#No Ficción

Justicia – Michael J. Sandel

Justicia - Michael J. Sandel

Título: Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Título original: Justice: What’s the Right Thing to Do?

Autor: Michael J. Sandel (1953 – )

Año: 2009

Traductor: Juan Pedro Campos Gómez

Editorial: Debate

Páginas: 350

 

Valoración: 9 /10

 

Doy por sentado que usted se considera una persona de principios, y que está más o menos seguro de haber elegido esos principios libremente y en conformidad con la idea que tiene de justicia. No obstante, lo más probable es que nunca los haya sometido a un verdadero examen. De hecho, cada vez que nos encontramos ante un dilema moral, la mayoría de nosotros se posiciona casi por intuición o, en el mejor de los casos, tras llevar a cabo un análisis superficial de la cuestión. Rara vez nuestras opiniones son fruto de una reflexión profunda, y sin embargo estamos dispuestos a defenderlas ante cualquiera y a tomar por un borrego o por un caradura al que piense algo distinto. El resultado de esta manera de proceder nuestra lo puede observar cualquiera en los debates políticos que ofrecen por la noche algunos canales de televisión y por la mañana algunas emisoras de radio. Estos «debates» consisten en unos cuantos monólogos cruzados, o, por utilizar expresiones del propio Sandel, en «un intercambio de aserciones dogmáticas, una guerra de tartas ideológica», donde está claro que nadie va a convencer a nadie porque nadie está dispuesto a dejarse convencer, y lo mejor que se puede esperar es que los invitados guarden silencio durante los turnos de palabra.

Con semejante panorama, este libro supone un oasis intelectual para cualquiera que disfrute poniendo a prueba sus propias ideas. En él, Michael Sandel, que se ha convertido en uno de los profesores más conocidos del mundo gracias al curso sobre justicia que imparte en Harvard, echa mano de Aristóteles, John Stuart Mill, John Rawls, Kant, Rousseau y Alasdair MacIntyre, entre otros, para presentar diferentes formas de entender la justicia y la libertad, pero él mismo aclara al final del primer capítulo que «este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan».

Dos son, en mi opinión, las principales virtudes de Justicia. En primer lugar, el discurso del autor está salpicado de casos prácticos (algunos reales, otros hipotéticos) que atrapan la atención del lector, tanto si se ha interesado alguna vez por la filosofía como si no, y le obligan a ir y venir constantemente entre los juicios que adopta ante cada caso y los principios a los que se atiene; de esta forma, el lector acaba revisando ambos, juicios y principios, unos a la luz de los otros, porque, según Sandel, «la reflexión moral consiste en este ir cambiando de punto de vista, del propio del mundo de la acción al del reino de las razones, y de este, de nuevo a aquel». En segundo lugar, el autor demuestra una envidiable capacidad para adoptar en cada caso posturas contrapuestas y defenderlas con tal persuasión y tan buenos argumentos que el lector puede que se descubra más de una vez cambiando de opinión al compás de Sandel, mientras este se las arregla para esconder sus propias convicciones hasta casi el final. Lo hace así porque su objetivo no es decirnos lo que debemos pensar, sino zarandearnos un poco para quitarle el polvo a nuestros queridos principios y darnos la oportunidad de revisarlos en profundidad.

«La filosofía es algo demasiado importante para dejarla en manos de los filósofos». Ahora mismo no estoy seguro de si esta cita es del libro o de alguna de las conferencias de Michael Sandel que se pueden encontrar por internet, pero resume perfectamente lo que nos quiere dar a entender. Lo que se trata aquí no son temas que solo interesan a políticos o filósofos, ajenos al ciudadano común. Se debate sobre qué significa la libertad y qué es lo que consideramos justo. En otras palabras: se discute qué significa ser libres y cuál es la mejor forma de vivir en sociedad. Obviamente, estas son cuestiones que deberían preocuparnos a todos.

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

El koala asesino – Kenneth Cook

Título: El koala asesino

Título original: The Killer Koala

Autor: Kenneth Cook (1929 – 1987)

Año: 1986

Traductor: Federico Corriente Basús

Ilustraciones: Güido Sender Montes

Editorial: Sajalín

Páginas: 215

 

Valoración: 6 /10

 

A la espera de que Seix Barral publique este mismo mes Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), la obra más importante de Kenneth Cook, sirva de aperitivo esta pequeña colección de anécdotas que el autor decidió poner por escrito, aun a riesgo de que nadie las creyera, después de sus muchos viajes por los parajes más apartados de Australia.

El koala asesino (primer volumen de una serie que completan Wombat Revenge y Frill-necked Frenzy) es un libro ligero y ameno; para disfrutar, a ser posible, en un lugar que el lector relacione con el descanso. (Yo lo leí a ratos sueltos durante la Semana Santa). Una de esas lecturas que, al menos para mí, son necesarias de vez en cuando.

Asumida su condición de alegre entretenimiento sin pretensiones, el mayor pero de esta colección es que casi todos los relatos siguen un trazado idéntico:
 

  1. El autor tiene un amigo o conoce a alguien que está especializado en, o íntimamente relacionado con, alguna clase de animal: serpiente, cocodrilo, koala, camello, etc.
  2. Este conocido (un personaje, por lo general, peculiar y temerario) lo pondrá en contacto con el animal en cuestión. En la mayoría de las ocasiones, además, se tratará de un número de ejemplares ligeramente mayor de lo que el autor habría deseado.
  3. Este “contacto” resultará accidentado e hilarante, y acabará con el señor Cook milagrosamente ileso y arrepentido de haberse juntado una vez más con alguien que, a todas luces, está completamente loco.

En este esquema que, como digo, repiten con cierta monotonía la mayoría de relatos, también debería incluir, para ser justo, un primer párrafo que anticipa en pocas líneas lo que va a suceder de un modo realmente atractivo. Buenos ejemplos de ello son, además del párrafo que puede leerse en la contraportada o en la página de la editorial, estos tres arranques:

«Vic, el Hombre Serpiente, seguramente es el único hombre que jamás haya sobrevivido a los ataques sucesivos de una pitón y un taipán». (p. 71)

«Creo que puedo decir sin temor a equivocarme que soy el único escritor australiano que jamás le haya dado un enema a un elefante, y hasta podría ser el único escritor del mundo que lo haya hecho». (p. 81)

«A lo largo de mi vida he adoptado a varios perros callejeros, pero solo uno de ellos intentó matarme deliberadamente. Para ser justos, puede que no lo hiciera de forma deliberada; puede que estuviera trastornado. Pero eso no nos consoló demasiado a mí y a la media docena de otros hombres cuyas vidas puso en peligro». (p. 165)

¿Quién no seguiría leyendo?