#literatura norteamericana

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

La versión de Barney – Mordecai Richler


Título: La versión de Barney
Título original: Barney’s Version
Autor: Mordecai Richler (1931 – 2001)
Año: 1997
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Editorial: Sexto Piso
Páginas: 580
 
Valoración: 8 /10
 
 
 

Barney Panofsky es un judío afincado en Montreal que ha hecho fortuna como productor de lo que él mismo considera televisión basura. Un sesentón aquejado de ciática, con problemas de próstata y fallos de memoria cada vez más frecuentes; fumador de habanos; alcohólico; apasionado del hockey sobre hielo; sospechoso de asesinato (condición esta de la que no lo libró la absolución del jurado); empecatado; provocador; con tres fracasos maritales sobre los hombros…

Para entendernos: si Barney Panofsky fuera nuestro abuelo, apenas lo conoceríamos, porque nuestros padres habrían procurado mantenernos alejados de su influencia; si fuera nuestro padre, tendríamos contacto telefónico con él de cuando en cuando, pero eso después de habernos instalado con nuestra propia familia a una distancia prudente (trescientos kilómetros ya están bien; pero tres mil, mucho mejor); si fuera nuestro suegro, evitaríamos , incluso, cogerle el teléfono, y nos echaríamos a temblar cada vez que nuestro marido/nuestra esposa se sintiese en la obligación de invitarlo a pasar unos días en casa (suerte que a ese viejo ya no hay quien lo arranque de Canadá); si fuera nuestro amigo, habríamos demostrado, como mínimo, poseer un carácter fuerte, y seguramente ya nos habríamos pegado con él en alguna ocasión sin menoscabo de nuestra amistad; y si fuera nuestro marido… bueno, ese sería el peor de los casos, porque Barney es uno de esos tipos corrosivos que van desgastando poco a poco a todo el que tienen cerca, aunque se trate del amor de su vida (eso por no mencionar que es capaz de enamorarse perdidamente el día de su boda, y no precisamente de su esposa).

Pero se da la feliz circunstancia de que el lector de esta magnífica novela está fuera del radio de acción de su protagonista, lo que significa que puede ponerse cómodo y disfrutar de la irreverencia, la mordacidad, y también la bondad del incorregible Barney Panofsky, que ha decidido ofrecernos su versión de los hechos, y advierte que lo va a hacer «exactamente como le venga en gana»: esto es, yendo adelante y atrás en el tiempo para relatarnos caprichosamente momentos más o menos relevantes de su vida hasta llegar al día clave en la casa del lago.

Lo que Barney pretende conseguir, principalmente (aunque quizá sea más apropiado decir «inicialmente»), es convencer a todo el mundo de que él no mató a Bernard «Boogie» Moscovitz; probar que, de hecho, no tenía ningún motivo para hacerlo. Pero da tantos rodeos antes de abordar el asunto en cuestión, que el resultado es un repaso a buena parte de su vida: desde que se fuera a París a principios de los 50 para, rodeado de artistas pero sin llegar a sentirse uno de ellos, disfrutar de la bohemia, hasta que, cumplidos los 67 años, el Alzheimer lo inhabilita para seguir con el manuscrito; quedando su primogénito, Michael, encargado de acotarlo y de ponerle un colofón triste con sorpresa final incluida.

A la postre, el león es menos fiero de lo que parecía, y La versión de Barney no es tanto un ajuste de cuentas con el pasado como el autorretrato brutalmente sincero de un hombre que se siente, sí, culpable, pero no precisamente de lo que se le imputa.

Terminada la lectura, cuesta aceptar que este libro, con madera de clásico, no ha sido escrito realmente por Barney Panofsky, sino por un tal Mordecai Richler que ha tenido el buen gusto y el talento suficientes para desaparecer, dejándonos a solas con su personaje.

Knockemstiff – Donald Ray Pollock

Título: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff

Autor: Donald Ray Pollock (1954 -)

Año: 2008

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 300

 

Valoración: 6 /10

 

En El ángel exterminador, la célebre película de Luis Buñuel, un grupo de burgueses acaba atrapado varios días en un salón del que, aparentemente, nada les impide salir. Algo similar ocurre en el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, un albañal en el que la voluntad de la gente parece haber sido captada por alguna fuerza oculta, condenándolos a pasar allí (sobrellevar, más bien) el resto de sus días. Y si alguien logra marcharse, es para meterse en un marrón mayor todavía (véase «El destino del pelo»).

Me he referido al lugar en el que están ambientados estos relatos como «el Knockemstiff de Donald Ray Pollock» porque dudo mucho que el Knockemstiff real, donde, según la nota biográfica, el autor nació y creció, tenga mucho que ver con el ficticio; y creo a Pollock cuando, en los agradecimientos, dice: «A pesar de que los relatos de este libro fueron inspirados por un lugar real, todos los personajes que aparecen son ficticios», por mucho que a continuación suene algo obligado: «Yo crecí en la hondonada, y mi familia y nuestros vecinos eran buena gente que nunca dudó en ayudar a nadie en caso de necesidad».

Por supuesto que hay personas tan desgraciadas como los personajes de este libro (y mucho más también), pero juntarlos a todos en el mismo pueblo (no sólo en el mismo pueblo: en una agrupación de casas ruinosas cerca de este) es algo que desafía al lector más crédulo. Por eso me gustaría saber en qué lugares piensa Kiko Amat cuando dice, en el prólogo, que este Knockemstiff podría estar «en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán». Más que nada para evitar parar a comer allí en próximos viajes (sobre todo si vienen críos).

Vaya por delante que en esta colección no hay un solo cuento malo. De hecho, hay algunos brillantes, y, en general, cualquiera de ellos, leído por separado, impactará al lector y le dejará un regusto a buena literatura. El problema viene cuando se juntan los dieciocho, formando un bloque sin respiraderos.

Porque, si todavía no lo ha leído en ningún sitio, sepa que estos cuentos son «violentos», «brutales», «terribles», «una parada de monstruos»; retratan a «basura blanca», «paletos perturbados», «violadores», «drogadictos»… Alguno de ellos acumula por sí solo tanta miseria, tanta desgracia, tanto cenizo, que me ha resultado imposible disfrutarlo porque se notaba en exceso la mano del autor ennegreciéndolo todo más de la cuenta.

En la portada del ejemplar que tengo de La fábrica de las avispas, se lee: «No apto para todos los públicos». Es de 1999. Recuerdo que me dio un poco de vergüenza comprarlo. El tipo que me cobró sintió curiosidad y se tomó un momento para leer la contraportada. Después me miró extrañado. Estuve a punto de enseñarle el carné de identidad. Quizá este libro debería llevar también esta advertencia, pero hoy en día (son sólo doce años, en realidad; pero qué años) si un chaval de, pongamos, quince se encontrase con una advertencia semejante en la portada de un libro, se descojonaría de la risa. Por eso no creo que Donald Ray Pollock haya sido tan ingenuo como para pretender escandalizar a nadie con la crudeza de estos relatos, pero sí parece que haya intentado encontrar un terreno propio extremando sus historias.

Yo me quedo con ese pobre infeliz posando para una foto junto al letrero de «Knockemstiff» y junto a la chica de la que está enamorado, mientras aguanta estoicamente el humillante aluvión de pullas que le lanzan la chica en cuestión y el chulo con el que se marcha para no volver (¿para no volver? ¿Es que acaso van a conseguir salir?). Posiblemente es el relato más light de todos, pero me gusta el triste patetismo de esa escena final y la tensión creciente que genera el encuentro entre dos mundos distintos: el de los toscos lugareños y el de esos dos turistas tocapelotas que se empeñan en fotografiarlos como si fueran atracciones de feria.

En definitiva, buen libro. Pero alguna pincelada de color de vez en cuando; algún golpe de suerte; un solo momento positivo en estas historias tan negras, le habrían dado algo de relieve; un contraste beneficioso; una rendija por la que respirar, vaya.

A lo que no se le puede poner pegas es a la cuidada edición: desde la traducción de Javier Calvo, hasta el curioso mapa ilustrado que, si uno estira sin miedo de la página adecuada, acaba por desplegarse. Pasando, cómo no, por la elección acertada de esa vista satélite para la cubierta; inquietante incluso antes de saber lo que nos espera.

A merced de la tempestad – Robertson Davies

Título: A merced de la tempestad

Título original: Tempest-Tost

Autor: Robertson Davies (1913 – 1995)

Año: 1951

Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 339

 

Valoración: 7 /10

 

Hector Mackilwraith, el personaje con más peso en esta novela coral, es un profesor de matemáticas respetado por todos (incluso por sus alumnos) que ha hecho de la planificación y el sentido común las guías de su vida. A los cuarenta años, y coincidiendo con la proposición de un ascenso al cuadro de examinadores del sistema provincial, más la perspectiva de un puesto en la Delegación Provincial de Educación («¡el paraíso musulmán de los maestros ambiciosos!»), el señor Mackilwraith se replantea su situación y decide que, si bien en lo laboral está logrando todo lo que quería, quizá ha descuidado un poco el aspecto social de su vida, de modo que difiere la decisión de aceptar el cargo y se las arregla para conseguir un pequeño papel en la obra de teatro que van a representar los aficionados del Teatro Joven de Salterton, del que es tesorero.

En esta obra también participa Griselda, la hija mayor del acaudalado George Alexander Webster (que se ve obligado a ceder su preciado jardín al grupo de aficionados), una joven atractiva de dieciocho años cortejada por varios jóvenes y que, como no podía ser de otra manera, se convertirá enseguida en el objeto de adoración de Hector. El problema es que éste, pese a tener muchos más años que los otros pretendientes, es también mucho más ingenuo e inexperto en esas lides y, en consecuencia, sufrirá más que ellos.

Si alguno de ustedes no cuenta con la garantía de haber leído anteriormente a Robertson Davies, y siente reparos (o, directamente, pánico, como yo) hacia las obras narrativas (ya sean cinematográficas o literarias) que giran en torno a otro arte, no debería alarmarse al leer la contraportada de este libro y ver que trata de un grupo de aficionados al teatro que se proponen representar La tempestad, pues esto no es más que un pretexto para juntar a un puñado muy variado de personajes en un ambiente bien conocido por el autor. La representación ocupa apenas unos pocos párrafos al final, así que no hay de qué preocuparse.

Davies debutó en la novela con esta obra, primera parte de lo que acabó siendo la Trilogía de Salterton, y lo hizo con mano firme. Claro que no era ningún jovencito bisoño. Tenía 38 años, experiencia de sobra como escritor en otros ámbitos (teatro, crítica, ensayo) y, para qué engañarnos, muchísimo talento. Además tuvo la prudencia de no acometer una obra ambiciosa. Decidió debutar con una comedia elegante y ligera. Una historia sencilla sobre un hombrecito vestido de gris que decide poner algo de color en su vida.

Desde que lo editó Libros del Asteroide, una de mis recomendaciones preferidas es El quinto en discordia. Fue lo primero que leí de Robertson Davies y uno de los libros más redondos que han aparecido por aquí en los últimos años. La historia de A merced de la tempestad no tiene el mismo nivel, pero leer a Davies es siempre un placer, porque su prosa alcanza un equilibrio casi milagroso entre riqueza y fluidez. Mejor dicho: la fluidez, en este caso, es fruto precisamente de la riqueza de la prosa y del talento de Davies para administrarla. Con el canadiense no cabe hablar de frases cortas o frases largas; cada una de sus frases tiene la medida y la cadencia necesarias para no llamar la atención.

Aventuras y desventuras del Chico Centella – Bill Bryson


Título: Aventuras y desventuras del Chico Centella
Título original: The Life and Times of the Thunderbolt Kid
Autor: Bill Bryson (1951-)
Año: 2006
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Editorial: RBA
Páginas: 332
 
Valoración: 8 /10
 

Si algo destaca en Bill Bryson es, sin duda, su sentido del humor. Un sentido del humor que consigue hacer amena su prosa independientemente de lo que esté contando: el origen del universo y algunas otras cosas que vinieron después (Breve historia de casi todo), un viaje por Australia (En las antípodas), o su infancia en la Norteamérica de los 50. (No me he acercado aún a Shakespeare)

Aventuras y desventuras del Chico Centella no puede leerse como una novela, por mucho que el título invite a ello, pero tampoco se trata de un ensayo sobre la América de los 50, como podría llegar a pensar alguien erróneamente  al leer el subtítulo añadido en el interior. Sí que hay fragmentos, incluso algún capítulo entero, dedicados al modo de vida americano en los 50 y a asuntos importantes a nivel mundial como la carrera espacial o los ensayos nucleares (otra carrera con los rusos, a fin de cuentas), pero la intención de Bryson en esos pasajes no es tanto hacer un repaso de lo acaecido en aquellos años como abundar en la fascinación ingenua con que la sociedad americana vivía aquellos avances, en algunos casos inquietantes (como el hecho de que al menos dos países, el suyo propio y la Unión Soviética —entonces el gran rival en todos los campos—, ya fueran capaces de acabar con cualquier otro país sin tomarse la molestia siquiera de pasarse por allí). Incluso la posibilidad de que una de sus ciudades (Nueva York, sin ir más lejos) pudiera ser borrada del mapa en cuestión de segundos les parecía más excitante que aterradora.

Pero las partes más jugosas, vayamos a lo que importa, son las que el autor consagra a su propia infancia y a su querida ciudad natal: Des Moines, Iowa. Son lo mejor del libro porque el lector no sólo disfruta con las innumerables anécdotas sino que, además, es plenamente consciente de lo mucho que disfruta el propio Bryson contándolas.

Si hemos de tomarnos esto como unas memorias reales, y parece que así es, llama la atención lo cabroncete que era Bill Bryson de pequeño; y aún más llamativo resulta lo poco complaciente que se muestra ya de adulto a la hora de pintar a muchas de las personas que conoció entonces. Me pregunto sinceramente qué cara pondrán, o habrán puesto ya, después de leer estas Aventuras… (Sí, bueno, el autor aclara que ha cambiado los nombres y tal pero ¿quién narices no va a reconocerse?). La sinceridad por encima de todo, de acuerdo, pero…

También es cierto que Bryson, para potenciar el humorismo en todo lo que cuenta, tiende a hiperbolizar la narración (les dejo un par de ejemplos al final), y cabe la posibilidad de que esto afecte también a la descripción de personajes e incluso, no me extrañaría, le lleve a inventarse algunos caracteres (no digamos ya algunas anécdotas).

Poco importa, en cualquier caso. El resultado son unas memorias divertidas, entrañables y, sobre todo, nostálgicas, en las que Bill Bryson recuerda con cariño una época (su infancia) y un lugar (Des Moines) que ya han quedado atrás: en el primer caso, por motivos evidentes; en el segundo, porque ha cambiado demasiado (y a peor, según él) para poder considerarlo el mismo lugar.

Si alguna pega se le puede poner al libro, es que el supuesto motivo (la chorrada esa del Chico Centella) no logra encajar en ningún momento en la narración y, a la postre, acaba teniendo tan poco peso que, personalmente, no creo que el título sea el más adecuado, por muy vistoso que resulte.

Si tuviera que quedarme con un solo capítulo, elegiría el ocho. Pero si se trata de aconsejarle a usted unas pocas páginas para leer en la misma librería y decidir si este libro puede gustarle o no, entonces vaya directamente a las cuatro primeras del capítulo 12 (pp. 257-260), dedicadas a un parque de atracciones llamado Riverview. Si no le hacen sonreír siquiera, no significa que tenga mal gusto (faltaría más; cada uno tiene sus gustos y casi todos son respetables) pero quizá no deba gastarse el dinero en este libro.

Los ejemplos que les prometí:

«La señora Vandermeister tenía setecientos años, quizás incluso ochocientos, y vivía permanentemente pegada a un taca taca de aluminio. Era una mujercita minúscula, encorvada, olvidadiza, lenta como los glaciares, maloliente (pero de una manera muy interesante) y prácticamente sorda. Una vez al día abandonaba su casa para ir al supermercado al volante de un coche del tamaño de un portaaviones. Tardaba unas dos horas en salir de casa y meterse en el coche, y otras dos horas en ponerlo en marcha y sacarlo a la calle.» (p. 198)

«Fueses adonde fueses, había siempre seiscientos niños, excepto allí donde confluían dos o más barrios (el Campo, por ejemplo), y entonces había que contarlos por millares. Recuerdo que una vez participé en un partido de hockey sobre hielo en el lago de Greenwood Park con otros cuatro mil niños, cada uno armado con su palo, y que duró al menos tres cuartos de hora antes de que nos diésemos cuenta de que no teníamos disco.» (p. 55)

Nadie es más de aquí que tú – Miranda July


Título: Nadie es más de aquí que tú
Título original: No One Belongs Here More Than You
Autora: Miranda July (1974-)
Año: 2007
Traductora: Silvia Barbero Marchena
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 218
 
Valoración: 3 /10
 
 

Miranda July es directora de cine, escritora y artista de performances. Dicho de otra forma, es una de esas personas que se sienten tan Artistas que necesitan tocar todos los campos, y además están convencidas de poseer una sensibilidad especial que garantizará la calidad de los resultados. Cierto es que en el caso de esta mujer, a juzgar por las críticas que reciben sus trabajos, no es la única que lo piensa. Pero en mi opinión, Miranda July mete todas las artes en el mismo saco y, utilizando medios distintos, ofrece las mismas banalidades.

Ya no recuerdo todas las cosas terriblemente originales que se decían y sucedían en su película Tú, yo y todos los demás, pero en los cuentos de Nadie es más de aquí que tú, los protagonistas, todos femeninos (menos uno, creo), hacen cosas como (son sólo unos pocos ejemplos): apoyar la cabeza y dormirse sobre el hombro de un hombre que acaba de sufrir  un ataque epiléptico; abrazar en diversas situaciones y con todas sus fuerzas a otra mujer sin casi mediar palabra; esconderse debajo de un escalón para imaginar a su amiga/amante cenando con… no me acuerdo, ¿qué más da?; tumbarse en el suelo boca abajo, presionando los labios contra la alfombra y cantar una canción; o, en el caso de una profesora, apoyar la cara en la pizarra y quedarse así unos minutos, para después escribir la palabra «Paz».

Sí, es así. ¿Creen que intento pintarlo más ridículo de lo que es? Pues ahí van unas líneas extraídas tal cual:

«Cuando se fue, me quedé de pie en medio del salón y decidí que estaba bien eso de quedarme allí durante todo el tiempo que quisiera. Pensé que tal vez me aburriría, pero no me aburrí, sino que sólo conseguí ponerme peor. Seguía agarrando el paño del polvo, y supe que si lo dejaba caer, sería capaz de moverme de nuevo. Pero mi mano estaba modelada para agarrar ese paño sucio de por vida.» (p. 155)

Estos momentos aparentemente intrascendentes esconden, seguramente, las claves para entender los cuentos o, al menos, el estado anímico de los personajes. Es sólo que (mea culpa, sin duda) carezco de la sensibilidad necesaria para captar esos detalles; me quedo en la superficie, sabe usted, y como no logro ver más que a una panoli sujetando un trapo en mitad del salón, pues, en el mejor de los casos, me aburro como una ostra, y, en el peor, me pongo de los nervios y me dan ganas de cerrar el libro para no abrirlo nunca más; pero no lo hago porque, invertido ya un buen rato en él, no quiero privarme de vapulearlo, y siempre hay alguien dispuesto a echarte en cara que te tomes la libertad de criticar un libro sin haberlo leído entero. (Una duda sobre esto último: ¿En un libro de doscientas páginas, pongamos por caso, pueden las cien últimas convertir en interesantes las cien primeras?)

Para terminar, unos cuantos datos intrascendentes pero llamativos: “Coño”s sólo aparecen dos, pero bien acompañados por cinco “vagina”s; “Polla”s tenemos hasta seis en este libro (contando con un “lamepollas”, término poco habitual por estos lares; ¿qué tenía la traductora contra “chupapollas”?); pero “Follar” se folla mucho, hasta catorce veces en diferentes formas (follando, follármelo, folló, follado, follón… vale, esta la he colado para hacer bulto). Raro es el cuento que no tiene su escenita sexual. ¿Y qué tengo en contra? Nada. Soy partidario de escribir sin remilgos. ¿De qué sirve evitar el uso de este tipo de expresiones? ¿Acaso no se usan en la realidad? Yo no suelo utilizarlas, para qué les voy a engañar, pero casi todo el mundo lo hace. Y no hay problema. Pero cuando me encuentro con un escritor que recurre a ellas de forma continuada, me pregunto si no será él quien tiene algún complejo extraño que lo inhabilita para escribir una historia sin contenido sexual. Ya no sin contenido sexual, sino, simplemente, sin términos vulgares.

Pese a todo, concedámosle una cosa a la señorita July: Tiene un sentido del humor que hace llevadera la lectura. Pero es lo único que puedo decir a su favor, y no quiero que ocupe más de tres líneas.
 
Valoración de cada relato:
 

  1. El patio común: 4
  2. El equipo de natación: 6
  3. Majestad: 6
  4. Un hombre en la escalera: 3
  5. La hermana: 5
  6. Esa persona: 6
  7. Fue un gesto romántico: 4
  8. Algo que no necesita nada: 5
  9. Beso una puerta: 2
  10. El niño de Lam Kien: 7
  11. Haciendo el amor en 2003: 1
  12. Diez verdades: 2
  13. Los movimientos: 0
  14. Mon plaisir: 4
  15. La marca de nacimiento: 2
  16. El arte de contar historias a los niños: 3

La oreja de Murdock – Castle Freeman


Título: La oreja de Murdock
Título original: Go With Me
Autor: Castle Freeman Jr.
Año: 2008
Traductor: Cruz Rodríguez Juiz
Editorial: Mondadori
Año de edición: 2009
Páginas: 160
 
Valoración: 7 /10
 
 

Lillian, una chica abandonada recientemente por su novio (un tal Kevin que, tras hacer algunos números, ha decidido que le salía más a cuenta salvar la vida que el orgullo), está siendo acosada por el matón del pueblo, un malvado legendario (en su pueblo, al menos) llamado Blackway. Los detalles de cómo se ha llegado a esta situación tan incómoda (incómoda para la chica y su novio, sobre todo) se los dejo en las 160 páginas del libro. No vayamos a destriparlo entero.

Viendo cómo están las cosas, la joven busca auxilio en la oficina del sheriff Wingate, pero este ni siquiera tiene que hacer números porque conoce bien a Blackway, así que rehuye el espinoso asunto de un modo desesperante hasta que decide enviarla a la sillería Dead River en busca de Scott Cavanaugh; en resumidas cuentas, en busca de una solución al margen de la ley (una solución que le deje a él al margen, vaya).

La chica se encuentra allí con Whizzer, Coop, DB y Conrad, cuatro talluditos sin más ocupación que beber cerveza y chismorrear. Scotty no está, y no se sabe cuándo volverá, pero Whizzer le ofrece a un par de escuderos que tiene trabajando para él: Lester Speed (un anciano cojo) y Nate el Grande (un corpulento joven sin demasiadas luces).

A partir de aquí, van alternándose (y complementándose mutuamente) los capítulos dedicados a narrar la búsqueda épica de Blackway y los que se quedan en la sillería transcribiendo las conversaciones de los cuatro amigachos.

Ahora es el momento de recuperar la referencia a Cormac McCarthy que he leído en todas las reseñas de este libro que circulan por la red. ¿Que el estilo seco de los diálogos recuerda un poco a McCarthy? Puede; pero Freeman no aburre a las ovejas, y eso es una diferencia importante que debería zanjar la cuestión. ¿Que usted es un fan de McCarthy y ahora mismo está leyendo esto con las manos en la cabeza y una mueca de asco? Lo siento, pero es que Meridiano de Sangre (sólo puedo hablar de las cien primeras páginas, en realidad) me aburrió de tal manera que no me acercaré nunca más a un libro de su querido amigo. (De acuerdo, con anterioridad había leído La Carretera y no estuvo mal del todo, pero no le añada ni una página más). ¿Que, por el contrario, comparte mi opinión? No sabe cuánto me alegro.

Los motivos que mueven a Lester y a Nate a aceptar el encargo de Whizzer (no son sus esclavos, al fin y al cabo, y conocen tan bien como los demás a Blackway) no llegan a estar claros en ningún momento. Respecto a Nate, puede que se sienta atraído desde el principio por Lillian, y parece convencido, como los demás, de que sus únicos caudales son su corpulencia y su valor, de modo que quizá se siente obligado a afrontar cualquier peligro con tal de que no se ponga en duda este último, a riesgo, incluso, de perder la vida. Pero los porqués de Lester se me antojan mucho menos simples, y, desde luego, lo más interesante del libro. Cada uno hará su lectura. La más fácil (y a veces lo fácil es lo correcto) es que nunca ha hecho nada reseñable y ve en la persecución de Blackway una última oportunidad; pero basta con rascar un poco para encontrar más. Sea como sea, Lester Speed se va erigiendo, a medida que avanza la historia, en el personaje principal de la misma, y para cuando logra encontrar a Blackway, todos confiamos en que ese viejo cojo acabará con él de una forma u otra.

Los capítulos de la sillería, por otra parte, son amenos y aportan información adicional sobre casi todos los personajes, además de explicarnos los antecedentes del caso Lillian-Blackway.

En definitiva, La oreja de Murdock es un libro ligero (los diálogos siempre parece que le quitan peso casi literalmente a un libro, y este está compuesto en un 40% por diálogos) y entretenido (2. Hace pasar agradablemente el tiempo), que no es poco; estupendo para un amante de las narraciones típicamente norteamericanas (de montaña, bares de carretera, rifles, violencia, etc…) que se vea con un fin de semana por delante y sin planes. Incluso si tiene planes, ¿cómo son? ¿Valen la pena?

Todo arrasado, todo quemado – Wells Tower


Título: Todo arrasado, todo quemado
Título original: Everything Ravaged, Everything Burned
Autor: Wells Tower (1973-)
Año: 2009
Traductor: Ismael Attrache Sánchez
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 272
 
Valoración: 6 /10
 
 

Estos nueve cuentos, que aparecieron por separado en distintas publicaciones antes de ser agrupados para conformar el debut editorial de su autor, Wells Tower (algo razonable y muy habitual en EEUU, lo de darse a conocer en revistas antes de firmar con una editorial, y que en España resulta impensable), tuvieron una acogida excelente, según parece, en su país. A mí me ha parecido una colección correcta, pero sin nada verdaderamente reseñable que justifique tantas alabanzas.

Los cinco primeros cuentos son los más sólidos, pero recuerdan en exceso a las historias de Tobias Wolff (los críticos se decantan más por Cheever y Carver, no sé por qué) y esto, aunque tiene, evidentemente, su lado positivo, les resta frescura. Claro que, visto lo que ocurre en los relatos siguientes, en los que Tower pierde o abandona la estela de Wolff, uno lo piensa mejor y llega a la conclusión de que seguir a un grande de cerca, aunque sea pisando exactamente donde ya ha pisado él, no parece tan mala idea, después de todo.

Sólo al final, en el cuento que da título al libro, Tower vuelve a levantar un poco el vuelo, y además lo hace con cierta originalidad, aunque sólo sea por lo vistoso de un relato corto sobre vikingos. Lástima que lo estropee con una reflexión final del protagonista (al estilo de: «no le hagas a los demás lo que no desees para ti») que, de tan simplona, resulta vergonzosa, incluso. (Esta crítica al final del último cuento, con la que un lector se ha mostrado en desacuerdo, está explicada con más detalle en los comentarios que siguen a la reseña.)

Lo que sí comparten todas las historias del libro es un pesimismo un tanto aburrido; porque a nadie le gusta escuchar a un amargado lamentarse de su mala suerte, y eso es lo que se tiene la sensación de estar haciendo durante toda la lectura.

Les dejo la valoración de cada relato:

1.      La costa marrón: 6

2.      Retiro: 7

3.      Ejecutores de energías importantes: 7

4.      A través del valle: 7.5

5.      Leopardo: 8

6.      El ojo tras la puerta: 3

7.      La América salvaje: 5

8.      En la feria: 5

9.      Todo arrasado, todo quemado: 7

Camino de Los Angeles – John Fante


Título: Camino de Los Angeles
Título original: The Road to Los Angeles
Autor: John Fante (1909-1983)
Año: 1983 (Escrito, al parecer, entre 1933 y 1936)
Traductor: Antonio-Prometeo Moya
Editorial: Anagrama
Páginas: 200
 
Valoración: 8 /10

 

Bandini vs Bandini

 

Lo primero que leí de John Fante fue Pregúntale al polvo, tercera novela de la saga Bandini (segunda en editarse), donde encontré al protagonista malviviendo en Los Angeles mientras intenta vender algún cuento. Recuerdo que me pareció un personaje ridículo, estúpido y desquiciado. Terminé el libro casi enfadado y sin ningún deseo de volver a leer a Fante.

No estaba seguro de por qué me había exasperado tanto aquel personaje llamado Arturo Bandini.

Unos años después, caí en la tentación de acercarme otra vez a Fante. Elegí, para colmo, otra novela de la tetralogía: Espera a la primavera, Bandini, y salí de ella igual de escarmentado pero, ahora sí, admitiendo ante mí mismo una atracción fatal por el personaje principal.

Se supone que Camino de Los Angeles es la primera novela de su autor, aunque se editó la última (póstumamente, de hecho), pero sitúa a Bandini cronológicamente entre las dos que ya he mencionado: Tiene dieciocho años, vive con su madre y su hermana en el puerto de Los Angeles, va dando tumbos de un trabajo a otro y saca de la biblioteca libros que no entiende porque cree que leer a los grandes pensadores es imprescindible para desmarcarse de la mediocridad que le rodea.

Aparentemente, Bandini es un personaje ansioso por salir de la miseria y encontrar cierto reconocimiento, y esto sería lo que le haría arremeter contra todo lo que encuentra en su camino y descargar su ira sobre las personas que tiene cerca; porque Bandini mete en el saco de lo que él considera mediocre a su madre, a su hermana, al catolicismo, a sus colegas «macarronis» y a cualquiera que le recuerde sus orígenes. A la postre, se mete en el saco a sí mismo.

Y de eso nos habla Fante, en realidad: de un tipo en batalla permanente consigo mismo. Un tipo enrabietado como un niño porque sabe que está haciendo las cosas mal, que está siendo injusto con todo el mundo y, además, pretende ser alguien que no es. En este sentido, me parece revelador y magnífico el capítulo dieciséis, en el que Bandini logra relajarse dentro del ropero evocando el olor «a rosarios e incienso, a lirios blancos de velatorio, a las alfombras de las iglesias de mi infancia, a cera y a ventanas altas y oscuras, a ancianas de negro arrodilladas en misa». Se recuerda a sí mismo en el confesionario, intentando sincerarse con el sacerdote.

Cuando quiere darse cuenta, tiene el pulgar metido en la boca. Se da cuenta de que ha bajado la guardia y, en un acceso de rabia, se perfora el dedo con los dientes y coge el primer vestido que tiene delante para hacerlo pedazos:

«Lo desgarré con las manos y los dientes, gruñendo como un perro rabioso, cayendo al suelo, poniéndome el vestido cruzado en las rodillas y dándole tirones furiosos, manchándolo con la sangre del dedo, insultándolo y riéndome de él conforme cedía ante mi fuerza y se rasgaba

Entonces me eché a llorar».

Arturo Bandini sigue exasperándome, pero ahora ya sé por qué. Me exaspera porque es el personaje de ficción más descarnado que conozco. Es incómodo porque se parece demasiado a una persona real. O mejor dicho: al alma de una persona real.