Knockemstiff – Donald Ray Pollock

Título: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff

Autor: Donald Ray Pollock (1954 -)

Año: 2008

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 300

 

Valoración: 6 /10

 

En El ángel exterminador, la célebre película de Luis Buñuel, un grupo de burgueses acaba atrapado varios días en un salón del que, aparentemente, nada les impide salir. Algo similar ocurre en el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, un albañal en el que la voluntad de la gente parece haber sido captada por alguna fuerza oculta, condenándolos a pasar allí (sobrellevar, más bien) el resto de sus días. Y si alguien logra marcharse, es para meterse en un marrón mayor todavía (véase «El destino del pelo»).

Me he referido al lugar en el que están ambientados estos relatos como «el Knockemstiff de Donald Ray Pollock» porque dudo mucho que el Knockemstiff real, donde, según la nota biográfica, el autor nació y creció, tenga mucho que ver con el ficticio; y creo a Pollock cuando, en los agradecimientos, dice: «A pesar de que los relatos de este libro fueron inspirados por un lugar real, todos los personajes que aparecen son ficticios», por mucho que a continuación suene algo obligado: «Yo crecí en la hondonada, y mi familia y nuestros vecinos eran buena gente que nunca dudó en ayudar a nadie en caso de necesidad».

Por supuesto que hay personas tan desgraciadas como los personajes de este libro (y mucho más también), pero juntarlos a todos en el mismo pueblo (no sólo en el mismo pueblo: en una agrupación de casas ruinosas cerca de este) es algo que desafía al lector más crédulo. Por eso me gustaría saber en qué lugares piensa Kiko Amat cuando dice, en el prólogo, que este Knockemstiff podría estar «en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán». Más que nada para evitar parar a comer allí en próximos viajes (sobre todo si vienen críos).

Vaya por delante que en esta colección no hay un solo cuento malo. De hecho, hay algunos brillantes, y, en general, cualquiera de ellos, leído por separado, impactará al lector y le dejará un regusto a buena literatura. El problema viene cuando se juntan los dieciocho, formando un bloque sin respiraderos.

Porque, si todavía no lo ha leído en ningún sitio, sepa que estos cuentos son «violentos», «brutales», «terribles», «una parada de monstruos»; retratan a «basura blanca», «paletos perturbados», «violadores», «drogadictos»… Alguno de ellos acumula por sí solo tanta miseria, tanta desgracia, tanto cenizo, que me ha resultado imposible disfrutarlo porque se notaba en exceso la mano del autor ennegreciéndolo todo más de la cuenta.

En la portada del ejemplar que tengo de La fábrica de las avispas, se lee: «No apto para todos los públicos». Es de 1999. Recuerdo que me dio un poco de vergüenza comprarlo. El tipo que me cobró sintió curiosidad y se tomó un momento para leer la contraportada. Después me miró extrañado. Estuve a punto de enseñarle el carné de identidad. Quizá este libro debería llevar también esta advertencia, pero hoy en día (son sólo doce años, en realidad; pero qué años) si un chaval de, pongamos, quince se encontrase con una advertencia semejante en la portada de un libro, se descojonaría de la risa. Por eso no creo que Donald Ray Pollock haya sido tan ingenuo como para pretender escandalizar a nadie con la crudeza de estos relatos, pero sí parece que haya intentado encontrar un terreno propio extremando sus historias.

Yo me quedo con ese pobre infeliz posando para una foto junto al letrero de «Knockemstiff» y junto a la chica de la que está enamorado, mientras aguanta estoicamente el humillante aluvión de pullas que le lanzan la chica en cuestión y el chulo con el que se marcha para no volver (¿para no volver? ¿Es que acaso van a conseguir salir?). Posiblemente es el relato más light de todos, pero me gusta el triste patetismo de esa escena final y la tensión creciente que genera el encuentro entre dos mundos distintos: el de los toscos lugareños y el de esos dos turistas tocapelotas que se empeñan en fotografiarlos como si fueran atracciones de feria.

En definitiva, buen libro. Pero alguna pincelada de color de vez en cuando; algún golpe de suerte; un solo momento positivo en estas historias tan negras, le habrían dado algo de relieve; un contraste beneficioso; una rendija por la que respirar, vaya.

A lo que no se le puede poner pegas es a la cuidada edición: desde la traducción de Javier Calvo, hasta el curioso mapa ilustrado que, si uno estira sin miedo de la página adecuada, acaba por desplegarse. Pasando, cómo no, por la elección acertada de esa vista satélite para la cubierta; inquietante incluso antes de saber lo que nos espera.

En la juventud está el placer – Denton Welch


Título: En la juventud está el placer
Título original: In Youth is Pleasure
Autor: Denton Welch (1915-1948)
Año: 1945
Traductor: Albert Fuentes
Editorial: Alpha Decay
Páginas: 225
 
Valoración: 5 /10
 
 
 

Denton Welch es uno de esos escritores cuya biografía sienta una base magnífica para convertirse en autor de culto. A los veinte años fue atropellado por un coche cuando circulaba en bicicleta. Aunque este accidente no lo dejó paralítico, le provocó secuelas graves que, a la postre, derivaron en una tuberculosis que acabó con él cuando tenía solo 33 años. Y fue durante ese lapso de trece años cuando escribió, entre otros libros, A Maiden Voyage, In Youth is Pleasure y A Voice Through a Cloud; algo así como unas memorias noveladas.

Pese a que su obra ha sido alabada por escritores importantes, Denton Welch sigue siendo un desconocido para el gran público. No diré que no se merezca un poco más de fama (sobre todo habiendo leído sólo una de sus novelas), pero me temo que a los críticos les gusta demasiado dárselas de entendidos y marcar las distancias con el lector común; y nada mejor que alabar a un escritor de este tipo, sabiendo que todos los elogios del mundo no conseguirán que deje de ser minoritario. (Algo así como cantar las excelencias de un club exclusivo al que uno pertenece, con la tranquilidad de saber que ese club ya no acepta a nuevos socios).

Orvil Pym es un chico de quince años que se dispone a pasar el verano en un hotel de la campiña inglesa con su padre y sus dos hermanos mayores. Un verano que dedicará a buscar lugares donde estar solo y, a ser posible, en plena naturaleza. Algunos verán en el personaje de Orvil a un alma extremadamente sensible (estos son los que quizá disfruten con el libro), y otros verán, simplemente, a un chaval extremadamente infantil y un tanto… rarito (estos son los que tendrán que pelear con el sueño para no irse de bruces contra el libro).

El verano de Orvil Pym recuerda en muchos aspectos a los tres días que Holden Caulfield pasa en Nueva York sin atreverse a pisar su casa: tenemos a un adolescente de 15/17 años deambulando por el campo/la ciudad, recién salido de una escuela que aborrece y en la que no logra encajar (ni en esa ni en ninguna, en realidad); tenemos una ausencia presente todo el tiempo (madre/hermano), que tiñe de nostalgia el relato y reviste de profundidad casi todos los recuerdos aparentemente intrascendentes del chico. Que esos recuerdos, unidos a las ensoñaciones del protagonista y a las conversaciones y los sucesos más o menos triviales que nos cuenta, adquieran en conjunto algún significado y no se queden en una serie de gilipolleces (o, dicho de otra forma, en una tomadura de pelo) depende principalmente del talento del escritor, pero también, en gran medida, del grado de identificación que se establezca entre el lector y el protagonista. En mi caso, valoro la prosa melancólica y casi siempre bonita de Denton Welch, pero no he llegado a sentir complicidad con Orvil Pym en ningún momento. Así pues, y pese a todo lo que tienen en común, la novela de Salinger me ha conmovido todas las veces que la he leído, y la de Welch me ha aburrido bastante*. Aunque, eso sí, la escena final en el vagón de tren eleva un poco el nivel de todo el libro.

En la juventud está el placer también me ha hecho recordar El gran Meaulnes, pero creo que esta asociación está demasiado condicionada por la muerte también prematura de Alain-Fournier.

*Hay observaciones que no ayudan a mantener el interés: «Era alto, con una cara atractiva de color carne y un bigotito con una forma muy cuidada.» (p. 172)

A merced de la tempestad – Robertson Davies

Título: A merced de la tempestad

Título original: Tempest-Tost

Autor: Robertson Davies (1913 – 1995)

Año: 1951

Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 339

 

Valoración: 7 /10

 

Hector Mackilwraith, el personaje con más peso en esta novela coral, es un profesor de matemáticas respetado por todos (incluso por sus alumnos) que ha hecho de la planificación y el sentido común las guías de su vida. A los cuarenta años, y coincidiendo con la proposición de un ascenso al cuadro de examinadores del sistema provincial, más la perspectiva de un puesto en la Delegación Provincial de Educación («¡el paraíso musulmán de los maestros ambiciosos!»), el señor Mackilwraith se replantea su situación y decide que, si bien en lo laboral está logrando todo lo que quería, quizá ha descuidado un poco el aspecto social de su vida, de modo que difiere la decisión de aceptar el cargo y se las arregla para conseguir un pequeño papel en la obra de teatro que van a representar los aficionados del Teatro Joven de Salterton, del que es tesorero.

En esta obra también participa Griselda, la hija mayor del acaudalado George Alexander Webster (que se ve obligado a ceder su preciado jardín al grupo de aficionados), una joven atractiva de dieciocho años cortejada por varios jóvenes y que, como no podía ser de otra manera, se convertirá enseguida en el objeto de adoración de Hector. El problema es que éste, pese a tener muchos más años que los otros pretendientes, es también mucho más ingenuo e inexperto en esas lides y, en consecuencia, sufrirá más que ellos.

Si alguno de ustedes no cuenta con la garantía de haber leído anteriormente a Robertson Davies, y siente reparos (o, directamente, pánico, como yo) hacia las obras narrativas (ya sean cinematográficas o literarias) que giran en torno a otro arte, no debería alarmarse al leer la contraportada de este libro y ver que trata de un grupo de aficionados al teatro que se proponen representar La tempestad, pues esto no es más que un pretexto para juntar a un puñado muy variado de personajes en un ambiente bien conocido por el autor. La representación ocupa apenas unos pocos párrafos al final, así que no hay de qué preocuparse.

Davies debutó en la novela con esta obra, primera parte de lo que acabó siendo la Trilogía de Salterton, y lo hizo con mano firme. Claro que no era ningún jovencito bisoño. Tenía 38 años, experiencia de sobra como escritor en otros ámbitos (teatro, crítica, ensayo) y, para qué engañarnos, muchísimo talento. Además tuvo la prudencia de no acometer una obra ambiciosa. Decidió debutar con una comedia elegante y ligera. Una historia sencilla sobre un hombrecito vestido de gris que decide poner algo de color en su vida.

Desde que lo editó Libros del Asteroide, una de mis recomendaciones preferidas es El quinto en discordia. Fue lo primero que leí de Robertson Davies y uno de los libros más redondos que han aparecido por aquí en los últimos años. La historia de A merced de la tempestad no tiene el mismo nivel, pero leer a Davies es siempre un placer, porque su prosa alcanza un equilibrio casi milagroso entre riqueza y fluidez. Mejor dicho: la fluidez, en este caso, es fruto precisamente de la riqueza de la prosa y del talento de Davies para administrarla. Con el canadiense no cabe hablar de frases cortas o frases largas; cada una de sus frases tiene la medida y la cadencia necesarias para no llamar la atención.

Juliet, desnuda – Nick Hornby

Título: Juliet, desnuda

Título original: Juliet, Naked

Autor: Nick Hornby (1957-)

Año: 2009

Traductor: Jesús Zulaika Goicoechea

Editorial: Anagrama

Páginas: 349

 

Valoración: 6 /10

 

Como puede que alguno de ustedes aún no sepa nada del argumento, y yo no tengo pensado comentarlo en mi reseña, empezaré pegando la sinopsis de la editorial que, en este caso, me parece muy correcta:

Annie y Duncan están cerca de la cuarentena y son una pareja de hecho desde hace quince años. Viven en una pe­queña ciudad de la costa de Inglaterra, un lugar gris don­de antes veraneaba la clase obrera. Ambos son funciona­rios, llevan una vida tranquila de pequeños placeres, y parecen hechos el uno para el otro. Pero están en la fron­tera de la temida adultez, y a Annie le inquieta ese paso del tiempo sin pasión ni emoción en el que parecen hun­didos, la juventud que se acaba sin propuestas de futuro, y sobre todo, sin hijos. Porque toda la pasión de Duncan se concentra en Tucker Crowe, un músico americano que tras un espléndido álbum, Juliet, desapareció para siem­pre y vive recluido no se sabe dónde. Pero Annie, Duncan y el reaparecido Tucker comienzan a cruzarse por los ca­minos de internet, y también a encontrarse en la realidad más real, descubriendo que la vida nos da sorpresas y que todo, aun en el límite de la madurez, puede cambiar.

Dudo mucho que las dos novelas que he leído hasta ahora de Nick Hornby (En picado y Juliet, desnuda) puedan considerarse representativas de su obra (quizá sí de sus temas, pero espero que no de su calidad y profundidad), de modo que me abstendré de hacer una valoración general. Algún día (no sé cuándo; tengo otras preferencias ahora mismo), me acercaré a sus libros más famosos (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas y Un gran chico —traducida en su momento como Érase una vez un padre—) y ya les diré.

Con lo anterior no quiero dar a entender que En picado y Juliet, desnuda no me hayan gustado. Son novelas amables, entretenidas, bien escritas (Hornby, pese a toda la carga pop, tiene un estilo bastante clásico) y con personajes convincentes; pero tienen un gran defecto que, si bien puede pasar desapercibido durante la lectura, se hace patente una vez terminada: no dejan la más mínima huella.

Hay autores que llevan al extremo la teoría del iceberg de Hemingway, según la cual, lo más importante nunca se cuenta; la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión (en palabras de Ricardo Piglia). Carver es, seguramente, el más conocido. En algunos casos, el escritor, a fuerza de decir lo menos posible, acaba por no decir nada, y el resultado es una auténtica tomadura de pelo (entre los cuentos de Carver se pueden encontrar unos cuantos ejemplos, en mi opinión), pero si se utiliza con talento (y Carver lo hace en muchas ocasiones), el resultado es muy estimulante, porque el lector siente que participa en el juego. De hecho, él es quien debe completar la historia. Debe, siguiendo con la teoría de Hemingway, imaginar la mayor parte del iceberg. En mi caso, esto significa que me quedo un rato dándole vueltas al libro (dándole vueltas físicamente, quiero decir) mientras le doy vueltas (mentalmente) a la historia.

Juliet, desnuda (insisto en hablar de este libro en concreto y no del autor) se encuentra en el otro extremo. Nick Hornby analiza al detalle cada sentimiento y cada pensamiento de sus personajes. No deja ningún rincón oscuro de sus caracteres sin iluminar. No deja lugar a especulaciones. Nos lo da todo tan desmenuzado que no necesitamos masticar ni siquiera un poco. En resumen: Hornby no nos deja jugar; sólo nos deja verle jugar a él, y se equivoca si cree que eso es suficientemente divertido. Habrá lectores pasivos a los que les guste limitarse a mirar, pero yo me considero un lector activo, y me aburro si me lo dan todo hecho.

Si Juliet, desnuda no me ha dejado huella, es porque no he podido participar. Y, por lo tanto, no me he divertido. Ya ni siquiera recuerdo cómo acaba.

Ordeno y mando – Amélie Nothomb

Título: Ordeno y mando

Título original: Le fait du prince

Autora: Amélie Nothomb (1967-)

Año: 2008

Traductor: Sergi Pámies

Editorial: Anagrama

Páginas: 153

 

Valoración: 3 /10

 

Esta es la cuarta novela que leo de Amélie Nothomb, después de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos y Cosmética del enemigo. En ese orden, el interés que despertó en mí Estupor y temblores ha ido disminuyendo progresivamente hasta quedar en nada con este Ordeno y mando.

Y eso que el arranque del libro resulta atractivo: En el curso de una conversación que el protagonista, Baptiste Bordave, mantiene con un personaje al que acaba de conocer en una fiesta, este último le da un consejo extraño al primero: «Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía».  Al día siguiente, un hombre sube al piso de Baptiste con el pretexto de hacer una llamada de emergencia y, no bien ha marcado un número, cae muerto.

Desde luego, la historia puede tildarse de kafkiana, porque tiene todas las cualidades negativas implícitas en este calificativo (para mí, las hay) y ninguna de las positivas: la historia es, ciertamente, absurda (y estarán de acuerdo conmigo en que esto no es necesariamente positivo); es gris, muy gris, y como esta apreciación se fundamenta sobre todo en sensaciones, no me va a ser posible decir por qué me lo parece; quizá no sea opresiva, pero el protagonista acaba encerrándose en una mansión; en determinado momento, éste se convence de que le están espiando, y se siente amenazado, lógicamente (aunque su actitud no deja de ser despreocupada, por razones que argumentaré después); por último (y seguramente no es justo mezclar a Kafka con este punto, pero así termino la lista de características negativas), los personajes parecen moverse por un escenario sin decorados, es decir…

No soy un fanático de las descripciones exhaustivas y la detención morosa en los detalles, pero tampoco me gusta visualizar a los personajes moviéndose en medio de la nada, y esto es lo que me ha sucedido con Ordeno y mando. En el transcurso de la narración, sólo adquiere consistencia lo que entra en contacto directo con el protagonista: el coche del muerto (cualquiera diría que no hay nada más en la calle), el sofá en el que se pasa sentado casi todo el tiempo, y las personas (pocas) con las que habla. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una obra de teatro sin apenas escenografía.

Si a todo esto le sumamos que la intriga no llega a ponerse lo suficientemente interesante en ningún momento, ¿qué nos queda? Pues una fábula endeble y muy poco estimulante sobre un tipo anodino de vida rutinaria y gris al que se le presenta la oportunidad de usurpar la identidad de otro tipo con una vida a todas luces más intensa (ni Baptiste ni nosotros llegamos a saber a ciencia cierta en qué consiste esa vida, pero todo apunta a que está relacionada con negocios turbios), y la aprovecha, claro. ¿Por qué Baptiste mantiene la calma durante todo el libro? Porque está tan asqueado de lo que ha sido hasta entonces (y de estar tan solo, seguramente), que el hecho de correr peligro (y de preocuparle por fin a alguien) no deja de ser estimulante.

La prosa, construida con diálogos y una acumulación (desesperante en algunos pasajes) de frases cortas, es, para mi gusto, horrorosa; y no sé en qué proporción debe quedar repartida entre autora y traductor la responsabilidad de engendros como: «Lo que me dejó patidifuso hasta límites superlativos fue…» (p. 36) o «Cogí su mano, que resultó ser suave a morir.» (p. 49) (¿Es coña? ¿Es humor?)

Aventuras y desventuras del Chico Centella – Bill Bryson


Título: Aventuras y desventuras del Chico Centella
Título original: The Life and Times of the Thunderbolt Kid
Autor: Bill Bryson (1951-)
Año: 2006
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Editorial: RBA
Páginas: 332
 
Valoración: 8 /10
 

Si algo destaca en Bill Bryson es, sin duda, su sentido del humor. Un sentido del humor que consigue hacer amena su prosa independientemente de lo que esté contando: el origen del universo y algunas otras cosas que vinieron después (Breve historia de casi todo), un viaje por Australia (En las antípodas), o su infancia en la Norteamérica de los 50. (No me he acercado aún a Shakespeare)

Aventuras y desventuras del Chico Centella no puede leerse como una novela, por mucho que el título invite a ello, pero tampoco se trata de un ensayo sobre la América de los 50, como podría llegar a pensar alguien erróneamente  al leer el subtítulo añadido en el interior. Sí que hay fragmentos, incluso algún capítulo entero, dedicados al modo de vida americano en los 50 y a asuntos importantes a nivel mundial como la carrera espacial o los ensayos nucleares (otra carrera con los rusos, a fin de cuentas), pero la intención de Bryson en esos pasajes no es tanto hacer un repaso de lo acaecido en aquellos años como abundar en la fascinación ingenua con que la sociedad americana vivía aquellos avances, en algunos casos inquietantes (como el hecho de que al menos dos países, el suyo propio y la Unión Soviética —entonces el gran rival en todos los campos—, ya fueran capaces de acabar con cualquier otro país sin tomarse la molestia siquiera de pasarse por allí). Incluso la posibilidad de que una de sus ciudades (Nueva York, sin ir más lejos) pudiera ser borrada del mapa en cuestión de segundos les parecía más excitante que aterradora.

Pero las partes más jugosas, vayamos a lo que importa, son las que el autor consagra a su propia infancia y a su querida ciudad natal: Des Moines, Iowa. Son lo mejor del libro porque el lector no sólo disfruta con las innumerables anécdotas sino que, además, es plenamente consciente de lo mucho que disfruta el propio Bryson contándolas.

Si hemos de tomarnos esto como unas memorias reales, y parece que así es, llama la atención lo cabroncete que era Bill Bryson de pequeño; y aún más llamativo resulta lo poco complaciente que se muestra ya de adulto a la hora de pintar a muchas de las personas que conoció entonces. Me pregunto sinceramente qué cara pondrán, o habrán puesto ya, después de leer estas Aventuras… (Sí, bueno, el autor aclara que ha cambiado los nombres y tal pero ¿quién narices no va a reconocerse?). La sinceridad por encima de todo, de acuerdo, pero…

También es cierto que Bryson, para potenciar el humorismo en todo lo que cuenta, tiende a hiperbolizar la narración (les dejo un par de ejemplos al final), y cabe la posibilidad de que esto afecte también a la descripción de personajes e incluso, no me extrañaría, le lleve a inventarse algunos caracteres (no digamos ya algunas anécdotas).

Poco importa, en cualquier caso. El resultado son unas memorias divertidas, entrañables y, sobre todo, nostálgicas, en las que Bill Bryson recuerda con cariño una época (su infancia) y un lugar (Des Moines) que ya han quedado atrás: en el primer caso, por motivos evidentes; en el segundo, porque ha cambiado demasiado (y a peor, según él) para poder considerarlo el mismo lugar.

Si alguna pega se le puede poner al libro, es que el supuesto motivo (la chorrada esa del Chico Centella) no logra encajar en ningún momento en la narración y, a la postre, acaba teniendo tan poco peso que, personalmente, no creo que el título sea el más adecuado, por muy vistoso que resulte.

Si tuviera que quedarme con un solo capítulo, elegiría el ocho. Pero si se trata de aconsejarle a usted unas pocas páginas para leer en la misma librería y decidir si este libro puede gustarle o no, entonces vaya directamente a las cuatro primeras del capítulo 12 (pp. 257-260), dedicadas a un parque de atracciones llamado Riverview. Si no le hacen sonreír siquiera, no significa que tenga mal gusto (faltaría más; cada uno tiene sus gustos y casi todos son respetables) pero quizá no deba gastarse el dinero en este libro.

Los ejemplos que les prometí:

«La señora Vandermeister tenía setecientos años, quizás incluso ochocientos, y vivía permanentemente pegada a un taca taca de aluminio. Era una mujercita minúscula, encorvada, olvidadiza, lenta como los glaciares, maloliente (pero de una manera muy interesante) y prácticamente sorda. Una vez al día abandonaba su casa para ir al supermercado al volante de un coche del tamaño de un portaaviones. Tardaba unas dos horas en salir de casa y meterse en el coche, y otras dos horas en ponerlo en marcha y sacarlo a la calle.» (p. 198)

«Fueses adonde fueses, había siempre seiscientos niños, excepto allí donde confluían dos o más barrios (el Campo, por ejemplo), y entonces había que contarlos por millares. Recuerdo que una vez participé en un partido de hockey sobre hielo en el lago de Greenwood Park con otros cuatro mil niños, cada uno armado con su palo, y que duró al menos tres cuartos de hora antes de que nos diésemos cuenta de que no teníamos disco.» (p. 55)

Nadie es más de aquí que tú – Miranda July


Título: Nadie es más de aquí que tú
Título original: No One Belongs Here More Than You
Autora: Miranda July (1974-)
Año: 2007
Traductora: Silvia Barbero Marchena
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 218
 
Valoración: 3 /10
 
 

Miranda July es directora de cine, escritora y artista de performances. Dicho de otra forma, es una de esas personas que se sienten tan Artistas que necesitan tocar todos los campos, y además están convencidas de poseer una sensibilidad especial que garantizará la calidad de los resultados. Cierto es que en el caso de esta mujer, a juzgar por las críticas que reciben sus trabajos, no es la única que lo piensa. Pero en mi opinión, Miranda July mete todas las artes en el mismo saco y, utilizando medios distintos, ofrece las mismas banalidades.

Ya no recuerdo todas las cosas terriblemente originales que se decían y sucedían en su película Tú, yo y todos los demás, pero en los cuentos de Nadie es más de aquí que tú, los protagonistas, todos femeninos (menos uno, creo), hacen cosas como (son sólo unos pocos ejemplos): apoyar la cabeza y dormirse sobre el hombro de un hombre que acaba de sufrir  un ataque epiléptico; abrazar en diversas situaciones y con todas sus fuerzas a otra mujer sin casi mediar palabra; esconderse debajo de un escalón para imaginar a su amiga/amante cenando con… no me acuerdo, ¿qué más da?; tumbarse en el suelo boca abajo, presionando los labios contra la alfombra y cantar una canción; o, en el caso de una profesora, apoyar la cara en la pizarra y quedarse así unos minutos, para después escribir la palabra «Paz».

Sí, es así. ¿Creen que intento pintarlo más ridículo de lo que es? Pues ahí van unas líneas extraídas tal cual:

«Cuando se fue, me quedé de pie en medio del salón y decidí que estaba bien eso de quedarme allí durante todo el tiempo que quisiera. Pensé que tal vez me aburriría, pero no me aburrí, sino que sólo conseguí ponerme peor. Seguía agarrando el paño del polvo, y supe que si lo dejaba caer, sería capaz de moverme de nuevo. Pero mi mano estaba modelada para agarrar ese paño sucio de por vida.» (p. 155)

Estos momentos aparentemente intrascendentes esconden, seguramente, las claves para entender los cuentos o, al menos, el estado anímico de los personajes. Es sólo que (mea culpa, sin duda) carezco de la sensibilidad necesaria para captar esos detalles; me quedo en la superficie, sabe usted, y como no logro ver más que a una panoli sujetando un trapo en mitad del salón, pues, en el mejor de los casos, me aburro como una ostra, y, en el peor, me pongo de los nervios y me dan ganas de cerrar el libro para no abrirlo nunca más; pero no lo hago porque, invertido ya un buen rato en él, no quiero privarme de vapulearlo, y siempre hay alguien dispuesto a echarte en cara que te tomes la libertad de criticar un libro sin haberlo leído entero. (Una duda sobre esto último: ¿En un libro de doscientas páginas, pongamos por caso, pueden las cien últimas convertir en interesantes las cien primeras?)

Para terminar, unos cuantos datos intrascendentes pero llamativos: “Coño”s sólo aparecen dos, pero bien acompañados por cinco “vagina”s; “Polla”s tenemos hasta seis en este libro (contando con un “lamepollas”, término poco habitual por estos lares; ¿qué tenía la traductora contra “chupapollas”?); pero “Follar” se folla mucho, hasta catorce veces en diferentes formas (follando, follármelo, folló, follado, follón… vale, esta la he colado para hacer bulto). Raro es el cuento que no tiene su escenita sexual. ¿Y qué tengo en contra? Nada. Soy partidario de escribir sin remilgos. ¿De qué sirve evitar el uso de este tipo de expresiones? ¿Acaso no se usan en la realidad? Yo no suelo utilizarlas, para qué les voy a engañar, pero casi todo el mundo lo hace. Y no hay problema. Pero cuando me encuentro con un escritor que recurre a ellas de forma continuada, me pregunto si no será él quien tiene algún complejo extraño que lo inhabilita para escribir una historia sin contenido sexual. Ya no sin contenido sexual, sino, simplemente, sin términos vulgares.

Pese a todo, concedámosle una cosa a la señorita July: Tiene un sentido del humor que hace llevadera la lectura. Pero es lo único que puedo decir a su favor, y no quiero que ocupe más de tres líneas.
 
Valoración de cada relato:
 

  1. El patio común: 4
  2. El equipo de natación: 6
  3. Majestad: 6
  4. Un hombre en la escalera: 3
  5. La hermana: 5
  6. Esa persona: 6
  7. Fue un gesto romántico: 4
  8. Algo que no necesita nada: 5
  9. Beso una puerta: 2
  10. El niño de Lam Kien: 7
  11. Haciendo el amor en 2003: 1
  12. Diez verdades: 2
  13. Los movimientos: 0
  14. Mon plaisir: 4
  15. La marca de nacimiento: 2
  16. El arte de contar historias a los niños: 3

La oreja de Murdock – Castle Freeman


Título: La oreja de Murdock
Título original: Go With Me
Autor: Castle Freeman Jr.
Año: 2008
Traductor: Cruz Rodríguez Juiz
Editorial: Mondadori
Año de edición: 2009
Páginas: 160
 
Valoración: 7 /10
 
 

Lillian, una chica abandonada recientemente por su novio (un tal Kevin que, tras hacer algunos números, ha decidido que le salía más a cuenta salvar la vida que el orgullo), está siendo acosada por el matón del pueblo, un malvado legendario (en su pueblo, al menos) llamado Blackway. Los detalles de cómo se ha llegado a esta situación tan incómoda (incómoda para la chica y su novio, sobre todo) se los dejo en las 160 páginas del libro. No vayamos a destriparlo entero.

Viendo cómo están las cosas, la joven busca auxilio en la oficina del sheriff Wingate, pero este ni siquiera tiene que hacer números porque conoce bien a Blackway, así que rehuye el espinoso asunto de un modo desesperante hasta que decide enviarla a la sillería Dead River en busca de Scott Cavanaugh; en resumidas cuentas, en busca de una solución al margen de la ley (una solución que le deje a él al margen, vaya).

La chica se encuentra allí con Whizzer, Coop, DB y Conrad, cuatro talluditos sin más ocupación que beber cerveza y chismorrear. Scotty no está, y no se sabe cuándo volverá, pero Whizzer le ofrece a un par de escuderos que tiene trabajando para él: Lester Speed (un anciano cojo) y Nate el Grande (un corpulento joven sin demasiadas luces).

A partir de aquí, van alternándose (y complementándose mutuamente) los capítulos dedicados a narrar la búsqueda épica de Blackway y los que se quedan en la sillería transcribiendo las conversaciones de los cuatro amigachos.

Ahora es el momento de recuperar la referencia a Cormac McCarthy que he leído en todas las reseñas de este libro que circulan por la red. ¿Que el estilo seco de los diálogos recuerda un poco a McCarthy? Puede; pero Freeman no aburre a las ovejas, y eso es una diferencia importante que debería zanjar la cuestión. ¿Que usted es un fan de McCarthy y ahora mismo está leyendo esto con las manos en la cabeza y una mueca de asco? Lo siento, pero es que Meridiano de Sangre (sólo puedo hablar de las cien primeras páginas, en realidad) me aburrió de tal manera que no me acercaré nunca más a un libro de su querido amigo. (De acuerdo, con anterioridad había leído La Carretera y no estuvo mal del todo, pero no le añada ni una página más). ¿Que, por el contrario, comparte mi opinión? No sabe cuánto me alegro.

Los motivos que mueven a Lester y a Nate a aceptar el encargo de Whizzer (no son sus esclavos, al fin y al cabo, y conocen tan bien como los demás a Blackway) no llegan a estar claros en ningún momento. Respecto a Nate, puede que se sienta atraído desde el principio por Lillian, y parece convencido, como los demás, de que sus únicos caudales son su corpulencia y su valor, de modo que quizá se siente obligado a afrontar cualquier peligro con tal de que no se ponga en duda este último, a riesgo, incluso, de perder la vida. Pero los porqués de Lester se me antojan mucho menos simples, y, desde luego, lo más interesante del libro. Cada uno hará su lectura. La más fácil (y a veces lo fácil es lo correcto) es que nunca ha hecho nada reseñable y ve en la persecución de Blackway una última oportunidad; pero basta con rascar un poco para encontrar más. Sea como sea, Lester Speed se va erigiendo, a medida que avanza la historia, en el personaje principal de la misma, y para cuando logra encontrar a Blackway, todos confiamos en que ese viejo cojo acabará con él de una forma u otra.

Los capítulos de la sillería, por otra parte, son amenos y aportan información adicional sobre casi todos los personajes, además de explicarnos los antecedentes del caso Lillian-Blackway.

En definitiva, La oreja de Murdock es un libro ligero (los diálogos siempre parece que le quitan peso casi literalmente a un libro, y este está compuesto en un 40% por diálogos) y entretenido (2. Hace pasar agradablemente el tiempo), que no es poco; estupendo para un amante de las narraciones típicamente norteamericanas (de montaña, bares de carretera, rifles, violencia, etc…) que se vea con un fin de semana por delante y sin planes. Incluso si tiene planes, ¿cómo son? ¿Valen la pena?

Todo arrasado, todo quemado – Wells Tower


Título: Todo arrasado, todo quemado
Título original: Everything Ravaged, Everything Burned
Autor: Wells Tower (1973-)
Año: 2009
Traductor: Ismael Attrache Sánchez
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 272
 
Valoración: 6 /10
 
 

Estos nueve cuentos, que aparecieron por separado en distintas publicaciones antes de ser agrupados para conformar el debut editorial de su autor, Wells Tower (algo razonable y muy habitual en EEUU, lo de darse a conocer en revistas antes de firmar con una editorial, y que en España resulta impensable), tuvieron una acogida excelente, según parece, en su país. A mí me ha parecido una colección correcta, pero sin nada verdaderamente reseñable que justifique tantas alabanzas.

Los cinco primeros cuentos son los más sólidos, pero recuerdan en exceso a las historias de Tobias Wolff (los críticos se decantan más por Cheever y Carver, no sé por qué) y esto, aunque tiene, evidentemente, su lado positivo, les resta frescura. Claro que, visto lo que ocurre en los relatos siguientes, en los que Tower pierde o abandona la estela de Wolff, uno lo piensa mejor y llega a la conclusión de que seguir a un grande de cerca, aunque sea pisando exactamente donde ya ha pisado él, no parece tan mala idea, después de todo.

Sólo al final, en el cuento que da título al libro, Tower vuelve a levantar un poco el vuelo, y además lo hace con cierta originalidad, aunque sólo sea por lo vistoso de un relato corto sobre vikingos. Lástima que lo estropee con una reflexión final del protagonista (al estilo de: «no le hagas a los demás lo que no desees para ti») que, de tan simplona, resulta vergonzosa, incluso. (Esta crítica al final del último cuento, con la que un lector se ha mostrado en desacuerdo, está explicada con más detalle en los comentarios que siguen a la reseña.)

Lo que sí comparten todas las historias del libro es un pesimismo un tanto aburrido; porque a nadie le gusta escuchar a un amargado lamentarse de su mala suerte, y eso es lo que se tiene la sensación de estar haciendo durante toda la lectura.

Les dejo la valoración de cada relato:

1.      La costa marrón: 6

2.      Retiro: 7

3.      Ejecutores de energías importantes: 7

4.      A través del valle: 7.5

5.      Leopardo: 8

6.      El ojo tras la puerta: 3

7.      La América salvaje: 5

8.      En la feria: 5

9.      Todo arrasado, todo quemado: 7

Vida de este chico – Tobias Wolff


Título: Vida de este chico
Título original: This Boy’s Life: A Memoir
Autor: Tobias Wolff (1945-)
Año: 1989
Traductora: Maribel de Juan Guyatt
Editorial: Alfaguara
Páginas: 344
 
Valoración: 7 /10
 
 
 

La lectura de Vida de este chico, novela autobiográfica de Tobias Wolff —adaptada al cine por Michael Caton-Jones en 1993—, me ha confirmado algo que ya sabía: que el norteamericano es un gran escritor de cuentos.

Wolff nos habla aquí de su adolescencia en capítulos largos que podrían funcionar perfectamente como cuentos, pero el conjunto, en mi opinión, no funciona tan bien como novela.

Toby y su madre —que acaba de terminar una relación poco afortunada—, andan buscando un buen lugar donde establecerse y empezar de nuevo. En Seattle conocerán a Dwight, un mecánico con tres hijos que vive en la montaña, y la madre de Toby no tardará en enviarle a vivir con él mientras ella… no lo recuerdo bien, la verdad. Olvido rápidamente los argumentos y ya hace unos días que terminé el libro, pero dejémoslo en que el chaval hace de avanzadilla para tantear el terreno y enseguida comprueba que el tal Dwight es un tipo demasiado tendente a esa clase de violencia que echa raíces en los cobardes y se alimenta de la frustración y los complejos de éstos (esa que, al menos en España, es noticia una o dos veces a la semana).

Es difícil de entender, pues, por qué cuando, pasado un tiempo, la madre le pregunta al chico cómo le va y, en pocas palabras, le pide el visto bueno para casarse con Dwight, éste se lo da y no le advierte de dónde se está metiendo. La única explicación a esta y a otras decisiones absurdas del protagonista es la actitud abúlica en la que parece estancado.

Toby —o Jack, como decide llamarse durante un tiempo— da a entender que desea cambiar de vida y ascender en la escala social. En el fondo, según confiesa él mismo en varias ocasiones, desea ser un buen estudiante, ir a la universidad y vivir una vida convencional, pero en vista de que no logra destacar en los estudios —primer paso para alcanzar lo que busca— opta por disimular esta incapacidad revistiéndose de un aire rebelde, y acabará mintiendo, robando y viviendo, en definitiva, en una impostura continua.

Lo dicho del personaje hasta ahora puede parecer una crítica muy negativa del libro, pero en realidad es lo que más me gusta. Ese comportamiento estúpido nos confirma que Wolff está contando su propia vida, porque sólo alguien real puede cometer tantos errores.

«Me bautizaron en la semana de Pascua junto con varios otros niños de mi clase de catecismo. Con objeto de prepararnos para la comunión teníamos que confesarnos y la hermana James fijó una hora para que cada uno de nosotros fuésemos a la rectoría y ella nos acompañase hasta el confesionario. Nos esperaría fuera hasta que terminásemos y luego nos guiaría en la penitencia.

Pensé en qué debía confesar, pero no podía descomponer mi sensación de estar en falta para analizar sus componentes. Tratar de extraer de allí un pecado concreto era como pescar en un pantano, donde notas el tirón de algo que al principio te parece prometedor y luego resistente y por último imposible, cuando te das cuenta de que has enganchado el fondo, que tienes a todo el planeta en el otro extremo del sedal.»

El último capítulo, que a modo de epílogo nos cuenta qué fue de cada uno de los personajes en los años siguientes, podría habérselo ahorrado tranquilamente. Puede resultarle interesante a quien sienta curiosidad por conocer algo más de la vida del escritor, pero estropea la obra de ficción que he querido leer yo.