus amigas, y el resto del tiempo intenta disfrutarlo viendo películas anteriores a los 80 o escuchando música clásica en su casa, a salvo de cualquier interacción social.

Harold ve perturbada esta apacible abulia existencial el día en que pierde su trabajo, y se ve arrastrado definitivamente a los peligros del mundo exterior cuando, esa misma tarde, su nueva vecina le pide… bueno, le hace saber que va a quedarse al cargo de su hijo durante una semana, mientras ella se ocupa de un asunto urgente en Francia. Teniendo en cuenta las pocas habilidades sociales de Harold, semejante encomienda habría supuesto un compromiso incómodo si se hubiera tratado de un niño corriente, pero tratándose de Melvin, la expresión “compromiso incómodo” sólo puede aceptarse como un eufemismo irónico.

Melvin tiene once años, y se presenta de esta forma ante Harold: «Soy un erudito. […] Un genio. Tengo memoria fotográfica. Pero, a diferencia de la mayoría de los eruditos, no soy autista. Puedo ir solo en autobús y tengo capacidad para la contemplación. Para la dialéctica, en definitiva, ¿me sigue? No obstante, tengo ligeros rasgos de autismo y preferiría evitar todo tipo de contacto corporal. Basta con que me trate con respeto a una distancia prudencial. Creo que así nos podremos llevar bien. Al fin y al cabo, sólo son siete días». Y Melvin ya ha planificado lo que van a hacer Harold y él durante esa semana: van a buscar a su padre (al de Melvin; Harold es huérfano) por toda Inglaterra y parte de Irlanda.

La historia de Melvin y la búsqueda de sus orígenes no han llegado a interesarme en ningún momento. Entiéndanme: me intereso por el viaje que emprende con el pobre Harold para encontrar a su padre, pero sólo en la medida en que le sirve al autor para involucrar a sus personajes en situaciones que, siendo delicadas para ellos, devienen en pasajes de deliciosa comicidad para el lector. No creo que la carga sentimental de la historia, suponiendo que la tenga, le interese ni siquiera al autor (prueba de ello es el regalo final); lo único que importa aquí es que la pareja Harold-Melvin funciona de maravilla a nivel cómico (y no deja de tener mérito conseguir que un personaje resulte entrañable sin necesidad de hacerle hablar).

Para potenciar esa comicidad, el autor ha optado por un estilo elevado con tendencia a la hipérbole, un recurso que utiliza de forma similar Eduardo Mendoza o, salvando las distancias (que son importantes para un admirador del gran Plum), Wodehouse. Pero esta elección tiene un pequeño inconveniente: las intervenciones de Melvin, que hace gala de un estilo igualmente refinado, no resultan todo lo chocantes que debieran tratándose de un niño de esa edad, por la falta de contraste con el resto de la narración. Pero esto no impide disfrutar de su elocuencia y de los numerosos problemas que le reporta a su compañero de viaje. Sólo la tercera parte, la que corresponde al segundo día que pasan juntos, desmerece del resto.

Pocas pegas se le pueden poner a la traducción. Si acaso cabe preguntarse por qué el traductor (y el editor, que también pinta algo en esto) ha decidido explicar con la única nota al pie del libro una de las referencias más sencillas y, en cambio, ha dejado correr otras más interesantes, como la que apunta al evangelio de Juan en la página 88. En cuanto a la partida de ajedrez (posiblemente uno de los pasajes más gozosamente absurdos del libro), no creo que hubiera motivo (quizá me equivoco y sí lo había) para mantener, en la notación de las jugadas, las letras inglesas para designar las piezas. También esto se puede traducir sin problemas: K (King) = R (Rey), Q (Queen) = D (Dama), B (Bishop) = A (Alfil), N (Knight) = C (Caballo) y R (Rook) = T (Torre), si no me equivoco. Pero bueno, esto es ponerse muy quisquilloso. La traducción debe de haber sido complicada, y, a juzgar por la fluidez del texto en español, Javier Sánchez-Arjona ha debido de hacer un muy buen trabajo.

Yo de ustedes leería unas pocas páginas elegidas al azar (algo recomendable antes de decidirse a comprar cualquier libro, por otra parte) para ver si el humor del tal Einzlkind es de su agrado, y, si lo es, únanse al viaje.

Finnie Walsh – Steven Galloway

Título: Finnie Walsh

Título original: Finnie Walsh

Autor: Steven Galloway (1975 – )

Año: 2000

Traductor: Manuel Manzano Gómez

Editorial: El Aleph

Páginas: 183

 

Valoración: 5 /10

 

La todavía tierna amistad entre Paul Woodward y Finnie Walsh queda marcada por un grave accidente laboral que deja al padre de Paul incapacitado para seguir trabajando. Los chavales, que entonces tienen siete años, se sienten responsables de lo sucedido, y ese peso condicionará sus vidas, especialmente la de Finnie.

Es esta una de esas historias en las que conocemos y seguimos al personaje principal a través de la mirada reverente de su mejor amigo. En este caso es Paul Woodward quien nos cuenta la historia de Finnie Walsh. Huérfano de madre, e hijo del hombre más rico de la ciudad, Finnie desprecia cualquier indicio de ostentación, y se pasa el día con la humilde familia de su amigo. De hecho, parece entender al padre y a las hermanas de Paul mucho mejor que el propio Paul.

La ópera prima de Steven Galloway, del que ya se publicó en España El violonchelista de Sarajevo, se sitúa a mitad camino entre las películas más familiares de Rob Reiner y las de equipos deportivos juveniles que suelen poner en televisión a media tarde: es ligera, amena y bienintencionada, lo que no está mal; pero también excesivamente blanda y hueca. Galloway dota a todos sus personajes de algún rasgo peculiar: Bob Woodward, a raíz del accidente, se convierte en un hombre excéntrico que se pasa las horas en el porche leyendo todos los números de la National Geographic desde la creación de la revista; Pal, su vecino, anda desesperado porque alguien le roba una y otra vez, durante años, el brazo ortopédico; Louise, la hermana mayor de Paul, se muestra introvertida y poco sociable con todo el mundo menos con Finnie; y Sarah, la menor, es una niña rara que tiene premoniciones y va a todas partes con un chaleco salvavidas porque cree que morirá ahogada. Pero esto no les da profundidad. Como mucho, le sirve a Galloway para trazar en el argumento algunos caminos secundarios que, en general, acaba resolviendo de un modo poco original.

En mi opinión, esta novela habría hecho mejor papel en una colección de literatura juvenil. Y conste que esto es lo menos negativo que he dicho hasta ahora. Hay libros estupendos en las colecciones juveniles (véase Hoyos, de Louis Sachar, p.ej.) pero eso no significa que convenga sacarlos de esa «sección». En primer lugar, porque los chavales no accederían tan fácilmente a ellos (aunque cabe la posibilidad de hacer dos ediciones distintas); y en segundo, porque cuando un adulto se anima a leer algo clasificado como «literatura juvenil», está predispuesto a aceptar ciertas cosas, y de ese modo es menos probable que se sienta decepcionado con un libro como Finnie Walsh.

Una temporada para silbar – Ivan Doig

Título: Una temporada para silbar

Título original: The Whistling Season

Autor: Ivan Doig (1939-)

Año: 2006

Traductor: Juan Tafur

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 349

 

Valoración: 7 /10

 

Estamos en 1957. La Unión Soviética acaba de poner en órbita el Sputnik y el gobierno de EE.UU. considera necesaria una gran inversión en el programa espacial americano para no quedarse rezagados. Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, ha sido elegido para comunicar a los maestros y a las juntas escolares de todas las escuelas unitarias de Montana que están entre los afectados por los recortes implícitos en esa gran inversión: esto es, deben echar el cierre. El encargo es especialmente enojoso para Paul porque él mismo estudió en una de esas escuelas. De hecho, lo encontramos recorriendo la casa donde se crió, en un paseo nostálgico que lo devuelve (y a nosotros con él) al otoño de 1909. Más concretamente, al día en que el padre de Paul, sentado con sus tres hijos a la mesa de la cocina, decidió contratar a una ama de llaves que pusiera algo de orden en esa casa un año después de haber perdido a la señora Milliron.

Lo que sigue es una historia de corte clásico; literatura que yo llamaría «de valores», en la línea de obras como Matar a un ruiseñor o, volviendo sobre esta misma editorial (que gusta de estas novelas, ¿y quién no?), como Adiós, hasta mañana, Me voy con vosotros para siempre, Cuatro hermanas y El río de la vida. Por eso sorprende que esta novela sea de 2006; que un autor norteamericano haya escrito esta historia tan amable en una época en la que vende mucho más la malicia, la sordidez y la obscenidad (al margen de la menor o mayor calidad de las obras). Claro que la fotografía de la solapa ayuda a entenderlo mejor. Me resulta fácil imaginar a ese barbas de aspecto entrañable viviendo en una cabaña aislada por la naturaleza; gastando la mayor parte del tiempo junto a un río, con una pipa entre los dientes y una caña de pescar en las manos; hurtándose a los nuevos tiempos.

Para ser justos, la novela de Doig quizá iguale e incluso supere a la de Chappell, pero se queda uno o dos escalones por debajo de las otras que he citado. Pero es que esas otras son palabras mayores, y bastante mérito tiene ya evocarlas. En todo caso, y pese a unos cuantos giros no demasiado brillantes hacia el final, Ivan Doig ha creado una historia y unos personajes de los que perduran en la memoria más tiempo del que suele ser habitual.

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

Knockemstiff – Donald Ray Pollock

Título: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff

Autor: Donald Ray Pollock (1954 -)

Año: 2008

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 300

 

Valoración: 6 /10

 

En El ángel exterminador, la célebre película de Luis Buñuel, un grupo de burgueses acaba atrapado varios días en un salón del que, aparentemente, nada les impide salir. Algo similar ocurre en el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, un albañal en el que la voluntad de la gente parece haber sido captada por alguna fuerza oculta, condenándolos a pasar allí (sobrellevar, más bien) el resto de sus días. Y si alguien logra marcharse, es para meterse en un marrón mayor todavía (véase «El destino del pelo»).

Me he referido al lugar en el que están ambientados estos relatos como «el Knockemstiff de Donald Ray Pollock» porque dudo mucho que el Knockemstiff real, donde, según la nota biográfica, el autor nació y creció, tenga mucho que ver con el ficticio; y creo a Pollock cuando, en los agradecimientos, dice: «A pesar de que los relatos de este libro fueron inspirados por un lugar real, todos los personajes que aparecen son ficticios», por mucho que a continuación suene algo obligado: «Yo crecí en la hondonada, y mi familia y nuestros vecinos eran buena gente que nunca dudó en ayudar a nadie en caso de necesidad».

Por supuesto que hay personas tan desgraciadas como los personajes de este libro (y mucho más también), pero juntarlos a todos en el mismo pueblo (no sólo en el mismo pueblo: en una agrupación de casas ruinosas cerca de este) es algo que desafía al lector más crédulo. Por eso me gustaría saber en qué lugares piensa Kiko Amat cuando dice, en el prólogo, que este Knockemstiff podría estar «en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán». Más que nada para evitar parar a comer allí en próximos viajes (sobre todo si vienen críos).

Vaya por delante que en esta colección no hay un solo cuento malo. De hecho, hay algunos brillantes, y, en general, cualquiera de ellos, leído por separado, impactará al lector y le dejará un regusto a buena literatura. El problema viene cuando se juntan los dieciocho, formando un bloque sin respiraderos.

Porque, si todavía no lo ha leído en ningún sitio, sepa que estos cuentos son «violentos», «brutales», «terribles», «una parada de monstruos»; retratan a «basura blanca», «paletos perturbados», «violadores», «drogadictos»… Alguno de ellos acumula por sí solo tanta miseria, tanta desgracia, tanto cenizo, que me ha resultado imposible disfrutarlo porque se notaba en exceso la mano del autor ennegreciéndolo todo más de la cuenta.

En la portada del ejemplar que tengo de La fábrica de las avispas, se lee: «No apto para todos los públicos». Es de 1999. Recuerdo que me dio un poco de vergüenza comprarlo. El tipo que me cobró sintió curiosidad y se tomó un momento para leer la contraportada. Después me miró extrañado. Estuve a punto de enseñarle el carné de identidad. Quizá este libro debería llevar también esta advertencia, pero hoy en día (son sólo doce años, en realidad; pero qué años) si un chaval de, pongamos, quince se encontrase con una advertencia semejante en la portada de un libro, se descojonaría de la risa. Por eso no creo que Donald Ray Pollock haya sido tan ingenuo como para pretender escandalizar a nadie con la crudeza de estos relatos, pero sí parece que haya intentado encontrar un terreno propio extremando sus historias.

Yo me quedo con ese pobre infeliz posando para una foto junto al letrero de «Knockemstiff» y junto a la chica de la que está enamorado, mientras aguanta estoicamente el humillante aluvión de pullas que le lanzan la chica en cuestión y el chulo con el que se marcha para no volver (¿para no volver? ¿Es que acaso van a conseguir salir?). Posiblemente es el relato más light de todos, pero me gusta el triste patetismo de esa escena final y la tensión creciente que genera el encuentro entre dos mundos distintos: el de los toscos lugareños y el de esos dos turistas tocapelotas que se empeñan en fotografiarlos como si fueran atracciones de feria.

En definitiva, buen libro. Pero alguna pincelada de color de vez en cuando; algún golpe de suerte; un solo momento positivo en estas historias tan negras, le habrían dado algo de relieve; un contraste beneficioso; una rendija por la que respirar, vaya.

A lo que no se le puede poner pegas es a la cuidada edición: desde la traducción de Javier Calvo, hasta el curioso mapa ilustrado que, si uno estira sin miedo de la página adecuada, acaba por desplegarse. Pasando, cómo no, por la elección acertada de esa vista satélite para la cubierta; inquietante incluso antes de saber lo que nos espera.

Juliet, desnuda – Nick Hornby

Título: Juliet, desnuda

Título original: Juliet, Naked

Autor: Nick Hornby (1957-)

Año: 2009

Traductor: Jesús Zulaika Goicoechea

Editorial: Anagrama

Páginas: 349

 

Valoración: 6 /10

 

Como puede que alguno de ustedes aún no sepa nada del argumento, y yo no tengo pensado comentarlo en mi reseña, empezaré pegando la sinopsis de la editorial que, en este caso, me parece muy correcta:

Annie y Duncan están cerca de la cuarentena y son una pareja de hecho desde hace quince años. Viven en una pe­queña ciudad de la costa de Inglaterra, un lugar gris don­de antes veraneaba la clase obrera. Ambos son funciona­rios, llevan una vida tranquila de pequeños placeres, y parecen hechos el uno para el otro. Pero están en la fron­tera de la temida adultez, y a Annie le inquieta ese paso del tiempo sin pasión ni emoción en el que parecen hun­didos, la juventud que se acaba sin propuestas de futuro, y sobre todo, sin hijos. Porque toda la pasión de Duncan se concentra en Tucker Crowe, un músico americano que tras un espléndido álbum, Juliet, desapareció para siem­pre y vive recluido no se sabe dónde. Pero Annie, Duncan y el reaparecido Tucker comienzan a cruzarse por los ca­minos de internet, y también a encontrarse en la realidad más real, descubriendo que la vida nos da sorpresas y que todo, aun en el límite de la madurez, puede cambiar.

Dudo mucho que las dos novelas que he leído hasta ahora de Nick Hornby (En picado y Juliet, desnuda) puedan considerarse representativas de su obra (quizá sí de sus temas, pero espero que no de su calidad y profundidad), de modo que me abstendré de hacer una valoración general. Algún día (no sé cuándo; tengo otras preferencias ahora mismo), me acercaré a sus libros más famosos (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas y Un gran chico —traducida en su momento como Érase una vez un padre—) y ya les diré.

Con lo anterior no quiero dar a entender que En picado y Juliet, desnuda no me hayan gustado. Son novelas amables, entretenidas, bien escritas (Hornby, pese a toda la carga pop, tiene un estilo bastante clásico) y con personajes convincentes; pero tienen un gran defecto que, si bien puede pasar desapercibido durante la lectura, se hace patente una vez terminada: no dejan la más mínima huella.

Hay autores que llevan al extremo la teoría del iceberg de Hemingway, según la cual, lo más importante nunca se cuenta; la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión (en palabras de Ricardo Piglia). Carver es, seguramente, el más conocido. En algunos casos, el escritor, a fuerza de decir lo menos posible, acaba por no decir nada, y el resultado es una auténtica tomadura de pelo (entre los cuentos de Carver se pueden encontrar unos cuantos ejemplos, en mi opinión), pero si se utiliza con talento (y Carver lo hace en muchas ocasiones), el resultado es muy estimulante, porque el lector siente que participa en el juego. De hecho, él es quien debe completar la historia. Debe, siguiendo con la teoría de Hemingway, imaginar la mayor parte del iceberg. En mi caso, esto significa que me quedo un rato dándole vueltas al libro (dándole vueltas físicamente, quiero decir) mientras le doy vueltas (mentalmente) a la historia.

Juliet, desnuda (insisto en hablar de este libro en concreto y no del autor) se encuentra en el otro extremo. Nick Hornby analiza al detalle cada sentimiento y cada pensamiento de sus personajes. No deja ningún rincón oscuro de sus caracteres sin iluminar. No deja lugar a especulaciones. Nos lo da todo tan desmenuzado que no necesitamos masticar ni siquiera un poco. En resumen: Hornby no nos deja jugar; sólo nos deja verle jugar a él, y se equivoca si cree que eso es suficientemente divertido. Habrá lectores pasivos a los que les guste limitarse a mirar, pero yo me considero un lector activo, y me aburro si me lo dan todo hecho.

Si Juliet, desnuda no me ha dejado huella, es porque no he podido participar. Y, por lo tanto, no me he divertido. Ya ni siquiera recuerdo cómo acaba.

Ordeno y mando – Amélie Nothomb

Título: Ordeno y mando

Título original: Le fait du prince

Autora: Amélie Nothomb (1967-)

Año: 2008

Traductor: Sergi Pámies

Editorial: Anagrama

Páginas: 153

 

Valoración: 3 /10

 

Esta es la cuarta novela que leo de Amélie Nothomb, después de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos y Cosmética del enemigo. En ese orden, el interés que despertó en mí Estupor y temblores ha ido disminuyendo progresivamente hasta quedar en nada con este Ordeno y mando.

Y eso que el arranque del libro resulta atractivo: En el curso de una conversación que el protagonista, Baptiste Bordave, mantiene con un personaje al que acaba de conocer en una fiesta, este último le da un consejo extraño al primero: «Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía».  Al día siguiente, un hombre sube al piso de Baptiste con el pretexto de hacer una llamada de emergencia y, no bien ha marcado un número, cae muerto.

Desde luego, la historia puede tildarse de kafkiana, porque tiene todas las cualidades negativas implícitas en este calificativo (para mí, las hay) y ninguna de las positivas: la historia es, ciertamente, absurda (y estarán de acuerdo conmigo en que esto no es necesariamente positivo); es gris, muy gris, y como esta apreciación se fundamenta sobre todo en sensaciones, no me va a ser posible decir por qué me lo parece; quizá no sea opresiva, pero el protagonista acaba encerrándose en una mansión; en determinado momento, éste se convence de que le están espiando, y se siente amenazado, lógicamente (aunque su actitud no deja de ser despreocupada, por razones que argumentaré después); por último (y seguramente no es justo mezclar a Kafka con este punto, pero así termino la lista de características negativas), los personajes parecen moverse por un escenario sin decorados, es decir…

No soy un fanático de las descripciones exhaustivas y la detención morosa en los detalles, pero tampoco me gusta visualizar a los personajes moviéndose en medio de la nada, y esto es lo que me ha sucedido con Ordeno y mando. En el transcurso de la narración, sólo adquiere consistencia lo que entra en contacto directo con el protagonista: el coche del muerto (cualquiera diría que no hay nada más en la calle), el sofá en el que se pasa sentado casi todo el tiempo, y las personas (pocas) con las que habla. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una obra de teatro sin apenas escenografía.

Si a todo esto le sumamos que la intriga no llega a ponerse lo suficientemente interesante en ningún momento, ¿qué nos queda? Pues una fábula endeble y muy poco estimulante sobre un tipo anodino de vida rutinaria y gris al que se le presenta la oportunidad de usurpar la identidad de otro tipo con una vida a todas luces más intensa (ni Baptiste ni nosotros llegamos a saber a ciencia cierta en qué consiste esa vida, pero todo apunta a que está relacionada con negocios turbios), y la aprovecha, claro. ¿Por qué Baptiste mantiene la calma durante todo el libro? Porque está tan asqueado de lo que ha sido hasta entonces (y de estar tan solo, seguramente), que el hecho de correr peligro (y de preocuparle por fin a alguien) no deja de ser estimulante.

La prosa, construida con diálogos y una acumulación (desesperante en algunos pasajes) de frases cortas, es, para mi gusto, horrorosa; y no sé en qué proporción debe quedar repartida entre autora y traductor la responsabilidad de engendros como: «Lo que me dejó patidifuso hasta límites superlativos fue…» (p. 36) o «Cogí su mano, que resultó ser suave a morir.» (p. 49) (¿Es coña? ¿Es humor?)