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Una temporada para silbar – Ivan Doig

Título: Una temporada para silbar

Título original: The Whistling Season

Autor: Ivan Doig (1939-)

Año: 2006

Traductor: Juan Tafur

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 349

 

Valoración: 7 /10

 

Estamos en 1957. La Unión Soviética acaba de poner en órbita el Sputnik y el gobierno de EE.UU. considera necesaria una gran inversión en el programa espacial americano para no quedarse rezagados. Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, ha sido elegido para comunicar a los maestros y a las juntas escolares de todas las escuelas unitarias de Montana que están entre los afectados por los recortes implícitos en esa gran inversión: esto es, deben echar el cierre. El encargo es especialmente enojoso para Paul porque él mismo estudió en una de esas escuelas. De hecho, lo encontramos recorriendo la casa donde se crió, en un paseo nostálgico que lo devuelve (y a nosotros con él) al otoño de 1909. Más concretamente, al día en que el padre de Paul, sentado con sus tres hijos a la mesa de la cocina, decidió contratar a una ama de llaves que pusiera algo de orden en esa casa un año después de haber perdido a la señora Milliron.

Lo que sigue es una historia de corte clásico; literatura que yo llamaría «de valores», en la línea de obras como Matar a un ruiseñor o, volviendo sobre esta misma editorial (que gusta de estas novelas, ¿y quién no?), como Adiós, hasta mañana, Me voy con vosotros para siempre, Cuatro hermanas y El río de la vida. Por eso sorprende que esta novela sea de 2006; que un autor norteamericano haya escrito esta historia tan amable en una época en la que vende mucho más la malicia, la sordidez y la obscenidad (al margen de la menor o mayor calidad de las obras). Claro que la fotografía de la solapa ayuda a entenderlo mejor. Me resulta fácil imaginar a ese barbas de aspecto entrañable viviendo en una cabaña aislada por la naturaleza; gastando la mayor parte del tiempo junto a un río, con una pipa entre los dientes y una caña de pescar en las manos; hurtándose a los nuevos tiempos.

Para ser justos, la novela de Doig quizá iguale e incluso supere a la de Chappell, pero se queda uno o dos escalones por debajo de las otras que he citado. Pero es que esas otras son palabras mayores, y bastante mérito tiene ya evocarlas. En todo caso, y pese a unos cuantos giros no demasiado brillantes hacia el final, Ivan Doig ha creado una historia y unos personajes de los que perduran en la memoria más tiempo del que suele ser habitual.

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

El koala asesino – Kenneth Cook

Título: El koala asesino

Título original: The Killer Koala

Autor: Kenneth Cook (1929 – 1987)

Año: 1986

Traductor: Federico Corriente Basús

Ilustraciones: Güido Sender Montes

Editorial: Sajalín

Páginas: 215

 

Valoración: 6 /10

 

A la espera de que Seix Barral publique este mismo mes Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), la obra más importante de Kenneth Cook, sirva de aperitivo esta pequeña colección de anécdotas que el autor decidió poner por escrito, aun a riesgo de que nadie las creyera, después de sus muchos viajes por los parajes más apartados de Australia.

El koala asesino (primer volumen de una serie que completan Wombat Revenge y Frill-necked Frenzy) es un libro ligero y ameno; para disfrutar, a ser posible, en un lugar que el lector relacione con el descanso. (Yo lo leí a ratos sueltos durante la Semana Santa). Una de esas lecturas que, al menos para mí, son necesarias de vez en cuando.

Asumida su condición de alegre entretenimiento sin pretensiones, el mayor pero de esta colección es que casi todos los relatos siguen un trazado idéntico:
 

  1. El autor tiene un amigo o conoce a alguien que está especializado en, o íntimamente relacionado con, alguna clase de animal: serpiente, cocodrilo, koala, camello, etc.
  2. Este conocido (un personaje, por lo general, peculiar y temerario) lo pondrá en contacto con el animal en cuestión. En la mayoría de las ocasiones, además, se tratará de un número de ejemplares ligeramente mayor de lo que el autor habría deseado.
  3. Este “contacto” resultará accidentado e hilarante, y acabará con el señor Cook milagrosamente ileso y arrepentido de haberse juntado una vez más con alguien que, a todas luces, está completamente loco.

En este esquema que, como digo, repiten con cierta monotonía la mayoría de relatos, también debería incluir, para ser justo, un primer párrafo que anticipa en pocas líneas lo que va a suceder de un modo realmente atractivo. Buenos ejemplos de ello son, además del párrafo que puede leerse en la contraportada o en la página de la editorial, estos tres arranques:

«Vic, el Hombre Serpiente, seguramente es el único hombre que jamás haya sobrevivido a los ataques sucesivos de una pitón y un taipán». (p. 71)

«Creo que puedo decir sin temor a equivocarme que soy el único escritor australiano que jamás le haya dado un enema a un elefante, y hasta podría ser el único escritor del mundo que lo haya hecho». (p. 81)

«A lo largo de mi vida he adoptado a varios perros callejeros, pero solo uno de ellos intentó matarme deliberadamente. Para ser justos, puede que no lo hiciera de forma deliberada; puede que estuviera trastornado. Pero eso no nos consoló demasiado a mí y a la media docena de otros hombres cuyas vidas puso en peligro». (p. 165)

¿Quién no seguiría leyendo?

Sobre la felicidad a ultranza – Ugo Cornia

Título: Sobre la felicidad a ultranza

Título original: Sulla felicità a oltranza

Autor: Ugo Cornia (1965-)

Año: 1999

Traductor: Francisco de Julio Carrobles

Editorial: Periférica

Páginas: 174

 

Valoración: 4 /10

 

Este libro ha sido un error. Un error mío, quiero decir.

Valiéndome de la información que me proporcionan la portada, la contraportada, la nota biográfica, lo que sé de la editorial (Gordon Lish y poco más, en este caso) y una lectura rápida de las primeras páginas, procuro determinar qué libros encajarán mejor en mi biblioteca (algo que, imagino, hace todo el mundo antes de gastarse el dinero en una librería). Pero con este me han fallado todas las alarmas.

La portada, empecemos por ahí, es atractiva y engañosa: La imagen de una familia americana (no es necesario percatarse del detalle, pero en el molinillo que sostiene la niña pueden distinguirse las barras y estrellas) que invita a pensar en barrios residenciales idílicos que no lo son tanto de puertas adentro. Esto, a su vez, me hace pensar en Cheever, en Carver, en Yates, en Wilson… y el libro logra captar mi atención. Una vez en mis manos, compruebo que se trata de una novela italiana, pero el primer control ya ha sido burlado.

En la contraportada, los editores admiten que es difícil hablar de Sobre la felicidad a ultranza,  y todavía no me explico por qué no volví a dejar el libro en su sitio inmediatamente (Es lo que suelo hacer cuando leo este tipo de cosas). Debía de andar muy distraído ese día, porque en la lectura superficial dejé correr este arranque de capítulo: «Seguramente, y sin que exista la menor sombra de duda, yo nunca estuve preparado para la desaparición de mis seres queridos». (p. 19)

Lo primero que debería saber quien esté pensando en comprar esta novela, por si compartiera mis gustos, es que se trata de una de esas narraciones (aunque de narración tiene bastante poco) que sobrevuelan la historia sin llegar a detenerse en ningún momento concreto (Cornia únicamente se demora en la parte trasera del coche en el que el protagonista pierde la virginidad). En estos casos, el resultado suele ser una sucesión de ocurrencias y frases supuestamente ingeniosas. Lo que algunos llaman una «paja mental». El escritor tiene que ser un verdadero genio para que valga la pena (y no es el caso). Por eso prefiero las narraciones que tocan tierra casi todo el tiempo; las que, por decirlo de alguna forma, “se ensucian”. Me gusta que las historias se construyan, principalmente, con diálogos, gestos, silencios y descripciones no demasiado pesadas; y, a poder ser, en lugares concretos: bares, cocinas, cunetas, parroquias, puticlubs… Para cerrar el libro con la sensación de haber estado «allí». En el caso de Sobre la felicidad a ultranza, ¿dónde he estado? ¿En la cabeza de Ugo Cornia? Pues no ha resultado muy estimulante.

Para más inri, el estilo es simplón y, por momentos, muy repetitivo. Algo que puede ser premeditado o no, pero no por eso deja de ser pobre, y en ningún caso debería generar horrores como este: «Sólo por el hecho de que mi madre, por lo visto, estaba muerta, de repente la muerte de mi madre le sirvió a más de uno para quitarle peso a un determinado comportamiento mío». (p. 45)

Otras cosas que pueden leerse en la contraportada:

«La felicidad que causa su lectura debe de parecerse al alivio terrenal de las personas de fe…». Ahí es nada. Me temo que «la felicidad que causa su lectura» debe de parecerse más a la que sienten algunos lectores de Bucay. Una sensación pasajera (¿dos, tres horas?) de saber vivir mejor. Quiero pensar que «el alivio terrenal de las personas de fe» es bastante más sólido.

«Si el Woody Allen más optimista hubiera sido italiano, habría escrito novelas como esta». Il corriere de la Sera. Definitivamente: no. Habrían sido mucho más divertidas. O, simplemente, divertidas.

«Entusiasta canto a la vida (…) sin cinismo alguno, sin mirar por encima del hombro al género humano». ¿Seguro? Será por la poca simpatía que me despierta el narrador (¿es el mismo Cornia o no?), pero a veces me ha parecido notar cierto resentimiento detrás de ese discurso “buenrollista”. ¿Cabe la posibilidad de que este libro no sea más que una sonrisa falsa; un «¿por qué coño me pasa todo esto a mí?» disfrazado de «¡mirad qué feliz soy pese a todo!»? Claro que igual le estoy atribuyendo al autor un mérito que no se merece. Sea como sea, no me interesa. Fallo mío, insisto.

Knockemstiff – Donald Ray Pollock

Título: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff

Autor: Donald Ray Pollock (1954 -)

Año: 2008

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 300

 

Valoración: 6 /10

 

En El ángel exterminador, la célebre película de Luis Buñuel, un grupo de burgueses acaba atrapado varios días en un salón del que, aparentemente, nada les impide salir. Algo similar ocurre en el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, un albañal en el que la voluntad de la gente parece haber sido captada por alguna fuerza oculta, condenándolos a pasar allí (sobrellevar, más bien) el resto de sus días. Y si alguien logra marcharse, es para meterse en un marrón mayor todavía (véase «El destino del pelo»).

Me he referido al lugar en el que están ambientados estos relatos como «el Knockemstiff de Donald Ray Pollock» porque dudo mucho que el Knockemstiff real, donde, según la nota biográfica, el autor nació y creció, tenga mucho que ver con el ficticio; y creo a Pollock cuando, en los agradecimientos, dice: «A pesar de que los relatos de este libro fueron inspirados por un lugar real, todos los personajes que aparecen son ficticios», por mucho que a continuación suene algo obligado: «Yo crecí en la hondonada, y mi familia y nuestros vecinos eran buena gente que nunca dudó en ayudar a nadie en caso de necesidad».

Por supuesto que hay personas tan desgraciadas como los personajes de este libro (y mucho más también), pero juntarlos a todos en el mismo pueblo (no sólo en el mismo pueblo: en una agrupación de casas ruinosas cerca de este) es algo que desafía al lector más crédulo. Por eso me gustaría saber en qué lugares piensa Kiko Amat cuando dice, en el prólogo, que este Knockemstiff podría estar «en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán». Más que nada para evitar parar a comer allí en próximos viajes (sobre todo si vienen críos).

Vaya por delante que en esta colección no hay un solo cuento malo. De hecho, hay algunos brillantes, y, en general, cualquiera de ellos, leído por separado, impactará al lector y le dejará un regusto a buena literatura. El problema viene cuando se juntan los dieciocho, formando un bloque sin respiraderos.

Porque, si todavía no lo ha leído en ningún sitio, sepa que estos cuentos son «violentos», «brutales», «terribles», «una parada de monstruos»; retratan a «basura blanca», «paletos perturbados», «violadores», «drogadictos»… Alguno de ellos acumula por sí solo tanta miseria, tanta desgracia, tanto cenizo, que me ha resultado imposible disfrutarlo porque se notaba en exceso la mano del autor ennegreciéndolo todo más de la cuenta.

En la portada del ejemplar que tengo de La fábrica de las avispas, se lee: «No apto para todos los públicos». Es de 1999. Recuerdo que me dio un poco de vergüenza comprarlo. El tipo que me cobró sintió curiosidad y se tomó un momento para leer la contraportada. Después me miró extrañado. Estuve a punto de enseñarle el carné de identidad. Quizá este libro debería llevar también esta advertencia, pero hoy en día (son sólo doce años, en realidad; pero qué años) si un chaval de, pongamos, quince se encontrase con una advertencia semejante en la portada de un libro, se descojonaría de la risa. Por eso no creo que Donald Ray Pollock haya sido tan ingenuo como para pretender escandalizar a nadie con la crudeza de estos relatos, pero sí parece que haya intentado encontrar un terreno propio extremando sus historias.

Yo me quedo con ese pobre infeliz posando para una foto junto al letrero de «Knockemstiff» y junto a la chica de la que está enamorado, mientras aguanta estoicamente el humillante aluvión de pullas que le lanzan la chica en cuestión y el chulo con el que se marcha para no volver (¿para no volver? ¿Es que acaso van a conseguir salir?). Posiblemente es el relato más light de todos, pero me gusta el triste patetismo de esa escena final y la tensión creciente que genera el encuentro entre dos mundos distintos: el de los toscos lugareños y el de esos dos turistas tocapelotas que se empeñan en fotografiarlos como si fueran atracciones de feria.

En definitiva, buen libro. Pero alguna pincelada de color de vez en cuando; algún golpe de suerte; un solo momento positivo en estas historias tan negras, le habrían dado algo de relieve; un contraste beneficioso; una rendija por la que respirar, vaya.

A lo que no se le puede poner pegas es a la cuidada edición: desde la traducción de Javier Calvo, hasta el curioso mapa ilustrado que, si uno estira sin miedo de la página adecuada, acaba por desplegarse. Pasando, cómo no, por la elección acertada de esa vista satélite para la cubierta; inquietante incluso antes de saber lo que nos espera.

A merced de la tempestad – Robertson Davies

Título: A merced de la tempestad

Título original: Tempest-Tost

Autor: Robertson Davies (1913 – 1995)

Año: 1951

Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 339

 

Valoración: 7 /10

 

Hector Mackilwraith, el personaje con más peso en esta novela coral, es un profesor de matemáticas respetado por todos (incluso por sus alumnos) que ha hecho de la planificación y el sentido común las guías de su vida. A los cuarenta años, y coincidiendo con la proposición de un ascenso al cuadro de examinadores del sistema provincial, más la perspectiva de un puesto en la Delegación Provincial de Educación («¡el paraíso musulmán de los maestros ambiciosos!»), el señor Mackilwraith se replantea su situación y decide que, si bien en lo laboral está logrando todo lo que quería, quizá ha descuidado un poco el aspecto social de su vida, de modo que difiere la decisión de aceptar el cargo y se las arregla para conseguir un pequeño papel en la obra de teatro que van a representar los aficionados del Teatro Joven de Salterton, del que es tesorero.

En esta obra también participa Griselda, la hija mayor del acaudalado George Alexander Webster (que se ve obligado a ceder su preciado jardín al grupo de aficionados), una joven atractiva de dieciocho años cortejada por varios jóvenes y que, como no podía ser de otra manera, se convertirá enseguida en el objeto de adoración de Hector. El problema es que éste, pese a tener muchos más años que los otros pretendientes, es también mucho más ingenuo e inexperto en esas lides y, en consecuencia, sufrirá más que ellos.

Si alguno de ustedes no cuenta con la garantía de haber leído anteriormente a Robertson Davies, y siente reparos (o, directamente, pánico, como yo) hacia las obras narrativas (ya sean cinematográficas o literarias) que giran en torno a otro arte, no debería alarmarse al leer la contraportada de este libro y ver que trata de un grupo de aficionados al teatro que se proponen representar La tempestad, pues esto no es más que un pretexto para juntar a un puñado muy variado de personajes en un ambiente bien conocido por el autor. La representación ocupa apenas unos pocos párrafos al final, así que no hay de qué preocuparse.

Davies debutó en la novela con esta obra, primera parte de lo que acabó siendo la Trilogía de Salterton, y lo hizo con mano firme. Claro que no era ningún jovencito bisoño. Tenía 38 años, experiencia de sobra como escritor en otros ámbitos (teatro, crítica, ensayo) y, para qué engañarnos, muchísimo talento. Además tuvo la prudencia de no acometer una obra ambiciosa. Decidió debutar con una comedia elegante y ligera. Una historia sencilla sobre un hombrecito vestido de gris que decide poner algo de color en su vida.

Desde que lo editó Libros del Asteroide, una de mis recomendaciones preferidas es El quinto en discordia. Fue lo primero que leí de Robertson Davies y uno de los libros más redondos que han aparecido por aquí en los últimos años. La historia de A merced de la tempestad no tiene el mismo nivel, pero leer a Davies es siempre un placer, porque su prosa alcanza un equilibrio casi milagroso entre riqueza y fluidez. Mejor dicho: la fluidez, en este caso, es fruto precisamente de la riqueza de la prosa y del talento de Davies para administrarla. Con el canadiense no cabe hablar de frases cortas o frases largas; cada una de sus frases tiene la medida y la cadencia necesarias para no llamar la atención.

Juliet, desnuda – Nick Hornby

Título: Juliet, desnuda

Título original: Juliet, Naked

Autor: Nick Hornby (1957-)

Año: 2009

Traductor: Jesús Zulaika Goicoechea

Editorial: Anagrama

Páginas: 349

 

Valoración: 6 /10

 

Como puede que alguno de ustedes aún no sepa nada del argumento, y yo no tengo pensado comentarlo en mi reseña, empezaré pegando la sinopsis de la editorial que, en este caso, me parece muy correcta:

Annie y Duncan están cerca de la cuarentena y son una pareja de hecho desde hace quince años. Viven en una pe­queña ciudad de la costa de Inglaterra, un lugar gris don­de antes veraneaba la clase obrera. Ambos son funciona­rios, llevan una vida tranquila de pequeños placeres, y parecen hechos el uno para el otro. Pero están en la fron­tera de la temida adultez, y a Annie le inquieta ese paso del tiempo sin pasión ni emoción en el que parecen hun­didos, la juventud que se acaba sin propuestas de futuro, y sobre todo, sin hijos. Porque toda la pasión de Duncan se concentra en Tucker Crowe, un músico americano que tras un espléndido álbum, Juliet, desapareció para siem­pre y vive recluido no se sabe dónde. Pero Annie, Duncan y el reaparecido Tucker comienzan a cruzarse por los ca­minos de internet, y también a encontrarse en la realidad más real, descubriendo que la vida nos da sorpresas y que todo, aun en el límite de la madurez, puede cambiar.

Dudo mucho que las dos novelas que he leído hasta ahora de Nick Hornby (En picado y Juliet, desnuda) puedan considerarse representativas de su obra (quizá sí de sus temas, pero espero que no de su calidad y profundidad), de modo que me abstendré de hacer una valoración general. Algún día (no sé cuándo; tengo otras preferencias ahora mismo), me acercaré a sus libros más famosos (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas y Un gran chico —traducida en su momento como Érase una vez un padre—) y ya les diré.

Con lo anterior no quiero dar a entender que En picado y Juliet, desnuda no me hayan gustado. Son novelas amables, entretenidas, bien escritas (Hornby, pese a toda la carga pop, tiene un estilo bastante clásico) y con personajes convincentes; pero tienen un gran defecto que, si bien puede pasar desapercibido durante la lectura, se hace patente una vez terminada: no dejan la más mínima huella.

Hay autores que llevan al extremo la teoría del iceberg de Hemingway, según la cual, lo más importante nunca se cuenta; la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión (en palabras de Ricardo Piglia). Carver es, seguramente, el más conocido. En algunos casos, el escritor, a fuerza de decir lo menos posible, acaba por no decir nada, y el resultado es una auténtica tomadura de pelo (entre los cuentos de Carver se pueden encontrar unos cuantos ejemplos, en mi opinión), pero si se utiliza con talento (y Carver lo hace en muchas ocasiones), el resultado es muy estimulante, porque el lector siente que participa en el juego. De hecho, él es quien debe completar la historia. Debe, siguiendo con la teoría de Hemingway, imaginar la mayor parte del iceberg. En mi caso, esto significa que me quedo un rato dándole vueltas al libro (dándole vueltas físicamente, quiero decir) mientras le doy vueltas (mentalmente) a la historia.

Juliet, desnuda (insisto en hablar de este libro en concreto y no del autor) se encuentra en el otro extremo. Nick Hornby analiza al detalle cada sentimiento y cada pensamiento de sus personajes. No deja ningún rincón oscuro de sus caracteres sin iluminar. No deja lugar a especulaciones. Nos lo da todo tan desmenuzado que no necesitamos masticar ni siquiera un poco. En resumen: Hornby no nos deja jugar; sólo nos deja verle jugar a él, y se equivoca si cree que eso es suficientemente divertido. Habrá lectores pasivos a los que les guste limitarse a mirar, pero yo me considero un lector activo, y me aburro si me lo dan todo hecho.

Si Juliet, desnuda no me ha dejado huella, es porque no he podido participar. Y, por lo tanto, no me he divertido. Ya ni siquiera recuerdo cómo acaba.

Ordeno y mando – Amélie Nothomb

Título: Ordeno y mando

Título original: Le fait du prince

Autora: Amélie Nothomb (1967-)

Año: 2008

Traductor: Sergi Pámies

Editorial: Anagrama

Páginas: 153

 

Valoración: 3 /10

 

Esta es la cuarta novela que leo de Amélie Nothomb, después de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos y Cosmética del enemigo. En ese orden, el interés que despertó en mí Estupor y temblores ha ido disminuyendo progresivamente hasta quedar en nada con este Ordeno y mando.

Y eso que el arranque del libro resulta atractivo: En el curso de una conversación que el protagonista, Baptiste Bordave, mantiene con un personaje al que acaba de conocer en una fiesta, este último le da un consejo extraño al primero: «Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía».  Al día siguiente, un hombre sube al piso de Baptiste con el pretexto de hacer una llamada de emergencia y, no bien ha marcado un número, cae muerto.

Desde luego, la historia puede tildarse de kafkiana, porque tiene todas las cualidades negativas implícitas en este calificativo (para mí, las hay) y ninguna de las positivas: la historia es, ciertamente, absurda (y estarán de acuerdo conmigo en que esto no es necesariamente positivo); es gris, muy gris, y como esta apreciación se fundamenta sobre todo en sensaciones, no me va a ser posible decir por qué me lo parece; quizá no sea opresiva, pero el protagonista acaba encerrándose en una mansión; en determinado momento, éste se convence de que le están espiando, y se siente amenazado, lógicamente (aunque su actitud no deja de ser despreocupada, por razones que argumentaré después); por último (y seguramente no es justo mezclar a Kafka con este punto, pero así termino la lista de características negativas), los personajes parecen moverse por un escenario sin decorados, es decir…

No soy un fanático de las descripciones exhaustivas y la detención morosa en los detalles, pero tampoco me gusta visualizar a los personajes moviéndose en medio de la nada, y esto es lo que me ha sucedido con Ordeno y mando. En el transcurso de la narración, sólo adquiere consistencia lo que entra en contacto directo con el protagonista: el coche del muerto (cualquiera diría que no hay nada más en la calle), el sofá en el que se pasa sentado casi todo el tiempo, y las personas (pocas) con las que habla. Uno tiene la sensación de estar asistiendo a una obra de teatro sin apenas escenografía.

Si a todo esto le sumamos que la intriga no llega a ponerse lo suficientemente interesante en ningún momento, ¿qué nos queda? Pues una fábula endeble y muy poco estimulante sobre un tipo anodino de vida rutinaria y gris al que se le presenta la oportunidad de usurpar la identidad de otro tipo con una vida a todas luces más intensa (ni Baptiste ni nosotros llegamos a saber a ciencia cierta en qué consiste esa vida, pero todo apunta a que está relacionada con negocios turbios), y la aprovecha, claro. ¿Por qué Baptiste mantiene la calma durante todo el libro? Porque está tan asqueado de lo que ha sido hasta entonces (y de estar tan solo, seguramente), que el hecho de correr peligro (y de preocuparle por fin a alguien) no deja de ser estimulante.

La prosa, construida con diálogos y una acumulación (desesperante en algunos pasajes) de frases cortas, es, para mi gusto, horrorosa; y no sé en qué proporción debe quedar repartida entre autora y traductor la responsabilidad de engendros como: «Lo que me dejó patidifuso hasta límites superlativos fue…» (p. 36) o «Cogí su mano, que resultó ser suave a morir.» (p. 49) (¿Es coña? ¿Es humor?)

Camino de Los Angeles – John Fante


Título: Camino de Los Angeles
Título original: The Road to Los Angeles
Autor: John Fante (1909-1983)
Año: 1983 (Escrito, al parecer, entre 1933 y 1936)
Traductor: Antonio-Prometeo Moya
Editorial: Anagrama
Páginas: 200
 
Valoración: 8 /10

 

Bandini vs Bandini

 

Lo primero que leí de John Fante fue Pregúntale al polvo, tercera novela de la saga Bandini (segunda en editarse), donde encontré al protagonista malviviendo en Los Angeles mientras intenta vender algún cuento. Recuerdo que me pareció un personaje ridículo, estúpido y desquiciado. Terminé el libro casi enfadado y sin ningún deseo de volver a leer a Fante.

No estaba seguro de por qué me había exasperado tanto aquel personaje llamado Arturo Bandini.

Unos años después, caí en la tentación de acercarme otra vez a Fante. Elegí, para colmo, otra novela de la tetralogía: Espera a la primavera, Bandini, y salí de ella igual de escarmentado pero, ahora sí, admitiendo ante mí mismo una atracción fatal por el personaje principal.

Se supone que Camino de Los Angeles es la primera novela de su autor, aunque se editó la última (póstumamente, de hecho), pero sitúa a Bandini cronológicamente entre las dos que ya he mencionado: Tiene dieciocho años, vive con su madre y su hermana en el puerto de Los Angeles, va dando tumbos de un trabajo a otro y saca de la biblioteca libros que no entiende porque cree que leer a los grandes pensadores es imprescindible para desmarcarse de la mediocridad que le rodea.

Aparentemente, Bandini es un personaje ansioso por salir de la miseria y encontrar cierto reconocimiento, y esto sería lo que le haría arremeter contra todo lo que encuentra en su camino y descargar su ira sobre las personas que tiene cerca; porque Bandini mete en el saco de lo que él considera mediocre a su madre, a su hermana, al catolicismo, a sus colegas «macarronis» y a cualquiera que le recuerde sus orígenes. A la postre, se mete en el saco a sí mismo.

Y de eso nos habla Fante, en realidad: de un tipo en batalla permanente consigo mismo. Un tipo enrabietado como un niño porque sabe que está haciendo las cosas mal, que está siendo injusto con todo el mundo y, además, pretende ser alguien que no es. En este sentido, me parece revelador y magnífico el capítulo dieciséis, en el que Bandini logra relajarse dentro del ropero evocando el olor «a rosarios e incienso, a lirios blancos de velatorio, a las alfombras de las iglesias de mi infancia, a cera y a ventanas altas y oscuras, a ancianas de negro arrodilladas en misa». Se recuerda a sí mismo en el confesionario, intentando sincerarse con el sacerdote.

Cuando quiere darse cuenta, tiene el pulgar metido en la boca. Se da cuenta de que ha bajado la guardia y, en un acceso de rabia, se perfora el dedo con los dientes y coge el primer vestido que tiene delante para hacerlo pedazos:

«Lo desgarré con las manos y los dientes, gruñendo como un perro rabioso, cayendo al suelo, poniéndome el vestido cruzado en las rodillas y dándole tirones furiosos, manchándolo con la sangre del dedo, insultándolo y riéndome de él conforme cedía ante mi fuerza y se rasgaba

Entonces me eché a llorar».

Arturo Bandini sigue exasperándome, pero ahora ya sé por qué. Me exaspera porque es el personaje de ficción más descarnado que conozco. Es incómodo porque se parece demasiado a una persona real. O mejor dicho: al alma de una persona real.

Wodehouse. El humor en estado puro.

P. G. Wodehouse

P.G. Wodehouse. 1904

Hace poco tiempo, di con una página dedicada por completo a P.G. Wodehouse. Lleva por título Sociedad de Fomento Los Zánganos, y en ella tres argentinos ponen a disposición de todo el mundo sus propias traducciones de cuentos y novelas del autor inéditas en español, a más de amplia información sobre lo que sí se ha editado. Todo apunta a que realizan esta labor por amor al arte (el arte de traducir a Wodehouse, en este caso; que, al decir de estos tres sujetos con pinta de bonachones, tiene su miga y no siempre se ha hecho con el mimo necesario). Este sitio es de visita (estancia) obligada para cualquier hispanohablante que disfrute con la prosa y los enredos del autor inglés. Muchas veces he intentado dar una buena explicación de por qué yo disfruto tanto con ellos, pero me resulta siempre complicado. Si no tuviera miedo a parecer cursi, diría simplemente que leer a Wodehouse me hace feliz, y dejaría el asunto más o menos zanjado.

En esta página, por fin, encontré la explicación perfecta. La da uno de sus creadores (Alejandro “Lord Belpher” Murgia), y les animo a que la lean entera. Yo voy a copiar aquí lo esencial:

«Tan acostumbrados estamos a que el humor se presente asociado a la malicia, a la ironía mordaz, a la irreverencia agresiva, o a esa velada arrogancia intelectual hija del desamor, que el luminoso mundo de Wodehouse resulta, para usar una palabreja de moda que le habría causado gracia, desestructurante: nos descoloca.

Pareciera que Wodehouse se hubiese propuesto tomar el humor y depurarlo meticulosamente de componentes espurios. Fuera todo lo que sea sarcasmo y escarnio: sarcasmo y escarnio tienen la apariencia del humor, pero su fondo es amargo. Fuera todo lo burdo y lo grosero, esa búsqueda de la carcajada fácil e insustancial que esconde páramos imaginativos. Fuera los juegos de palabras y los chistes, esas triquiñuelas del lenguaje que por afán de amenizar una narración la vuelven ripiosa.

Pareciera que imponiéndose a sí mismo tantas restricciones, Wodehouse ha de quedar arrinconado. ¿Qué queda del humor si le sacamos todo lo anterior? Pues bien, es difícil para mí discernir qué es lo que queda, pero allí está, brillando en la obra del buen Plum: yo lo denomino humor en estado puro. Un humor que no es contra nadie, un humor que nos reconcilia, que nos da alas, que aligera el corazón, que descorre por un momento el velo de los pesados nubarrones de esta vida para dejarnos atisbar un fragmento de cielo».