#Reseña crítica

La vida secreta de Walter Mitty – James Thurber

La vida secreta de Walter Mitty - James Thurber

Título: La vida secreta de Walter Mitty

Autor: James Thurber (1894 – 1961)

Año: 1931 – 1945

Traductora: Celia Filipetto

Editorial: Acantilado

Fecha de edición: julio 2004

Páginas: 160

 

Valoración: 7 /10

 

Acantilado reunió en 2004 una selección de textos de James Thurber bajo el título del relato más conocido del autor, de actualidad gracias a la película de Ben Stiller. Breves disertaciones humorísticas, retratos (de personas y de animales), pequeñas fábulas y simples anécdotas que ponen de relieve alguna particularidad de un personaje, generalmente masculino; siempre con el humor del escritor norteamericano como denominador común. Entre estas últimas, destacan las protagonizadas por John Monroe, un hombre apocado que anda continuamente sumido en ensoñaciones en las que se imagina a sí mismo como un galán audaz e imperturbable, capaz de mantener el tipo en las situaciones más comprometidas. El problema es que su esposa, personaje no menos peculiar, tiene la mala costumbre de involucrarlo en tales situaciones cada vez que el pobre hombre empieza a convencerse de que, después de todo, esa imagen idealizada de su persona no está tan lejos de la real, y es entonces cuando queda al descubierto su falta absoluta de carácter, para desesperación suya y satisfacción disimulada de su mujer.

El lector se sonríe (aunque sea interiormente) con las desventuras del señor Monroe, en parte por la habilidad de Thurber para crear personajes entrañables, que ya se aprecia en estos primeros compases, en parte por reconocerse en algunas de sus debilidades. Sin embargo, seis relatos del tirón con el mismo protagonista y tan similares en una recopilación tan corta me parecen excesivos. Al señor y la señora Monroe les siguen tres piezas bastante extrañas en las que los animales empiezan a ganar protagonismo, y así llegamos a Instantánea de un perro, lo mejor del libro en mi opinión. Retrato simpatiquísimo del personaje más logrado de la colección, un noble bull terrier llamado Rex.

Muy similar a La vida secreta de Walter Mitty, y no sólo por el título, es La vida privada del señor Bidwell. En ambos casos tenemos a un hombre casado que trata de abstraerse de la realidad anodina que lo rodea, en la que suele estar incluida su mujer. Walter Mitty se vale de su imaginación para vivir aventuras que están fuera de su alcance, mientras que George Bidwell se limita a aguantar la respiración o a multiplicar números mentalmente. Pese a la fama que ha conseguido el primero, me parece mucho más sugerente el relato protagonizado por el señor Bidwell.

De las cuatro fábulas que se han incluido aquí, destacan El búho que era Dios y La polilla y la estrella, esta segunda sobre una joven polilla que, cansada de rondar farolas y en contra del consejo de sus padres, se esfuerza día tras día en intentar llegar hasta una estrella. En esta segunda mitad del libro hay algunos relatos con un regusto triste, pero afortunadamente los de Acantilado nos han reservado para el final un disparatado paseo en coche con un ruso llamado Olympy al volante. Un paseo que vale la pena dar.

El arte de la defensa – Chad Harbach

El arte de la defensa - Chad Harbach

Título: El arte de la defensa

Título original: The Art of Fielding

Autor: Chad Harbach

Año: 2011

Traductora: Isabel Ferrer

Editorial: Salamandra

Páginas: 540

 

Valoración: 6 /10

 

Me atraen las novelas de campus. Y si se trata de campus norteamericanos, como suele ser el caso, mucho mejor. De hecho, me atrae casi cualquier historia (ya esté contada a través del cine o a través de la literatura) ambientada en Estados Unidos y en la que aparezcan unos jardines de universidad o al menos una calle flanqueada por árboles y por los jardines delanteros de casas unifamiliares. Es una debilidad confesable que tengo. El problema es que estas historias suelen estar protagonizadas por profesores de literatura con tribulaciones que no me interesan demasiado o por estudiantes drogadictos cuyo vacío existencial me interesa menos todavía.

Teniendo en cuenta lo anterior, supongo que se entiende mi interés por una novela que entra en la categoría «de campus» y que está protagonizada por estudiantes más interesados en el deporte que en las drogas. No he jugado nunca a béisbol y, aun después de leer este libro, no sabría decir qué reglas rigen el desarrollo de uno de esos largos partidos, pero es un deporte que me resulta simpático. Por si esto fuera poco, El arte de la defensa supone el debut literario de su autor, Chad Harbach (un detalle que suma, en mi caso); debut por el que recibió, al parecer, un anticipo millonario y que llega hasta nosotros avalado por escritores de la talla de Jonathan Franzen, Jay McInerney o John Irving (con talla me refiero a popularidad y reconocimiento de la crítica especializada; lo demás es opinable).

El personaje principal en esta primera novela de Chad Harbach es Henry Skrimshander, un joven de familia humilde, enclenque y con un talento extraordinario para el béisbol que está a punto de abandonar la práctica de este deporte y su sueño de llegar a ser un jugador profesional en beneficio de un trabajo gris con el que ganarse la vida que le resta entre los campos de maíz de Lankton, en Dakota del Sur, cuando Mike Schwartz se acerca a hablar con él y le abre las puertas de una pequeña universidad del medio oeste cuyo equipo de béisbol no consigue salir de la mediocridad. A este prometedor comienzo le siguen ochenta o noventa páginas ligeras y luminosas durante las cuales Henry, con la ayuda de Mike, va fortaleciendo su cuerpo y puliendo su talento como parador en corto hasta convertirse en carne de draft codiciada por los representantes más destacados del país.

Pero justo cuando el cielo del béisbol está llamando a las puertas del Westish College para llevarse a Henry, éste comete un error que cambiará la vida de todos los personajes de la novela. De hecho, ese error supone un punto de inflexión no sólo en el devenir de la historia sino también en el tono de la narración, el tratamiento de los personajes y, a mi modo de ver, en el placer que proporciona la lectura. Es cierto que hasta ese momento reinaba la intrascendencia y que el libro navegaba, por decirlo de alguna forma, en aguas demasiado tranquilas para un lector inquieto. Pero la verdad es que yo estaba a gusto en él. Me recogía por las noches con ganas de pasar un rato en el Westish College, yendo y viniendo de la residencia de estudiantes al centro deportivo, paseando por sus jardines sin mayores preocupaciones y bateando en el diamante. La vida le sonreía a Henry y, en cuanto lector que habita un personaje de ficción para vivir una experiencia que ha quedado fuera de su alcance en la realidad, también me sonreía a mí. Aunque echaba en falta, eso sí, alguna presencia femenina que pusiera algo de color entre tanto personaje masculino.

«Con lo bien que estábamos» es lo que empecé a repetirme una y otra vez cuando, superadas las cien páginas, las cosas se tuercen para casi todos: para Henry, para Mike y también para el lector, pues la bola perdida da paso a una segunda parte mucho más gris: más variada en cuanto a personajes (aparece por allí la hija pródiga del rector y se le da voz a algunos secundarios) y también más profunda, pero a la larga, menos satisfactoria. Si tuviera que dar una explicación a este cambio, diría que el autor ha querido alejarse de la ligereza del bestseller para intentar colocar su libro bajo la etiqueta «literary fiction», que es la que se utiliza en Estados Unidos para clasificar los trabajos literarios «serios». Se trata sólo de una suposición pero, si fuera el caso, Harbach se habría equivocado de medio a medio, porque la diferencia entre literatura ligera o de masas (llámenla como quieran) y literatura seria (a esta llámenla también como quieran) no la determina, a mi modo de ver (esto daría para un agradable debate), la pesadez de la narración ni la cantidad de fantasmas personales con la que cargan los personajes, sino la sutileza. Si por algo se caracterizan los libros del primer tipo es por la escasa sutileza con que ahondan en el alma de sus protagonistas y lo masticada que le dan la historia al lector, mientras que los libros del segundo grupo (como ya he comentado en alguna otra reseña) tienden a darle al lector sólo lo justo, no por tacañería, sino por respeto a su inteligencia. Aunque, pensándolo mejor, no es apropiado que yo trate aquí de establecer las diferencias entre una supuesta literatura ligera y otra seria; mejor me atengo a lo que diferencia a los libros que me gustan de los que no me gustan tanto. El arte de la defensa se ha quedado a medio camino entre unos y otros. El final, mejor olvidarlo.

El diablo a todas horas – Donald Ray Pollock

El diablo a todas horas - Donald Ray Pollock

Título: El diablo a todas horas

Título original: The Devil All the Time

Autor: Donald Ray Pollock (Ohio, 1954)

Año: 2011

Traductor: Javier Calvo

Editorial: Libros del Silencio

Páginas: 371

 

Valoración: 8 /10

 

En la reseña que escribí de Knockemstiff, el primer libro de Donald Ray Pollock, lamentaba el tono excesivamente negro que el autor imprimía en todos los relatos; un regodeo en lo macabro y en la podredumbre que, en mi opinión, asfixiaba sus historias. En El diablo a todas horas comprobamos que Pollock sigue interesado en mostrar la miseria humana, solo que esta vez ha puesto cuidado en dejar entrar algo de luz. Bien es cierto que esa luz ilumina escenas de violencia extrema, pero son escenas mucho más cuidadas estéticamente que en la obra anterior y en las que el horror, aunque sigue predominando, no se percibe como provocación gratuita: sirvan como ejemplos el pasaje en el que un predicador en horas bajas decide matar a su mujer sólo para demostrar que es capaz de resucitarla inmediatamente después (un pasaje que resulta tierno, incluso), o algunos de los que tienen lugar en «el tronco de rezar» (posiblemente el primer gran icono en la obra del norteamericano).

Esa «luz» nueva me parece el mayor avance de Pollock en su segundo libro. El resto de virtudes ya las conoce cualquiera que haya leído el primero: una prosa consistente y un estilo directo (pero no por ello seco) que no baja el nivel en ninguna página. Con todo, a Pollock se le va la mano un par de veces: con el personaje de Preston Teagardin, excesivamente ridiculizado, y con una conversación entre políticos republicanos de trazos tan gruesos que te hace torcer el gesto.

Las nueve partes en que está dividida la historia corresponden a fragmentos intercalados de tres relatos largos que se buscan durante todo el libro. El más importante, y el que más he disfrutado, está protagonizado por Arvin Russell, un personaje que marca otra de las grandes diferencias entre los dos libros del autor porque supone un asidero moral que se nos escatimaba en el primero; alguien con quien el lector puede simpatizar, lo que siempre se agradece. La primera parte, Sacrificio, tiene por sí sola entidad suficiente para considerarla lo mejor de Pollock hasta ahora. El relato de Theodore y Roy, por otro lado, me ha gustado, pero la verdad es que se pierde entre los otros dos. Y en las cacerías de Carl y Sandy, aunque resultan atractivas, no aprecio en igual medida ese avance que he comentado en el párrafo anterior.

En esta ocasión, parte de la narración transcurre en Coal Creek, donde quizá se respira un poco mejor (tampoco mucho, no crean), pero la historia muere en Knockemstiff, como no podía ser de otra forma, tras una especie de recorrido circular en el que Arvin atraviesa un paisaje que va derrumbándose a su paso y lo lleva de vuelta a esa hondonada sin Dios de la que partió y donde (salte al siguiente párrafo si no quiere pistas) parece que todo ha terminado para él. Pero entonces Pollock, como si quisiera demostrarnos que definitivamente ha decidido dejar entrar una rendija de luz en sus historias, baja el arma. La entierra, incluso.

Aunque me gusta ese cierre, me temo que Pollock no logra enlazar los tres relatos de un modo lo suficientemente satisfactorio para que quede justificada la estructura que ha elegido. Es una lástima, porque estaba disfrutando tanto con la lectura que, a cincuenta páginas de terminar, en lo único que podía pensar es en que Pollock se hubiera reservado algo realmente grande para el final; algo que hiciese encajar las piezas a la perfección. Con esto no quiero decir que el último tramo del libro sea decepcionante, ni mucho menos; sólo que no es la apoteosis con la que me había hecho soñar lo anterior.

En cualquier caso, si en Knockemstiff, pese a sus desequilibrios y excesos, encontré motivos suficientes para esperar con ganas el siguiente trabajo del autor, El diablo a todas horas sube el listón y aumenta las expectativas de cara a un tercer libro en el que espero que Pollock logre cuadrarlo todo a la perfección y entregue una obra magistral. De momento tenemos una buena colección de relatos (Knockemstiff) y una novela excelente (El diablo a todas horas). Para ir tirando, no está mal.

Justicia – Michael J. Sandel

Justicia - Michael J. Sandel

Título: Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?

Título original: Justice: What’s the Right Thing to Do?

Autor: Michael J. Sandel (1953 – )

Año: 2009

Traductor: Juan Pedro Campos Gómez

Editorial: Debate

Páginas: 350

 

Valoración: 9 /10

 

Doy por sentado que usted se considera una persona de principios, y que está más o menos seguro de haber elegido esos principios libremente y en conformidad con la idea que tiene de justicia. No obstante, lo más probable es que nunca los haya sometido a un verdadero examen. De hecho, cada vez que nos encontramos ante un dilema moral, la mayoría de nosotros se posiciona casi por intuición o, en el mejor de los casos, tras llevar a cabo un análisis superficial de la cuestión. Rara vez nuestras opiniones son fruto de una reflexión profunda, y sin embargo estamos dispuestos a defenderlas ante cualquiera y a tomar por un borrego o por un caradura al que piense algo distinto. El resultado de esta manera de proceder nuestra lo puede observar cualquiera en los debates políticos que ofrecen por la noche algunos canales de televisión y por la mañana algunas emisoras de radio. Estos «debates» consisten en unos cuantos monólogos cruzados, o, por utilizar expresiones del propio Sandel, en «un intercambio de aserciones dogmáticas, una guerra de tartas ideológica», donde está claro que nadie va a convencer a nadie porque nadie está dispuesto a dejarse convencer, y lo mejor que se puede esperar es que los invitados guarden silencio durante los turnos de palabra.

Con semejante panorama, este libro supone un oasis intelectual para cualquiera que disfrute poniendo a prueba sus propias ideas. En él, Michael Sandel, que se ha convertido en uno de los profesores más conocidos del mundo gracias al curso sobre justicia que imparte en Harvard, echa mano de Aristóteles, John Stuart Mill, John Rawls, Kant, Rousseau y Alasdair MacIntyre, entre otros, para presentar diferentes formas de entender la justicia y la libertad, pero él mismo aclara al final del primer capítulo que «este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan».

Dos son, en mi opinión, las principales virtudes de Justicia. En primer lugar, el discurso del autor está salpicado de casos prácticos (algunos reales, otros hipotéticos) que atrapan la atención del lector, tanto si se ha interesado alguna vez por la filosofía como si no, y le obligan a ir y venir constantemente entre los juicios que adopta ante cada caso y los principios a los que se atiene; de esta forma, el lector acaba revisando ambos, juicios y principios, unos a la luz de los otros, porque, según Sandel, «la reflexión moral consiste en este ir cambiando de punto de vista, del propio del mundo de la acción al del reino de las razones, y de este, de nuevo a aquel». En segundo lugar, el autor demuestra una envidiable capacidad para adoptar en cada caso posturas contrapuestas y defenderlas con tal persuasión y tan buenos argumentos que el lector puede que se descubra más de una vez cambiando de opinión al compás de Sandel, mientras este se las arregla para esconder sus propias convicciones hasta casi el final. Lo hace así porque su objetivo no es decirnos lo que debemos pensar, sino zarandearnos un poco para quitarle el polvo a nuestros queridos principios y darnos la oportunidad de revisarlos en profundidad.

«La filosofía es algo demasiado importante para dejarla en manos de los filósofos». Ahora mismo no estoy seguro de si esta cita es del libro o de alguna de las conferencias de Michael Sandel que se pueden encontrar por internet, pero resume perfectamente lo que nos quiere dar a entender. Lo que se trata aquí no son temas que solo interesan a políticos o filósofos, ajenos al ciudadano común. Se debate sobre qué significa la libertad y qué es lo que consideramos justo. En otras palabras: se discute qué significa ser libres y cuál es la mejor forma de vivir en sociedad. Obviamente, estas son cuestiones que deberían preocuparnos a todos.

El viaje involuntario de un suicida por afición – Einzlkind

Título: El viaje involuntario de un suicida por afición

Título original: Harold

Autor: Einzlkind

Año: 2010

Traductor: Javier Sánchez-Arjona Voser

Editorial: Siruela

Páginas: 235

 

Valoración: 7 /10

 

A Harold le gusta ahorcarse una vez al mes en la entrada del pequeño edificio en el que vive, afición un tanto excéntrica con la que ya ni siquiera logra captar la atención de sus vecinos. Por lo demás, su vida transcurre sin mayores sobresaltos: trabaja como dependiente en la carnicería de un supermercado, presta el apoyo mínimo en las partidas de bridge que Mrs. Cardigan organiza semanalmente con sus amigas, y el resto del tiempo intenta disfrutarlo viendo películas anteriores a los 80 o escuchando música clásica en su casa, a salvo de cualquier interacción social.

Harold ve perturbada esta apacible abulia existencial el día en que pierde su trabajo, y se ve arrastrado definitivamente a los peligros del mundo exterior cuando, esa misma tarde, su nueva vecina le pide… bueno, le hace saber que va a quedarse al cargo de su hijo durante una semana, mientras ella se ocupa de un asunto urgente en Francia. Teniendo en cuenta las pocas habilidades sociales de Harold, semejante encomienda habría supuesto un compromiso incómodo si se hubiera tratado de un niño corriente, pero tratándose de Melvin, la expresión “compromiso incómodo” sólo puede aceptarse como un eufemismo irónico.

Melvin tiene once años, y se presenta de esta forma ante Harold: «Soy un erudito. […] Un genio. Tengo memoria fotográfica. Pero, a diferencia de la mayoría de los eruditos, no soy autista. Puedo ir solo en autobús y tengo capacidad para la contemplación. Para la dialéctica, en definitiva, ¿me sigue? No obstante, tengo ligeros rasgos de autismo y preferiría evitar todo tipo de contacto corporal. Basta con que me trate con respeto a una distancia prudencial. Creo que así nos podremos llevar bien. Al fin y al cabo, sólo son siete días». Y Melvin ya ha planificado lo que van a hacer Harold y él durante esa semana: van a buscar a su padre (al de Melvin; Harold es huérfano) por toda Inglaterra y parte de Irlanda.

La historia de Melvin y la búsqueda de sus orígenes no han llegado a interesarme en ningún momento. Entiéndanme: me intereso por el viaje que emprende con el pobre Harold para encontrar a su padre, pero sólo en la medida en que le sirve al autor para involucrar a sus personajes en situaciones que, siendo delicadas para ellos, devienen en pasajes de deliciosa comicidad para el lector. No creo que la carga sentimental de la historia, suponiendo que la tenga, le interese ni siquiera al autor (prueba de ello es el regalo final); lo único que importa aquí es que la pareja Harold-Melvin funciona de maravilla a nivel cómico (y no deja de tener mérito conseguir que un personaje resulte entrañable sin necesidad de hacerle hablar).

Para potenciar esa comicidad, el autor ha optado por un estilo elevado con tendencia a la hipérbole, un recurso que utiliza de forma similar Eduardo Mendoza o, salvando las distancias (que son importantes para un admirador del gran Plum), Wodehouse. Pero esta elección tiene un pequeño inconveniente: las intervenciones de Melvin, que hace gala de un estilo igualmente refinado, no resultan todo lo chocantes que debieran tratándose de un niño de esa edad, por la falta de contraste con el resto de la narración. Pero esto no impide disfrutar de su elocuencia y de los numerosos problemas que le reporta a su compañero de viaje. Sólo la tercera parte, la que corresponde al segundo día que pasan juntos, desmerece del resto.

Pocas pegas se le pueden poner a la traducción. Si acaso cabe preguntarse por qué el traductor (y el editor, que también pinta algo en esto) ha decidido explicar con la única nota al pie del libro una de las referencias más sencillas y, en cambio, ha dejado correr otras más interesantes, como la que apunta al evangelio de Juan en la página 88. En cuanto a la partida de ajedrez (posiblemente uno de los pasajes más gozosamente absurdos del libro), no creo que hubiera motivo (quizá me equivoco y sí lo había) para mantener, en la notación de las jugadas, las letras inglesas para designar las piezas. También esto se puede traducir sin problemas: K (King) = R (Rey), Q (Queen) = D (Dama), B (Bishop) = A (Alfil), N (Knight) = C (Caballo) y R (Rook) = T (Torre), si no me equivoco. Pero bueno, esto es ponerse muy quisquilloso. La traducción debe de haber sido complicada, y, a juzgar por la fluidez del texto en español, Javier Sánchez-Arjona ha debido de hacer un muy buen trabajo.

Yo de ustedes leería unas pocas páginas elegidas al azar (algo recomendable antes de decidirse a comprar cualquier libro, por otra parte) para ver si el humor del tal Einzlkind es de su agrado, y, si lo es, únanse al viaje.

Finnie Walsh – Steven Galloway

Título: Finnie Walsh

Título original: Finnie Walsh

Autor: Steven Galloway (1975 – )

Año: 2000

Traductor: Manuel Manzano Gómez

Editorial: El Aleph

Páginas: 183

 

Valoración: 5 /10

 

La todavía tierna amistad entre Paul Woodward y Finnie Walsh queda marcada por un grave accidente laboral que deja al padre de Paul incapacitado para seguir trabajando. Los chavales, que entonces tienen siete años, se sienten responsables de lo sucedido, y ese peso condicionará sus vidas, especialmente la de Finnie.

Es esta una de esas historias en las que conocemos y seguimos al personaje principal a través de la mirada reverente de su mejor amigo. En este caso es Paul Woodward quien nos cuenta la historia de Finnie Walsh. Huérfano de madre, e hijo del hombre más rico de la ciudad, Finnie desprecia cualquier indicio de ostentación, y se pasa el día con la humilde familia de su amigo. De hecho, parece entender al padre y a las hermanas de Paul mucho mejor que el propio Paul.

La ópera prima de Steven Galloway, del que ya se publicó en España El violonchelista de Sarajevo, se sitúa a mitad camino entre las películas más familiares de Rob Reiner y las de equipos deportivos juveniles que suelen poner en televisión a media tarde: es ligera, amena y bienintencionada, lo que no está mal; pero también excesivamente blanda y hueca. Galloway dota a todos sus personajes de algún rasgo peculiar: Bob Woodward, a raíz del accidente, se convierte en un hombre excéntrico que se pasa las horas en el porche leyendo todos los números de la National Geographic desde la creación de la revista; Pal, su vecino, anda desesperado porque alguien le roba una y otra vez, durante años, el brazo ortopédico; Louise, la hermana mayor de Paul, se muestra introvertida y poco sociable con todo el mundo menos con Finnie; y Sarah, la menor, es una niña rara que tiene premoniciones y va a todas partes con un chaleco salvavidas porque cree que morirá ahogada. Pero esto no les da profundidad. Como mucho, le sirve a Galloway para trazar en el argumento algunos caminos secundarios que, en general, acaba resolviendo de un modo poco original.

En mi opinión, esta novela habría hecho mejor papel en una colección de literatura juvenil. Y conste que esto es lo menos negativo que he dicho hasta ahora. Hay libros estupendos en las colecciones juveniles (véase Hoyos, de Louis Sachar, p.ej.) pero eso no significa que convenga sacarlos de esa «sección». En primer lugar, porque los chavales no accederían tan fácilmente a ellos (aunque cabe la posibilidad de hacer dos ediciones distintas); y en segundo, porque cuando un adulto se anima a leer algo clasificado como «literatura juvenil», está predispuesto a aceptar ciertas cosas, y de ese modo es menos probable que se sienta decepcionado con un libro como Finnie Walsh.

Mi planta de naranja lima – José Mauro de Vasconcelos

Título: Mi planta de naranja lima

Título original: O Meu Pé de Laranja Lima

Autor: José Mauro de Vasconcelos (1920 – 1984)

Año: 1968

Traductor: Carlos Manzano

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 205

 

Valoración: 8 /10

 

Zezé tiene sólo cinco años, pero quienes le conocen están de acuerdo en que es un niño precoz. Entre otras cosas, ha aprendido a leer sin que nadie le enseñe. O eso dice, al menos. Por eso su familia decide meterlo en la escuela antes de lo habitual. Bueno, por eso y porque así se lo quitan de en medio unas cuantas horas al día. Y es que Zezé es un pillastre que va de travesura en travesura hurtando el cuerpo a las zapatillas y los cinturones de sus padres y sus hermanas. De hecho, recibe tantas zurras y le llaman tantas veces «diablo», que acaba por creer que en verdad es el diablo quien le guía y que, pensándolo bien, nadie le quiere.

A Zezé le gusta cantar por dentro y por fuera, imaginar que es uno de sus héroes favoritos y hablar con animales y plantas; tiene un amigo murciélago que se llama Luciano y un tío Edmundo que es su principal fuente de conocimiento. También tiene una caja de madera con la que sale a limpiar zapatos por la calle cuando necesita algo de dinero para sus cosas, porque en su familia no andan sobrados y, para colmo, su padre se ha quedado sin trabajo, de modo que su madre y sus hermanas mayores trabajan todas las horas que pueden para intentar salir adelante. Al final, se ven obligados a mudarse a otra casa que tiene un patio y, al fondo del patio, un arbolito de naranja lima con una sola rama.

Libros del Asteroide ha recuperado, remozándolo con una nueva traducción a cargo de Carlos Manzano, este clásico de la literatura brasileña en el que José Mauro de Vasconcelos rememora su infancia en el seno de una familia pobre y numerosa.

Suelo recelar de las historias narradas desde la perspectiva de un niño, porque casi siempre adolecen de una carga de ingenuidad exasperante en la voz narrativa; pero, afortunadamente, Vasconcelos evita este error, y si algo puede hacer peligrar la paciencia del lector (aunque conmigo no ha ocurrido), es el lirismo con el que guía a éste a través de las primeras venturas y, sobre todo, las primeras desventuras de su personaje. Un lirismo al que no renuncia ni siquiera en los pasajes más crudos de la segunda parte.

Mi planta de naranja lima es la historia de un niño inteligente y extremadamente sensible que encuentra el primer amor verdadero donde menos lo espera. Un libro tan tierno y bonito que sólo puede empalagarte o conquistarte (y quizá depende, como casi todo, del momento en el que te coja).

A mí me ha conquistado. Ya me dirán qué tal les ha ido a ustedes.

Pánico al amanecer – Kenneth Cook

Título: Pánico al amanecer

Título original: Wake in Fright

Autor: Kenneth Cook (1929-1987)

Año: 1961

Traductor: Pedro Donoso Aranguiz

Editorial: Seix Barral

Páginas: 188

 

Valoración: 8 /10

 

John Grant es un joven profesor que se ha visto obligado a pasar un año dando clase en la escuela de Tiboonda, una pequeña población perdida en la Australia profunda. El curso por fin ha terminado y Grant se dispone a pasar seis semanas de vacaciones en las playas de Sidney; pero antes tendrá que hacer una parada en Bundanyabba, otra población calcinada por el sol y cubierta de polvo como Tiboonda, solo que más grande. Grant tiene previsto pasar una sola noche allí antes de continuar el viaje, pero… en fin, la cosa se tuerce un poco.

La historia de Pánico al amanecer es la historia de una lección de Dios. Pero no necesito que sea usted creyente, solo que esté de acuerdo conmigo en que el Dios del mundo ficticio en el que se desarrolla la historia ficticia de una novela, es el autor de dicha novela. Digámoslo de otra forma, pues: Kenneth Cook le da aquí una dura lección a su personaje, John Grant. En las primeras páginas, encontramos a un Grant con actitud soberbia y despectiva hacia Tiboonda y sus habitantes. En las últimas, en cambio (me temo que aquí voy a destripar el libro. Están a tiempo de saltar este párrafo), lo vemos regresando a ese mismo lugar (tras haber pasado por su autodestrucción y posterior salvación) con una actitud completamente distinta; casi mística; apreciando el encanto y la belleza de las cosas más pequeñas; disfrutando de cada segundo, pese a dirigirse de nuevo al lugar que tanto detestaba unas semanas antes.

Me ha gustado especialmente el violento pasaje de los canguros. Y cómo Cook logra que el lector perciba una amenaza latente en los habitantes de Bundanyabba pese a presentarlos en todo momento como personas extremadamente amables, que solo pueden llegar a enfadarse si no dejas que te inviten a un trago (el autor nos describe con humor esta peculiaridad en un párrafo que volvió a utilizar, casi calcado, en un relato de El koala asesino). De hecho, es posible que a algún lector le parezca inexplicable que John Grant no encuentre una salida a su situación entre tanta gente dispuesta a ayudarle. Quizá este punto esté un poco forzado, pero el propio Grant hace balance cuando ya ha tocado fondo, y admite que nada de lo que le ha sucedido era inevitable.

¿Estamos ante un clásico? Para mí, no hay duda: Sí. Se trata de una narración breve, solo grano; la tensión va en aumento hasta que estalla a pocas páginas del final; y, lo más importante, es una historia que no puede perder fuerza con el tiempo porque habla de cosas inherentes al ser humano, como todas las grandes obras.

Creo que la intención de Cook con Pánico al amanecer fue escribir una angustiosa y violenta celebración de la vida. En mi opinión, lo consiguió.

En el condado de Grouse – Tom Drury

Título: En el condado de Grouse

Título original: The End of Vandalism

Autor: Tom Drury (1956-)

Año: 1994

Traductor: Javier Ortiz García

Editorial: 451

Páginas: 385

 

Valoración: 6 /10

 

La editorial 451 publicó en 2009 La región inmóvil (The Driftless Area, 2006), que sigue siendo la novela más reciente del escritor norteamericano Tom Drury. No la he leído, porque en su momento no me atrajo lo suficiente, y no sé qué acogida tuvo esa apuesta por un autor completamente desconocido en España, pero la editorial ha decidido seguir con su obra, y ha elegido esta vez la novela con la que Drury debutó en 1994: En el condado de Grouse.

La contraportada habla de «novela coral» y de un «triángulo» formado por los tres personajes principales. Tenemos un territorio ficticio del Medio Oeste y un puñado de habitantes, con más o menos peso en la historia, que orbitan en torno al sheriff Dan Norman, un tipo extremadamente pausado, diplomático y no demasiado celoso en su trabajo. Los otros dos vértices del supuesto triángulo (que, en mi opinión, acaba diluyéndose demasiado para destacarlo como tal) son: Louise, una chica que a las pocas páginas empieza una relación con el sheriff; y Tiny, la anterior pareja de Louise, un delincuente de quien el lector espera problemas o algún tipo de reacción violenta, pero que no pasa de ser otro habitante dando tumbos mientras intenta encontrar su sitio.

Tom Drury narra con un estilo muy habitual en el relato corto americano; un estilo que lo deja todo en manos de los diálogos y de la narración atenta pero superficial (intencionadamente superficial, quiero decir) de escenas en las que, al menos en apariencia, ocurre poco o nada relevante; un estilo que, ya lo he comentado alguna vez en este blog, si se maneja bien, puede dar resultados excelentes. Y Drury tiene buena mano: los diálogos están muy logrados y son amenos, sin demorarse en gestos, y la narración tiene un deje melancólico, casi triste, que me gusta. Además, el lector se encuentra con inesperados toques de humor; un humor fino, excelente.

El problema es que ese estilo funciona muy bien en relatos cortos, donde suele ser mucho más importante sugerir que decir, pero no da tan buenos resultados con una novela larga. Parece que Drury haya querido contar una historia de casi 400 páginas mediante relatos de 20 o 30, pero la fórmula se agota y, desde luego, no funciona en pasajes como el del hospital, que abarca más de un capítulo y es, sin duda, lo más aburrido del libro. Aunque también es cierto que en este pasaje no sólo hay un problema de estilo: en mi opinión, Drury no logra manejar adecuadamente la única situación dramática, y acaba alargándola más de la cuenta y cayendo en la sensiblería.

Creo que este libro habría ganado mucho perdiendo cien páginas (o más, incluso), pero la sensación que me deja es lo suficientemente buena para seguir interesándome por el autor.

Una temporada para silbar – Ivan Doig

Título: Una temporada para silbar

Título original: The Whistling Season

Autor: Ivan Doig (1939-)

Año: 2006

Traductor: Juan Tafur

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas: 349

 

Valoración: 7 /10

 

Estamos en 1957. La Unión Soviética acaba de poner en órbita el Sputnik y el gobierno de EE.UU. considera necesaria una gran inversión en el programa espacial americano para no quedarse rezagados. Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, ha sido elegido para comunicar a los maestros y a las juntas escolares de todas las escuelas unitarias de Montana que están entre los afectados por los recortes implícitos en esa gran inversión: esto es, deben echar el cierre. El encargo es especialmente enojoso para Paul porque él mismo estudió en una de esas escuelas. De hecho, lo encontramos recorriendo la casa donde se crió, en un paseo nostálgico que lo devuelve (y a nosotros con él) al otoño de 1909. Más concretamente, al día en que el padre de Paul, sentado con sus tres hijos a la mesa de la cocina, decidió contratar a una ama de llaves que pusiera algo de orden en esa casa un año después de haber perdido a la señora Milliron.

Lo que sigue es una historia de corte clásico; literatura que yo llamaría «de valores», en la línea de obras como Matar a un ruiseñor o, volviendo sobre esta misma editorial (que gusta de estas novelas, ¿y quién no?), como Adiós, hasta mañana, Me voy con vosotros para siempre, Cuatro hermanas y El río de la vida. Por eso sorprende que esta novela sea de 2006; que un autor norteamericano haya escrito esta historia tan amable en una época en la que vende mucho más la malicia, la sordidez y la obscenidad (al margen de la menor o mayor calidad de las obras). Claro que la fotografía de la solapa ayuda a entenderlo mejor. Me resulta fácil imaginar a ese barbas de aspecto entrañable viviendo en una cabaña aislada por la naturaleza; gastando la mayor parte del tiempo junto a un río, con una pipa entre los dientes y una caña de pescar en las manos; hurtándose a los nuevos tiempos.

Para ser justos, la novela de Doig quizá iguale e incluso supere a la de Chappell, pero se queda uno o dos escalones por debajo de las otras que he citado. Pero es que esas otras son palabras mayores, y bastante mérito tiene ya evocarlas. En todo caso, y pese a unos cuantos giros no demasiado brillantes hacia el final, Ivan Doig ha creado una historia y unos personajes de los que perduran en la memoria más tiempo del que suele ser habitual.