#Seix Barral

Pánico al amanecer – Kenneth Cook

Título: Pánico al amanecer

Título original: Wake in Fright

Autor: Kenneth Cook (1929-1987)

Año: 1961

Traductor: Pedro Donoso Aranguiz

Editorial: Seix Barral

Páginas: 188

 

Valoración: 8 /10

 

John Grant es un joven profesor que se ha visto obligado a pasar un año dando clase en la escuela de Tiboonda, una pequeña población perdida en la Australia profunda. El curso por fin ha terminado y Grant se dispone a pasar seis semanas de vacaciones en las playas de Sidney; pero antes tendrá que hacer una parada en Bundanyabba, otra población calcinada por el sol y cubierta de polvo como Tiboonda, solo que más grande. Grant tiene previsto pasar una sola noche allí antes de continuar el viaje, pero… en fin, la cosa se tuerce un poco.

La historia de Pánico al amanecer es la historia de una lección de Dios. Pero no necesito que sea usted creyente, solo que esté de acuerdo conmigo en que el Dios del mundo ficticio en el que se desarrolla la historia ficticia de una novela, es el autor de dicha novela. Digámoslo de otra forma, pues: Kenneth Cook le da aquí una dura lección a su personaje, John Grant. En las primeras páginas, encontramos a un Grant con actitud soberbia y despectiva hacia Tiboonda y sus habitantes. En las últimas, en cambio (me temo que aquí voy a destripar el libro. Están a tiempo de saltar este párrafo), lo vemos regresando a ese mismo lugar (tras haber pasado por su autodestrucción y posterior salvación) con una actitud completamente distinta; casi mística; apreciando el encanto y la belleza de las cosas más pequeñas; disfrutando de cada segundo, pese a dirigirse de nuevo al lugar que tanto detestaba unas semanas antes.

Me ha gustado especialmente el violento pasaje de los canguros. Y cómo Cook logra que el lector perciba una amenaza latente en los habitantes de Bundanyabba pese a presentarlos en todo momento como personas extremadamente amables, que solo pueden llegar a enfadarse si no dejas que te inviten a un trago (el autor nos describe con humor esta peculiaridad en un párrafo que volvió a utilizar, casi calcado, en un relato de El koala asesino). De hecho, es posible que a algún lector le parezca inexplicable que John Grant no encuentre una salida a su situación entre tanta gente dispuesta a ayudarle. Quizá este punto esté un poco forzado, pero el propio Grant hace balance cuando ya ha tocado fondo, y admite que nada de lo que le ha sucedido era inevitable.

¿Estamos ante un clásico? Para mí, no hay duda: Sí. Se trata de una narración breve, solo grano; la tensión va en aumento hasta que estalla a pocas páginas del final; y, lo más importante, es una historia que no puede perder fuerza con el tiempo porque habla de cosas inherentes al ser humano, como todas las grandes obras.

Creo que la intención de Cook con Pánico al amanecer fue escribir una angustiosa y violenta celebración de la vida. En mi opinión, lo consiguió.

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Título: Comer animales

Título original: Eating Animals

Autor: Jonathan Safran Foer (1977-)

Año: 2009

Traductor: Toni Hill Gumbao

Editorial: Seix Barral

Páginas: 330 (el resto son notas)

 

Valoración: 7 /10

 

Jonathan Safran Foer, concienciado de un modo especial por el nacimiento de su primer hijo, decidió llevar a cabo una investigación para dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿En qué condiciones viven y mueren los animales que llegan a nuestra mesa?

El resultado de esa investigación, que acabó alargándose tres años, es este Comer animales; una denuncia muy dura a las granjas industriales; un retrato bochornoso (uno más) de nuestro mundo; un toque de atención en general; una respuesta mucho más negra de lo que yo esperaba, la verdad.

Los que consideramos a la Naturaleza como el referente más fiable, disponemos de una respuesta fácil a la pregunta de si es correcto o no que los humanos comamos animales: comer animales entra dentro de «lo natural», y va a hacer falta algo más que un libro para convencernos de lo contrario. Jonathan Safran Foer, en los pasajes que dedica a reflexionar y sacar conclusiones, no evita mencionar un par de veces que el vegetarianismo es, posiblemente, no solo la mejor opción, sino la única que podría forzar un cambio en la industria a medio plazo; pero acierta al no empecinarse en esta batalla perdida y abogar por el regreso a un sistema tradicional más respetuoso con los animales. Aunque conviene tener los pies en la tierra:

«Una industria de la carne que sigue la ética que compartimos la mayoría de nosotros (proporcionar al animal una buena vida y una muerte digna, con poco desperdicio) no es una fantasía, pero no puede entregar la inmensa cantidad de carne barata por cabeza de la que disfrutamos actualmente». p. 283.

¿Somos capaces de rectificar?

¿Por qué no? Ya lo hemos hecho otras veces; hemos puesto fin a comportamientos lamentables que habían arraigado en la sociedad. Hay motivos de sobra, pues, para confiar en que, antes o después, reaccionaremos ante la degradación (la deshumanización, a fin de cuentas) en la que se ha sumido, con nuestro beneplácito, la industria de la carne.

El alegato pierde fuerza cuando su autor cae en la tentación de recurrir al sensacionalismo, que no debería tener cabida en un estudio serio. Algunos ejemplos:

  • «Una investigación que se llevó a cabo durante todo un año (en una granja porcina) descubrió maltratos sistemáticos de decenas de miles de cerdos. La investigación presentó pruebas documentales de empleados que apagaban cigarrillos en los cuerpos de los animales, los apaleaban con rastrillos y palas, los estrangulaban y los arrojaban a fosos de estiércol para que se ahogaran. Dichos empleados también aplicaban descargas eléctricas a los oídos, morros, vaginas y anos de los cerdos.» (p. 226). Teniendo en cuenta que las prácticas habituales ya son suficientemente repulsivas, no veo la necesidad de echar mano de atrocidades a las que, por supuesto, habría que poner freno, pero que no aportan nada al debate porque responden sólo a problemas psicológicos graves de unos trabajadores en concreto.
  • «A los diez días (los lechones de granjas industriales) pueden sufrir la amputación de testículos, sin analgésico alguno. Esta vez el objetivo es alterar el sabor de la carne: los consumidores norteamericanos tienden a preferir el sabor de los animales castrados». (p. 232). Esto es tendencioso a más no poder. Da a entender, con muy mala idea, que a los norteamericanos se les ha preguntado al respecto. ¿Acaso saben ellos cuándo están comiendo carne de un animal castrado y cuándo no? ¿Lo pone en la etiqueta, caso de venir envasado, o te lo advierte el carnicero antes de vendértelo? ¿Por qué nos gusta pintarnos peor de lo que somos?
  • «¿Por qué a un tío que está cachondo no le da por violar a un animal y en cambio a alguien hambriento sí le da por matarlo y comérselo?» (pp. 119-120). Esta es, sin ninguna duda, la reflexión más estúpida de todo el libro. No es del autor, menos mal; la hace una activista en un capítulo-testimonio, por lo demás, interesante.

En todo caso, estos patinazos no deberían predisponer negativamente al lector, porque el grueso del libro está conformado por datos y reflexiones interesantes.

Conozco a una persona que se niega, de momento, a leer este libro, y no precisamente porque esté convencida de no compartir las ideas del autor; más bien al contrario. Cree (con razón) que va a leer cosas horribles, y no quiere hacerlo porque tiene miedo de que su conciencia, en adelante, no pueda pasarlas por alto cada vez que le planten delante un buen bocadillo de longanizas y chorizos o un plato de jamón serrano. Porque eso es lo que pretende Jonathan Safran Foer: despertar la conciencia de cada lector y lanzarle una pregunta incómoda:

¿Qué clase de persona quieres ser?

Nadie es más de aquí que tú – Miranda July


Título: Nadie es más de aquí que tú
Título original: No One Belongs Here More Than You
Autora: Miranda July (1974-)
Año: 2007
Traductora: Silvia Barbero Marchena
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 218
 
Valoración: 3 /10
 
 

Miranda July es directora de cine, escritora y artista de performances. Dicho de otra forma, es una de esas personas que se sienten tan Artistas que necesitan tocar todos los campos, y además están convencidas de poseer una sensibilidad especial que garantizará la calidad de los resultados. Cierto es que en el caso de esta mujer, a juzgar por las críticas que reciben sus trabajos, no es la única que lo piensa. Pero en mi opinión, Miranda July mete todas las artes en el mismo saco y, utilizando medios distintos, ofrece las mismas banalidades.

Ya no recuerdo todas las cosas terriblemente originales que se decían y sucedían en su película Tú, yo y todos los demás, pero en los cuentos de Nadie es más de aquí que tú, los protagonistas, todos femeninos (menos uno, creo), hacen cosas como (son sólo unos pocos ejemplos): apoyar la cabeza y dormirse sobre el hombro de un hombre que acaba de sufrir  un ataque epiléptico; abrazar en diversas situaciones y con todas sus fuerzas a otra mujer sin casi mediar palabra; esconderse debajo de un escalón para imaginar a su amiga/amante cenando con… no me acuerdo, ¿qué más da?; tumbarse en el suelo boca abajo, presionando los labios contra la alfombra y cantar una canción; o, en el caso de una profesora, apoyar la cara en la pizarra y quedarse así unos minutos, para después escribir la palabra «Paz».

Sí, es así. ¿Creen que intento pintarlo más ridículo de lo que es? Pues ahí van unas líneas extraídas tal cual:

«Cuando se fue, me quedé de pie en medio del salón y decidí que estaba bien eso de quedarme allí durante todo el tiempo que quisiera. Pensé que tal vez me aburriría, pero no me aburrí, sino que sólo conseguí ponerme peor. Seguía agarrando el paño del polvo, y supe que si lo dejaba caer, sería capaz de moverme de nuevo. Pero mi mano estaba modelada para agarrar ese paño sucio de por vida.» (p. 155)

Estos momentos aparentemente intrascendentes esconden, seguramente, las claves para entender los cuentos o, al menos, el estado anímico de los personajes. Es sólo que (mea culpa, sin duda) carezco de la sensibilidad necesaria para captar esos detalles; me quedo en la superficie, sabe usted, y como no logro ver más que a una panoli sujetando un trapo en mitad del salón, pues, en el mejor de los casos, me aburro como una ostra, y, en el peor, me pongo de los nervios y me dan ganas de cerrar el libro para no abrirlo nunca más; pero no lo hago porque, invertido ya un buen rato en él, no quiero privarme de vapulearlo, y siempre hay alguien dispuesto a echarte en cara que te tomes la libertad de criticar un libro sin haberlo leído entero. (Una duda sobre esto último: ¿En un libro de doscientas páginas, pongamos por caso, pueden las cien últimas convertir en interesantes las cien primeras?)

Para terminar, unos cuantos datos intrascendentes pero llamativos: “Coño”s sólo aparecen dos, pero bien acompañados por cinco “vagina”s; “Polla”s tenemos hasta seis en este libro (contando con un “lamepollas”, término poco habitual por estos lares; ¿qué tenía la traductora contra “chupapollas”?); pero “Follar” se folla mucho, hasta catorce veces en diferentes formas (follando, follármelo, folló, follado, follón… vale, esta la he colado para hacer bulto). Raro es el cuento que no tiene su escenita sexual. ¿Y qué tengo en contra? Nada. Soy partidario de escribir sin remilgos. ¿De qué sirve evitar el uso de este tipo de expresiones? ¿Acaso no se usan en la realidad? Yo no suelo utilizarlas, para qué les voy a engañar, pero casi todo el mundo lo hace. Y no hay problema. Pero cuando me encuentro con un escritor que recurre a ellas de forma continuada, me pregunto si no será él quien tiene algún complejo extraño que lo inhabilita para escribir una historia sin contenido sexual. Ya no sin contenido sexual, sino, simplemente, sin términos vulgares.

Pese a todo, concedámosle una cosa a la señorita July: Tiene un sentido del humor que hace llevadera la lectura. Pero es lo único que puedo decir a su favor, y no quiero que ocupe más de tres líneas.
 
Valoración de cada relato:
 

  1. El patio común: 4
  2. El equipo de natación: 6
  3. Majestad: 6
  4. Un hombre en la escalera: 3
  5. La hermana: 5
  6. Esa persona: 6
  7. Fue un gesto romántico: 4
  8. Algo que no necesita nada: 5
  9. Beso una puerta: 2
  10. El niño de Lam Kien: 7
  11. Haciendo el amor en 2003: 1
  12. Diez verdades: 2
  13. Los movimientos: 0
  14. Mon plaisir: 4
  15. La marca de nacimiento: 2
  16. El arte de contar historias a los niños: 3

Todo arrasado, todo quemado – Wells Tower


Título: Todo arrasado, todo quemado
Título original: Everything Ravaged, Everything Burned
Autor: Wells Tower (1973-)
Año: 2009
Traductor: Ismael Attrache Sánchez
Editorial: Seix-Barral
Páginas: 272
 
Valoración: 6 /10
 
 

Estos nueve cuentos, que aparecieron por separado en distintas publicaciones antes de ser agrupados para conformar el debut editorial de su autor, Wells Tower (algo razonable y muy habitual en EEUU, lo de darse a conocer en revistas antes de firmar con una editorial, y que en España resulta impensable), tuvieron una acogida excelente, según parece, en su país. A mí me ha parecido una colección correcta, pero sin nada verdaderamente reseñable que justifique tantas alabanzas.

Los cinco primeros cuentos son los más sólidos, pero recuerdan en exceso a las historias de Tobias Wolff (los críticos se decantan más por Cheever y Carver, no sé por qué) y esto, aunque tiene, evidentemente, su lado positivo, les resta frescura. Claro que, visto lo que ocurre en los relatos siguientes, en los que Tower pierde o abandona la estela de Wolff, uno lo piensa mejor y llega a la conclusión de que seguir a un grande de cerca, aunque sea pisando exactamente donde ya ha pisado él, no parece tan mala idea, después de todo.

Sólo al final, en el cuento que da título al libro, Tower vuelve a levantar un poco el vuelo, y además lo hace con cierta originalidad, aunque sólo sea por lo vistoso de un relato corto sobre vikingos. Lástima que lo estropee con una reflexión final del protagonista (al estilo de: «no le hagas a los demás lo que no desees para ti») que, de tan simplona, resulta vergonzosa, incluso. (Esta crítica al final del último cuento, con la que un lector se ha mostrado en desacuerdo, está explicada con más detalle en los comentarios que siguen a la reseña.)

Lo que sí comparten todas las historias del libro es un pesimismo un tanto aburrido; porque a nadie le gusta escuchar a un amargado lamentarse de su mala suerte, y eso es lo que se tiene la sensación de estar haciendo durante toda la lectura.

Les dejo la valoración de cada relato:

1.      La costa marrón: 6

2.      Retiro: 7

3.      Ejecutores de energías importantes: 7

4.      A través del valle: 7.5

5.      Leopardo: 8

6.      El ojo tras la puerta: 3

7.      La América salvaje: 5

8.      En la feria: 5

9.      Todo arrasado, todo quemado: 7